Destino Velmora. Capítulo 1.

Destino Velmora. Capítulo 1.

Nil Folquer

10/06/2026

Destino Velmora

                    Capítulo I

Eran ocho, a los que me había intentado enfrentar llevado por un ataque de ira irremediablemente incontrolable, adivina; me pegaron la paliza de mi vida. 

    Al llegar a la puerta de la organización, me habían salido dos por cada lado y dos por delante y detrás. Con una rápida patada, cayendo y al mismo tiempo lanzando una cadena de golpes a las caras de los guardias, había noqueado a dos; para cuando iba a golpear al tercero, me dieron con un bate de béisbol en la espalda, y caí al suelo lanzando un grito de dolor. Como buen boxeador, sabía que si me quedaba ahí, no tendría oportunidad de vencer, así que, con un rápido movimiento de rodillas me levanté, e ignorando el sordo dolor de la espalda que se extendía por toda la columna hasta las rodillas, lancé un patada ascendente hacia los dos guardias más cercanos, el golpe llegó a su objetivo, produciendo un sonoro “crack” y dejando a uno de los guardias con la nariz hecha añicos, pero entonces me di cuenta de que solo tenía a la vista a un hombre, me gire como un rayo justo para recibir el bate con la cara, caí al suelo al instante, no sé cómo, pero seguía consciente, se me nublaba la vista por momentos, me pareció oír la sirena de un coche de policia llegar a lo lejos, entonces todos los guardias—arrastrando a los tres inconscientes—se subieron al coche y huyeron en dirección contraria. Sonreí, no había vencido, pero sí que les había dado una paliza que no olvidarían fácilmente; entonces, sin poder aguantarlo más, me desmayé.

    Y dirás, cómo yo, Zack Wright, de 17 años y buen estudiante, el bueno que nunca se mete en peleas, ha acabado peleándose con una de las bandas de delincuentes más famosas de Romford. Verás, deja que te lo cuente.

Llovía a cántaros; me encontraba en la salida de la universidad, se me había olvidado el paraguas, así que estaba esperando a Erik, que, si no me equivocaba, no tardaría mucho en venir.

    —¿Te has olvidado el paraguas, verdad? —dijo una voz a mis espaldas. Me giré, sabiendo de antemano que esa voz pertenecía a Erik, con el pelo color avellana, mandíbula marcada, nariz fina y ojos azul claro como el hielo. Atlético y alto, vestía el uniforme de la universidad, azul oscuro, con la insignia del caballo verde en el lado izquierdo, y los pantalones del mismo color. 

    —¿Cómo? —dije mirándole directamente a los ojos.

    —Se nota, no estarías esperándome si lo tuvieras, tienes que irte en dirección contraria a la mía —dijo sonriendo con sorna. Erik siempre está haciendo bromas, pero también aprovechaba para ver los pequeños detalles en los que nadie se fija. Siempre perspicaz.

    Resoplé. Nunca lo esperaba a la salida porque teníamos que irnos en direcciones contrarias.

    —Bueno, listillo, ¿tú tienes un paraguas?

    —Siempre llevo uno —dijo sacando un paraguas de gatitos negros haciendo corazones con el fondo azul oscuro.

    —¿Es tuyo? —dije aguantándome la risa.

    —¿A que te dejo aquí? —dijo mirándome con cara de falso enfado.

    Abrió el paraguas y salió fuera del porche caminando ya en dirección a mi casa. Agarrando mi mochila, corrí en su dirección, poniéndome a resguardo de la lluvia debajo de su paraguas de gatitos amorosos.

    —Tío, has hecho que me moje —dije sacudiendo la chaqueta. Ese invierno estaba siendo frío, así que mi madre me obligaba a llevarla.

    —Culpa tuya por reírte de mi paraguas; suerte has tenido de que no te dejara tirado —dijo, mirándome como si hubiera hecho algo malo y él fuera el único que lo sabía.

    —¿Por cierto, has comprado el periódico? —dijo este, cambiando de tema.

    —No, justo iba a comprarlo. —Miré directamente al quiosco que teníamos a unos metros, y luego a él.

    —¿Te importa?

    —Claro que no, te espero en la entrada —respondió, apoyándose en la pared exterior del quiosco.

