Juan nació en otra época. Una época donde los niños apenas tenían infancia y, en cuanto eran capaces, los mandaban a trabajar.

Juan, al que la ironía del destino le dio por apellido España, apenas fue al colegio. Suerte tuvo de aprender a leer y a escribir. No tanto así las matemáticas, que nunca se le dieron bien. Con apenas once años, su padre ya lo llevaba a trabajar al campo.

Era un trabajo diario y con un extenso horario ya que, después de la jornada laboral que en aquellos años no tenía fin, tenía que ir a la pequeña huerta familiar que les ayudaba a llenar un poco la despensa, al tiempo que segaba hierba para alimentar a los conejos que su madre criaba en la parte de atrás de la casa, los cuales daban el aporte de proteínas cárnicas necesarias.

Así creció Juan España, sin apenas comentarios con su padre. Si la comunicación entre padres e hijos siempre fue difícil, en aquellos años era casi imposible: era inexistente.

Al acabar el día y llegar a casa, se lavaba en la parte de atrás con un balde de hojalata, con la única compañía de los conejos que le miraban extrañados. Estaba tan cansado que se pasaba horas en casa, donde un vecino le prestaba libros que él leía con curiosidad. Eran libros de lo más variado y le permitieron aprender más que suficiente para llevar una vida normal, incluso por encima de otros que habían completado el ciclo escolar.

El vecino, viendo el interés de Juan, buscaba y buscaba libros que luego comentaban entre los dos. El vecino, el Sr. Ramón, era una persona culta y ya jubilada, que había podido desempeñar un trabajo cómodo de oficina gracias a algunas «mentiras» y a los muchos amigos que tenía. Unos amigos que creían en las personas por encima de ideologías.

Pero, bueno, este es el caso de Juan: Juan España.

Con el paso del tiempo fue creciendo, a la misma velocidad que el Sr. Ramón envejecía, hasta que llegó lo inevitable y el Sr. Ramón falleció. Juan se volvió a quedar solo. Bueno, estaba la familia, una familia que se preocupaba más por la subsistencia y por sacar adelante a los hijos más pequeños que de dialogar con ellos. Tampoco los padres de Juan daban más de sí en un país deprimido, triste y oscuro.

Juan llegó a la adolescencia y, cuando terminaba de trabajar —ahora ya con un horario más definido—, salía. Salía a la calle, donde todo era extraño. Sin amigos, no sabía a dónde ir, pero el país daba opciones, oportunidades, y había sitios donde los chicos como él se juntaban y podían jugar al ajedrez, al pimpón o a las damas. A las cartas no, porque era un juego tabernario y mal visto por los responsables de la organización a la que pertenecía este local de ocio.

Pero Juan España seguía sin amigos. Bueno, tenía compañeros, camaradas como se llamaban entre ellos, con los que jugar en aquel local, pero a las nueve de la noche el local cerraba y Juan volvía solo a casa. En el trabajo también tenía compañeros de trabajo, pero no amigos. Quizás este era el precio que tenía que pagar por dejar la escuela a tan temprana edad, porque en la escuela se forman muchas pandillas de amigos.

Fue una noche cuando, al salir a la calle a tomar el fresco sentado en el quicio de la puerta, se le acercó un vecino. Juan no lo rechazó; tenía mucha escuela de vida y mucho leído como para no saber cómo comportarse.

Poco a poco nació una amistad entre ellos, donde algunos vecinos más se juntaban para escuchar a Juan, que, gracias a los libros del Sr. Ramón, daba «sopa con onda» (demostraba ser muy instruido) a todos los demás jóvenes de la calle. Estos, a su vez, trajeron más gente. Como siempre pasa en estos casos, algunos no congeniaron y abandonaron la “pandilla”; otros, sin embargo, se afianzaron más y más.

