La idea de que no existe una justicia verdaderamente justa es uno de los dilemas más antiguos de la condición humana. Desde siempre, el hombre ha intentado construir leyes para ordenar el mundo, pero las leyes nacen de manos imperfectas y, por eso mismo, rara vez alcanzan el ideal de la equidad.

Con frecuencia, los sistemas judiciales parecen valorar más el rigor del procedimiento que el sentido íntimo de lo correcto. Un expediente completo puede pesar más que una verdad evidente; una formalidad incumplida puede derrotar a la razón. Entonces aparece esa grieta incómoda entre la justicia legal y la justicia moral.

A ello se suman intereses, prejuicios, desigualdades y las propias limitaciones humanas de quienes interpretan las normas. El resultado es una asimetría que no solo afecta a quienes la padecen, sino que erosiona la confianza colectiva. Porque cuando la ley deja de parecer justa, el ciudadano siente que no ha perdido solamente un juicio: ha perdido una parte de su fe en la sociedad.

Quizá por eso la verdadera justicia siga siendo menos una institución que una aspiración. Un horizonte que el hombre persigue sabiendo que nunca lo alcanzará por completo, pero cuya búsqueda es la única forma de impedir que el derecho se convierta en un simple mecanismo desprovisto de humanidad.

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