Salí del resguardo del paraguas de gatitos, y, tapándome con la manga de la chaqueta, me dirigí a la entrada del quiosco. Cuando entré, sonreí. Había calefacción y se estaba calentito en su interior.

    Avancé por las hileras de comida basura, refresco y varias chorradas más que venden en los quioscos, hasta llegar a la caja, donde me atendió Fenoglio, un señor italiano de unos 60 años. Vestía una toga con la bandera de Italia y unos pantalones de lino.

    —¡Fenoglio! ¿Qué tal el día, amigo? —dije sonriendo. Desde el primer día de universidad, había pasado por ese quiosco casi cada día; si no era para comprar el periódico, era para comprar agua o algo parecido. 

    —¡Muy bien, Ragazzino! —respondió él, tendiéndome el periódico.

    Agarré el periódico y le tendí el uno con treinta que costaba este.

    —¡Cómo me conoces! ¿Podría ser también un rollo de salchicha, por favor?

    ——¡Súbito! —dijo este, empezando a hacerlo. Los rollos de salchicha eran famosos aquí, en Romford; consistían en una salchicha sazonada pinchada en un palo y cubierta con una fina masa de hojaldre, que después, al ser horneada, se volvía crujiente y deliciosa.

    —¡Ecco! —dijo teniendo el rollo de salchicha. Le pagué lo que faltaba, y con un “Ciao”, me despedí y salí del quiosco con el periódico bajo el brazo y el rollo de salchicha en la otra mano.

    Salí de la tienda y me dirigí a Erik, que se encontraba apoyado en la pared del quiosco mirando al suelo. Cuando estuve a cobijo debajo del paraguas, partí el rollo de salchicha y le di la mitad a él en un trozo de papel.

   —Gracias —dijo Erik, agarrando el rollito y comenzando a caminar.

    Llevábamos un rato caminando y mirando el periódico juntos, justo cuando pasábamos delante de un banco; entonces, una voz conocida sonó a mis espaldas. Sonreí, levantando la cabeza del periódico y girándome para ver la cara conocida de Lisbeth Cooper, mi hermana mayor. Llevaba una chaqueta de color azul claro sobre una blusa blanca, su pelo color cobre cayendo en cascadas por sus hombros, y unos pantalones de color azul oscuro largos. De estatura media y ojos marrones, Lisbeth nos saludaba desde la otra acera.

    Erik y yo esperamos a que el semáforo se pusiera en verde y, cuando la luz cambió, se oyó un sonido de bala, y una voz a mis espaldas gritó.

    —¡Rápido! ¡Rápido! ¡Subid el dinero!

    Y en ese mismo instante que Lisbeth se encontraba en medio del paso de cebra, pasó un coche negro a toda prisa, y se la llevó por delante. 

    La última expresión que vi en la cara de Lisbeth antes de morir fue de sorpresa. El coche se la llevó, lanzándola por delante del coche, pero el coche no se detuvo y siguió avanzando. Si este hubiera parado, quizá se hubiera salvado, pero sin escrúpulos, pasó por encima del cuerpo inerte de Lisbeth, y siguió hacia adelante, escapando.

    Me quedé parado; mi cerebro aún estaba procesando lo que acababa de ver. Me giré hacia Erik; parecía que él estaba igual. Pasado un minuto, nos giramos los dos al mismo tiempo hacia donde estaba Lisbeth, y salimos corriendo hacia ella. Cuando llegamos, seguía viva; me agaché y le agarré la cabeza, y la puse en mi regazo.

    —Lisbeth… —dije acariciándole la cara mientras las lágrimas comenzaban a correr por mis mejillas. El coche la había atropellado de cadera para abajo, y el primer golpe le había partido en dos la columna, haciendo que su cuerpo se quedara en una forma de L.

    —Lisbeth, responde, por favor…

    —No, no, no… ¡Zack, se está desangrando! —dijo Erik, histérico.

    —E-en-encuéntrame, Z-Zack… —Esas fueron las últimas palabras que brotaron de sus labios, antes de que la llama avellana de sus ojos se apagara y dejara de respirar… para siempre.

    Algo estalló en mi interior, una ira inmensa brotó en ese mismo instante, una ira que nadie podría apagar. Me giré y le dije a Erik.

    —Cuida de ella —y con eso me levanté y salí corriendo en la dirección en la que el coche negro se había ido.

