
Recuerdo que cuando ingresé al salón, las luces me cegaron por unos instantes y la música me pareció extremadamente potente y sonora.
Hacía rato que no me ponía aquel traje. La última vez que lo había usado fue para el casamiento de mi hermano, y de esto hacía ya varios años. Realmente era un poco anacrónico, pero uno no se compra un traje todos los días.
La camisa me ajustaba un poco, lo reconozco. Un par de kilos de más puede hacer estragos en el cuello de un caballero que intente abotonar el botón superior de su camisa.
Pero creo que lo peor de todo eran los zapatos. Me pregunté una y mil veces por qué no los había ablandado un poco. Lección aprendida: jamás debemos estrenar unos zapatos nuevos en una prolongada noche de fiesta. Y mucho menos si hay música y el protocolo nos impone bailar.
En la puerta me habían indicado la mesa que me correspondía. Era la mesa número 13. Los cabalistas me dirían que no era un número muy alentador y que probablemente presagiaba catástrofes en ciernes y brumosas tormentas de desasosiego.
Sorteando toda suerte de obstáculos, por fin llegué a mi mesa. Había cinco personas sentadas. No conocía a nadie. Un señor mayor, canoso, que llevaba un saco algo raído; un joven un tanto estrafalario con un aire de oscuro ostracismo; una muchacha bella, de extrema delgadez y dos señores de mediana edad, uno que parecía muy animado y el otro que ostentaba un aire distraído. Realmente un grupo ecléctico y colorido.
Me senté y saludé, con cortesía. Todos respondieron a mi saludo, mecánicamente.
Estuve un buen rato en silencio, observando el salón. Los dos hombres de mediana edad charlaban animadamente. El volumen de la música apenas me dejaba adivinar el tenor de su conversación.
El señor mayor se había acaparado la botella de vino tinto cabernet savignon, colocándola cerca suyo, y estaba dando cuenta de su contenido con una sed abrasadora.
La chica, de rubios bucles, se hallaba con la mirada perdida, como si se encontrara presa de un trance emocional.
El muchacho estrafalario engullía su plato de comida como si fuera la última cena.
Intenté sacar un tema de conversación, para romper el hielo.
- – ¿Alguien de ustedes es amigo de la novia?
Todos hicieron un profundo silencio y me miraron como si hubiese profanando un misterio iniciático.
- – ¿Qué novia? –dijo la muchacha-. ¡Esto es un bautismo!
- – ¿Un bautismo? –indagó el viejo del saco raído, empinando el último trago de su copa de vino-. ¡Este es el cumpleaños de quince de mi sobrina!
- – ¿Cómo? –murmuró el joven estrafalario-. ¡Yo vine a la despedida de soltero de mi amigo Carlitos!
- – ¿Qué están diciendo? –agregó uno de los hombres de mediana edad-. ¡Es el casamiento de mi hermana Eugenia!
- – ¡El que se casa es mi hermano! ¡Pero su mujer no se llama Eugenia! –aseguró el otro hombre.
Hubo un silencio denso. Todos estábamos desconcertados.
- – O alguien nos está jugando una broma pesada o acá está pasando algo muy extraño. A ver, muéstrenme sus invitaciones –propuse.
Tendimos nuestras invitaciones sobre la mesa. Todas eran distintas. Distintos eventos. Distintos diseños. Sólo dos cosas coincidían: la fecha y hora y el lugar, “Salón Paradiso”.
Nuestro asombro creció, como fueron creciendo las sombras a nuestro alrededor.
La música comenzó a hacerse lejana, hasta que fue desapareciendo. El entorno se fue oscureciendo. Las personas se transformaron en sombras y las sombras en borrosos rastros de la Nada.
También nosotros, los miembros de aquella mesa, comenzamos a desdibujarnos, como caricaturas de carbonilla.
Nos miramos sin entender, como si fuéramos espectros borrosos y fantasmales.
- – ¿Qué le pasó en la camisa? –le pregunté al viejo del saco raído.
Se abrió el saco y vimos una mancha escarlata de sangre en su camisa.
- – No lo recuerdo. Sólo sé que caminaba por la calle y alguien se acercó con un arma blanca.
- – Yo iba en mi motocicleta a toda velocidad –narró el joven estrafalario, con su mirada perdida-. Recuerdo que un camión se cruzó por la avenida y cerré los ojos. No recuerdo nada más.
- – Yo estaba en una habitación. Los médicos corrían y mi madre me tomaba de la mano, con fuerza –dijo, cabizbaja la muchacha de los rubios bucles-. Recuerdo las lágrimas de mi padre.
Ya no escuché nada más. Sólo recordé la fría arma de fuego colocada sobre mis sienes y ese olor a pólvora que inundó la habitación.
Cuando sentí la sangre corriendo por mi cara entendí todo. Yo también ya sólo era una sombra, una brumosa sombra en la noche de la Nada.
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