Rumor Postrero

El silencio resuena en la penumbra

como un clamor de voces que se acallan,

es el rumor postrero de sus pasos,

marciales, retumbantes, sigilosos

que vienen desde lejos y me abrazan.

El canto de los dulces ruiseñores

y el trinar secular de las calandrias

me remonta a mis tierras de Granada,

de grillos cantarines y de alondras

y de patios vibrantes de guitarras.

Las risas y murmullos bulliciosos

de las tertulias del Café Alameda,

las charlas con Alberti y con Jiménez

leyendo poesía de Espronceda

cerquita de la Fuente de Cibeles.

Recuerdo aquellas palmas andaluzas

de romancillos y de bulerías,

con guitarrones y con castañuelas

repiqueteando como una llovizna

sobre la albahaca y las correhuelas.

¡Estas vendas que ciegan a mis ojos

como truenos vibrantes en la noche

me traen el crujir de pastizales,

el quiebre de las ramas que se parten

bajo las botas de los militares!

¿Cómo callar la voz de los poetas

que reverberan como campanadas?

¿Cómo callar mis versos lacerantes

entre el rumor de ríos que se arrastran

como las huellas de los trashumantes?

Siento el estruendo ruin de las metrallas

por las calles inhóspitas de España,

el clamor de las voces que se agitan

vertiginosas como una maraña

que me agreden, me llaman y me gritan.

Aquí estoy, en los límites de Alfacar,

en el rumor postrero de mis días.

Siento las carabinas que resuenan

como lampos sonoros en la noche

que me atraviesan y que me condenan.

Y entonces la quietud es penetrante,

solo la nada ruge en el silencio.

No hay República. Ya no hay Falangistas.

Solo un rumor de ríos y calandrias,

de ruiseñores libres en la brisa.

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