    Corrí y corrí sin parar hasta que tuve a la vista el coche negro de nuevo; sabía por dónde había ido porque le habían disparado en algún lugar del motor y goteaba, dejando una marca muy peculiar y fácil de ver. Después de una eternidad, el coche se paró en la entrada de un edificio abandonado. De él salieron ocho hombres, los cuales me habían visto y empezaban a rodearme.

    Y bueno, hasta aquí ya sabes qué pasó, me pegué con los ocho hombres y me dieron una paliza; seguramente me hubieran matado, si no fuera porque la policía llegó minutos después de que había empezado a luchar.

                 Capítulo II  

Dejé el libro en la mesilla; era aburrido, ya nada me distraía.

Llevaba tres semanas y media ingresado en el hospital, en una habitación con una pequeña cama donde pasaba las horas, una pequeña mesita de dormir con un cajón, y dos tristes plantas en una esquina de la habitación. Me daban de comer tres veces al día y Erik me venía a visitar cada día; mis padres venían cuatro veces a la semana. Ahora tenían más libertad de venir, pero la primera semana no había recibido ni una visita, ya que estaba tan débil que no estaba ni consciente. 

    Me daban libros, jugaban conmigo como un niño pequeño, decían que mi cerebro tenía amnesia del golpe que me habían dado, lo cierto es que solo recordaba la pelea y un paseo con Erik bajo la lluvia, pero sabía que había algo más, algo que no sabía ni recordaba, y ese día cuando paré de leer me puse a pensar—como hacía cada maldito día en aquella prisión—y a intentar recordar qué era aquello que me carcomía día tras día, y por fin lo recordé; mi hermana, no me había venido a visitar ni una sola vez, un torrente de imágenes entraron en mi cabeza como cascada a lago, me había quedado parado y mi cabeza iba a mil, ¿Como no me habían dicho nada? ¿Quizá para ahorrarme el sufrimiento? Seguramente.

    Esa noche no paré de llorar como si fuera un niño, no podía dormir; mi hermana ya no estaba, así que la llamaba, pero ella no venía, así que lloraba más. Mi hermana siempre había estado ahí para mí, en los mejores y peores momentos; hubo un punto en que creí verla sentada a mi lado en la cama del hospital, y lloré aún más cuando me lancé a abrazarla y no había nada que abrazar. En un momento dado, me puse a gritar su nombre como si estuviera loco; dos enfermeras aparecieron y me tuvieron que anestesiar para que pudiera dormir y dejara descansar a los otros pacientes.

  Cuando me desperté al día siguiente, Erik se encontraba sentado a mi lado y un desayuno estaba en la mesilla; me giré hacia él.

    —Todo… Erik, me acuerdo de todo.

    Me pareció que palidecía, pero solo fue un momento.

    —¿Está…viva?

    Erik me miró a los ojos, y con un suspiro dijo.

    —Zack… no creo que sea yo el que tenga que decirte est…

    —¡¿Lo está?!

    Las pupilas de Erik se encogieron hasta que parecieron puntos diminutos en su esclera.

    —N-no…

    Me miré las manos. Se había ido, Lisbeth se había ido, y no de viaje, se había ido de verdad, PARA SIEMPRE.

    —P-pero éramos el mejor trío de amigos…

    —Zack, por favor, sé que cuesta, pero Lisbeth se ha…

    —¡Cállate! —dije casi gritando y de un manotazo aparté su mano que reposaba en mi hombro. 

    Me tapé con la manta como si fuera un niño de cinco años con un berrinche.

    Erik, Lisbeth y yo, habíamos hecho el mejor trío de amigos, siempre juntos, sin secretos entre nosotros, y con sinceridad, quedando varias veces por semana, inseparables, y todo eso, se había ido a la mierda por culpa de unos atracadores de bancos que ni siquiera sabían que habían atropellado a alguien inocente, dócil, y amable.

    Sin poder evitarlo, las lágrimas corrieron por mis mejillas, cayendo de mi barbilla para acabar mojando las sábanas.

    —Erik… —dije sacando la cabeza de entre las sábanas.

    —¿Si?

    —¿Cuándo me dan el alta?

    Pareció dudar.

    —Preguntaré… ¿Estás mejor? —dijo mirándome a la cara.

    —Dile a las enfermas que ya tengo mi maldita memoria —dije sin responder a su pregunta.

