La miel chorreaba por sus ojos. El reloj se mecía entre el almanaque y los azulejos que colgaban en la pared. El refrigerador se caía a pedazos por los imanes traídos de todas partes. La tostadora se alzaba al lado del microondas que nos regalaron por la boda. Se podía ver las luces rojas del infierno cuando se encendía la cocina. Un ventanal amplio trazaba el abismo entre la habitación central y la casa de al lado.
Tenía una presencia noble que siempre me gustó. Aguantaba todos mis regaños sin decir ni una sola palabra porque en el fondo, no era más que un crío. Un niño de cuarenta y dos años que hacía exactamente lo contrario de lo que se le pedía:
—D, no tienes que decir que somos pareja porque no lo somos.
—Entonces, ¿qué somos?
—¿Cómo que qué somos?
—Pues los padres de Manuela.
Bajó la mirada con la misma actitud pasiva y lamentera que demolía mi deseo.
Yo esperaba que dijera algo.
Sostuvo la tostada con una mano alternándola en remojo del cola-cao.
El trozo de mantel chispeó varias gotas marrones que se esparcieron por el rectángulo.
-¿Cómo alguien puede ser así?, pensé mientras me comparaba.
-Soy impulsiva, pero no idiota.
-Obstinada, pero no estúpida.
Hubiese seguido buscándole defectos durante horas. Pero me limité a enumerar y ordenar los más graves para sentir consuelo.
-Tiene menos luces que una patera.
-Es tan terco como una mula.
-Y, más cerrado que una ostra.
Tras mirarlo por varios minutos me convencí de lo que ya sabía:
-Está más caducado que un yogurt del Mercadona.
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