Resignación, tiempo y misterio.

Sé quien eres, porque toda máscara, tarde o temprano, concluye por adherirse al rostro y lo desfigura. No prodigues afectos que tu corazón no conoce, pero tampoco permitas que el desencanto te vuelva un escéptico del amor. Hay una antigua obstinación en ese sentimiento: sobrevive a las ruinas de los hombres, a las ciudades y a los olvidos, del mismo modo que la hierba vuelve a crecer sobre los campos devastados.

Acepta, con la silenciosa cortesía de quien comprende el orden del universo, que los años nos van despojando de ciertas ilusiones. La juventud no se pierde de golpe: se va alejando como una calle de la infancia que un día descubrimos imposible de encontrar.

Fortalece el ánimo, no para vencer al destino —empresa que los dioses acaso reservaron para sí— sino para atravesarlo con dignidad. Y desconfía de esos temores que nacen en las noches de cansancio y de soledad; muchas veces no son otra cosa que los laberintos que la mente inventa cuando el mundo calla.

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