No valoramos algo hasta que lo perdemos o hasta que estamos lejos.
No valoramos un determinado trabajo.
No valoramos los estudios o esa etapa de la carrera, de salir los viernes con los compañeros de clase a tomar una cerveza.
No valoramos un buen amigo o a un hermano.
No valoramos a un padre o a una madre ni a sus apoyos o abrazos.
No valoramos la lluvia ni el sol.
No valoramos despertar un día más en una cama cómoda y confortable que nos permite dormir tranquilamente sin tener miedo de nada ni de nadie.
No valoramos tener una ayuda extra en momentos de tristeza.
De repente nos damos cuenta porque estamos lejos del lugar que llamamos casa, que llamamos hogar y puede que ni siquiera sea un lugar.
De repente nos damos cuenta de que:
Hogar son personas.
Hogar es la música de tu tierra.
Hogar es la comida de tu abuela o las tapitas del bar de abajo de casa.
Hogar son conversaciones.
Hogar son idiomas, acentos, palabras y expresiones.
Hogar son abrazos de las personas que siempre han estado.
Hogar es recordar.
A veces somos tan independientes que pecamos de olvidar a valorar.
A veces tenemos tantas cosas en la cabeza que no nos fijamos en el día a día y de la suerte que tenemos de despertar un día más.
Estamos acostumbrados a lo cotidiano y a tener todo al alcance de nuestra mano.
Me he dado cuenta de que no valoré lo que tiene que ser valorado.
Me he dado cuenta de que mi independencia me ha quitado momentos de darme cuenta de lo que vivo y de lo que tengo.
Me he dado cuenta de que lo he tenido todo y no es que ahora no tenga nada, sino que ahora no tengo la oportunidad inmediata de abrazar o de sentarme a hablar con las personas que veía a diario y que son mi hogar.
Me he dado cuenta de que tengo suerte, porque aún estando lejos, mi gente me tiene presente.
Me he dado cuenta de las personas que están y de las que no, de aquellas que no eran sinceras y de aquellas que quiero conservar toda la vida.
Qué bonito es volar, qué bonito es conocer un nuevo lugar, una nueva vida y volver a empezar, pero qué duro es a veces darte cuenta de que quizá no aprovechaste bien la oportunidad de haber estado en tu hogar.
Nunca es tarde para volver o para reflexionar, pero a veces si es tarde para aprender a valorar.
Si algo he aprendido ahora es que cuando vuelva aprovecharé cada minuto de aquello que me dio vida, de eso que, en general, es mi hogar.
Volveré a disfrutar de los abrazos de la familia, de las charlas repetidas de mi abuelo, de la casa del campo y del pueblo, de las risas de mis hermanos, de la cerveza de mi tierra y de las tapitas de adobo y puntillitas sentada en una mesa alta con la «fresquita», de la música y del arte, de las conversaciones y risas interminables, de las anécdotas de las amigas y de las quedadas espontáneas que responden a la pregunta de «¿Quieres hacer algo?» y que siempre terminan en «venga vale ve tirando que voy en un rato».
Bueno, entre tanta nostalgia y un poquito de llanto también estoy feliz porque el hecho de recordar el hogar significa que, efectivamente, lo tengo y que siempre podré volver y que me recibirán con los brazos abiertos, soy suertuda, sí, porque no todo el mundo puede decir eso.
Me he tenido que ir para aprender, pero por fin y a kilómetros de mi hogar, he aprendido valorar.
AMB
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