Tardé dos días más en poder salir; mis padres me vinieron a recoger y me llevaron a casa, en donde me encerré LITERALMENTE todo el día, sin salir, comiendo lo que mi madre me traía de comer y beber.

    Mi cuarto no era muy grande, con una cama pequeña en medio, un armario en el lado derecho de la cama para guardar la ropa, una mesa de dormir en el lado izquierdo de la cama y una mesa con un ordenador de segunda mano, y una silla con ruedas para poder moverme por el diminuto espacio que tenía.

    Ese día sí que dormí y sin anestesia.

    Al día siguiente Erik vino a visitarme y yo le dije que tenía un plan.

    —¿Un plan? ¿Para? —dijo comiéndose los pancakes que mi madre nos había preparado.

    —Veras, Lisbeth…ya no está, pero no se fue voluntariamente, sino que alguien la obligó a irse, así que quiero acabar con los mamones que la mataron, quiero, ACABAR CON TODOS ELLOS. 

    —¡¿Estás loco?! Ya estabas lo bastante mal como para seguirlos solo y sin nada con que protegerte, ¿y quieres acabar con ellos? Zack, estamos hablando de la Toman, la banda criminal más poderosa de la ciudad.

    Sonreí, tenía un plan, pero era difícil de llevar a cabo; bueno, pensándolo bien, era IMPOSIBLE.

    —Tienes razón —dije sonando convencido; no pensaba meter a Erik en más problemas.

Suspiré, dejé el libro a un lado de la mesa y agarré otro de la pila y me puse a hojearlo, pero nada, no había absolutamente nada; habían pasado tres meses desde el incidente y Erik aún seguía con secuelas, tenía pesadillas por las noches y por el día a veces recordaba la macabra escena del accidente y tenía que ir al baño a vomitar. Yo no podía chafardear mucho más; tenía las mismas secuelas que él y peores, vivía los episodios de mareo y arcadas más constantes, y las pesadillas me despertaban a mitad de la noche y, además de no dejarme dormir, me hacían tener visiones, como la que había tenido en el hospital.

    Dejé el libro a un lado y agarré otro de la pila, y lo hojeé como había hecho con los siete anteriores, pero nada.

Desde el día en que había salido del hospital había estado rumiando un plan para poder acabar con la Toman, la organización criminal más famosa de Reino Unido, pero que casualmente tiene base aquí, en Romford.

    Es muy poderosa, ya que no solo tiene a varios de los suyos por toda Inglaterra, sino que también tiene contactos con el extranjero, tiene contactos con la mafia italiana, y esos mismos, son los que habían matado a mi hermana, y no se iban a ir de rositas así como así.

    Verás, estudiando lo que estudió, Antropología, la cual te enseña a estudiar culturas, personas y rituales, entre muchas más cosas, sé que en la antigüedad se podían hacer pactos e invocaciones con seres sobrenaturales, como eran demonios, o ángeles, algunos incluso con dioses, aunque todo depende de qué cultura lo mires, porque, por ejemplo, los mayas en México, pensaban que si sacrificaban vidas humanas, los dioses los honrarían con lluvias y buenas cosechas, y varias barbaridades más.

    Habrás oído hablar de Kratos, el personaje del videojuego llamado God of War; sí, estoy hablando de ese Kratos. Aunque no lo sepas, este personaje se basó en el original personaje mitológico Kratos, basado en la mitología griega y nórdica. Este no era más que un humano normal y corriente, hasta que decidió ser algo más, contactó con Ares, dios griego de la guerra, e hizo un pacto con él; le dio su humanidad y familia, y se convirtió en el esclavo de este. A cambio, Ares le dio poder militar, armas divinas, además de fuerza y resistencia sobrehumanas.

Así que me puse a pensar cómo yo, un adolescente que no sabe pelear apenas, debilucho y poco hábil, podría vencer a una de las organizaciones más poderosas del Reino Unido.

   Solo se me ocurrió una respuesta.

    Llevaba esos tres meses buscando, tanto en foros como en páginas web, como en libros de la biblioteca, cómo podría un humano —o cómo lo habían hecho otros— contactar con un ser sobrenatural, pero no encontraba nada.

    Dejé el libro y miré la hora en el reloj de la pared; eran casi las doce de la noche; llevaba toda la tarde en la biblioteca.

