Cuando mi angustia se esconde tras esta aparente normalidad, la razón no logra disfrazar mi dolor ni mi sofocante malestar interno.
Porque las personas no siempre se rompen con un grito. A veces se quiebran en silencio, y el mundo, distraído, confunde esa calma aparente con fortaleza. Sin embargo, no es así.
Hay fracturas que no hacen ruido. Se producen despacio, como una humedad que avanza detrás de una pared impecable. Desde afuera, todo parece conservar el mismo orden: las palabras correctas, los gestos aprendidos, la rutina obediente. Pero por dentro, algo ha dejado de sostenerse.
Tal vez la mayor condena del hombre sea esa: seguir funcionando cuando ya se ha derrumbado. Levantarse, saludar, contestar preguntas triviales, mientras una parte de sí mismo vaga por corredores interminables buscando una puerta que nadie recuerda haber construido.
La sociedad admira a quien soporta. Lo llama fuerte. Ignora que muchas veces la fortaleza no es más que el último disfraz del agotamiento. El que calla no siempre comprende; a veces simplemente ha descubierto que no existe un lenguaje capaz de explicar ciertas heridas.
Y entonces ocurre la más absurda y angustiosa situación, todo yo individuo termino siendo juzgado por la serenidad de mi rostro, mientras en mi interior cumplo una condena cuyo delito jamás me será revelado.
OPINIONES Y COMENTARIOS