Volví.
Con el invierno adherido a la piel
y un silencio obstinado
ocupando los lugares
donde antes vivían las palabras.
Traje en la mochila
algo más que el cansancio:
tu risa quebrada,
el rumor del mar
y la sombra de aquella noche
en que te vi caer.
Nos habíamos prometido regresar,
reírnos de todo aquello,
contar la historia
como si el miedo hubiera sido apenas
una tormenta pasajera.
Pero desde entonces
ya no sé quién volvió.
Camino con mi nombre,
hablo con mi voz,
y sin embargo
hay algo de mí
que quedó detenido
entre el viento y la piedra.
A veces me preguntan por vos.
Entonces siento que las palabras arden,
como si pronunciar tu nombre
abriera una herida
que nunca aprendió a cerrarse.
Y pienso en tu madre.
Pienso en sus ojos
buscando respuestas
donde sólo quedan preguntas.
¿Qué podría decirle?
¿Cómo explicarle
que el mismo cielo que me vio volver
te negó el regreso?
¿Cómo contarle
que una parte de su hijo
sigue habitando aquellas islas,
mezclada con la lluvia,
con la sal,
con la memoria?
Guardo todavía tu carta.
La última.
Está manchada de frío
y de distancia.
Decía:
“Cuando vuelva a casa…”
Y después,
nada.
El resto se lo llevó el ruido,
el miedo,
la guerra.
Ayer pasé frente a su puerta.
La vi esperando.
No entré.
Porque hay dolores
que ninguna verdad alivia,
y porque algunas ausencias
vuelven a ocurrir
cada vez que se las nombra.
Yo regresé.
Eso dicen.
Pero hay algo en mí
que todavía permanece allá,
esperando junto a vos
un regreso
que nunca llegó.
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