    Aparté el libro a un lado, me levanté de la mesa de madera y puse la única silla solitaria en la que me había sentado bien. Apilé todos los libros que tenía en la mesa y los agarré, me adentré en el pasillo, y poco a poco fui dejando los libros en sus respectivos lugares mientras me dirigía a la salida, hasta que solo me quedó uno; lo dejé en su lugar y me alejé hacia la salida. La recepcionista me pidió el carnet, y luego abrió la puerta.

    Hacía frío y llovía, y cómo no, me había dejado el paraguas. Tendría que ir a la parada de autobús, y esperar a que llegara, que, si no me equivocaba, eso sería en quince minutos. Sin duda, mi madre me echaría la bronca por llegar tarde, pero me daba igual, nada podía hacer.

    Me dirigí a la parada de autobús, corriendo para que no me mojara mucho. Cuando llegué al cobijo de la parada, me senté en el pequeño banco que estaba pegado a la pared de esta, y miré alrededor: oscuridad, solo había oscuridad. De pronto, como si hubiera aparecido por arte de magia, divisé un pequeño cuaderno de tapa negra como el carbón; estaba puesto horizontalmente a mi lado en el banco, como si alguien lo hubiera dejado ahí a propósito. Miré a mi alrededor, no había nadie, alargué la mano para agarrar el cuaderno. Cuando lo tuve entre las manos, hice ademán de abrirlo, pero entonces la luz del autobús me iluminó la cara, guardé el pequeño libro en el interior de mi chaqueta, y subí al autobús.

    Cuando llegué a casa, mi madre ya estaba durmiendo; eran las doce y media pasadas. Esta me había dejado dos burritos preparados en un plato y una nota que decía:

    Ya me explicarás mañana el porqué llegaste tan tarde, pero hoy come, duerme y descansa.

Con amor, Sally.

Me comí los burritos, dejé la chaqueta en la silla con ruedas de mi habitación, y me metí en la cama; creo que ya estaba dormido antes de siquiera tocarla.

Al día siguiente, cuando me levanté, me vestí, me limpié la cara y salí al salón a desayunar, este tenía forma de L; tan solo albergaba, en una pared, un sofá de la misma forma y una tele pequeña delante —la cual casi nunca usábamos— encima de una pequeña mesita con unos jarrones de flores. En el otro espacio, teníamos una mesa para seis, pero tan solo con tres sillas de normal, ya que únicamente sacábamos las otras tres en caso de que vinieran invitados. Ahora tan solo había dos; eso me dio un pinchazo en el corazón al recordar el porqué.

    Mi madre había preparado unos huevos fritos con bacon, acompañados de unas tostadas con mantequilla y mermelada; ella trabajaba los fines de semana, ya que era médica en urgencias. Casi siempre estaba ausente, pero yo lo entendía y aceptaba, ya que su trabajo salvaba vidas.

Me senté a comer; una vez terminé, recogí la mesa y fregué los platos.

    Después agarré mi chaqueta y una mochila con agua y algo de comer, y salí de casa.

    Era sábado; todos los sábados iba a caminar por la mañana a la montaña. Ese día agarré el autobús que me llevaba al monte, y una vez bajé, comenzaron a caer del cielo pequeños copos de nieve. La temperatura bajó. La poca gente que había esperando a alguien para ir a subir la montaña comenzó a dispersarse, y en cinco minutos solo quedaba yo.

    —Ve con cuidado, chico, en estas épocas de nieve las montañas son peligrosas —dijo una voz a mis espaldas. Me di la vuelta despacio; delante de mí había un hombre con chaqueta, bufanda y pantalones negros. Tenía un color de piel oscuro, no se le veía la boca, solo los ojos y pelo, los cuales eran ambos de un oscuro como el carbón.

    —Gracias por la advertencia, señor, pero conozco estas tierras bastante, sé dónde no meterme.

    —Yo también las conocía, chaval, pero no me sirvió de nada. Espero que tu historia no acabe como la mía…

    —¿No te sirvió de nada…? —pestañeé y el hombre ya no estaba allí; como por arte de magia había desaparecido, pero como muchas veces tenía visiones, lo dejé pasar.

    Me di la vuelta y miré hacia el sendero que, serpenteando, se adentraba en la espesura del bosque

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