Los tiempos mejoraban y ellos maduraban. Ya eran una pandilla de jóvenes que empezaba a romper los límites del barrio, alejándose por otras zonas de la ciudad. Empezaron a ir a los bares, a sitios donde conocieron chicas, y, como suele ocurrir en estos casos, llegó la rivalidad y las peleas por ellas, aunque nunca llegó la sangre al río. Algunos conocieron el amor por primera vez; otros no tuvieron la suerte de experimentar esas mariposas que dicen que pululan por el estómago cuando te enamoras.

Juan ya no estaba solo. Tenía una pandilla de amigos consolidada y con fuertes lazos de amistad. Unos lazos que se rompieron cuando Juan España conoció a Amelia. A su vez, a Amelia le encantaba hablar con Juan. Una vez más, el ser autodidacta le servía para explicar y saber cosas con niveles superiores a los de otros que sí habían ido al colegio más años que él. La cosa funcionaba y, en plena vorágine, y como casi siempre suele ocurrir, Juan se dio cuenta de que había más chicas que le rondaban. Más tarde se enteraría de que Amelia también se dio cuenta. Pero él estaba prendado de Amelia, y así se quedó.

Con los años llegó el servicio militar. Algo que todos sabían que tenían que hacer llegada la hora, así que a nadie le extrañaba. El destino le llevó lejos, lo más lejos que se podía ir entonces, y Juan España partió rumbo a lo desconocido.

Fueron duros los primeros días, pero Juan estaba tan acostumbrado al trabajo y a obedecer que no le costó adaptarse. Amelia, por su parte, también notaba la ausencia, pero por aquel entonces trabajaba y, con los chismes que se contaban entre compañeras, se hacía más llevadero. Las cartas se cruzaban por el camino. No había día que no se escribieran, y el servicio de correos, que era un desastre, a veces entregaba cartas recientes antes que otras más antiguas. Pero bueno, viendo la fecha, todo se arreglaba.

Juan no volvió hasta licenciarse. Pasó bastante más de un año por tierras lejanas. En aquel lugar vio gente de todo tipo. Escribió cartas a gente que no sabía escribir y leyó cartas a gente que no sabía leer. Se dio cuenta, con esto, de que su nivel era bastante superior al de la media, y un día lo propusieron para cabo. Salió cabo y lucía orgulloso sus galones rojos, que le permitían librarse de muchos servicios y hacer otros de manera más descansada. Aprendió valores, compañerismo y lo que es guardarse la espalda: que tu compañero sea tu padre y tu madre, y tú lo seas para él. Hizo amigos: amigos de la mili, que dicen que son los mejores y duran para siempre. Y así fue.

Con el tiempo llegó el fin: la licencia. Y después de despedidas con muchas lágrimas, cada uno volvió a su destino, a su vida. Una vez en casa, aquellos amigos que lo fueron todo se quedaron en algunas cartas a lo largo del año. Solo una vez fue Juan España a ver a su amigo, el más amigo de aquel tiempo. No daba para más.

Su vida se centró al lado de Amelia. El trabajo y los hijos que tuvieron les dejaban poco tiempo para la diversión, como antes pasaba con sus padres. El contacto con sus padres tampoco era como lo conocemos hoy, y todo quedaba en ir a comer en domingo a casa de unos u otros, con el fin de que vieran a sus nietos.

El tiempo pasó. Los padres, con el tiempo, dejaron este mundo. Los hijos crecieron y también se fueron, y Amelia… Amelia un día también se fue de repente. Sin esperarlo nadie, después de una vida de trabajo y sacrificio.

Juan, Juan España, volvió a quedarse solo. Tenía amigos, sí, pero todos con pareja, y cuando lo llamaban para algo, le daba la sensación de que era por lástima. Juan España, recién jubilado, pasaba muchas horas en casa o dando largos paseos, solo con sus recuerdos. Intentó conocer gente nueva, incluso mujeres, pero no encontraba su sitio.

Un día en casa se puso a pensar y llegó a la conclusión de que en su vida la soledad había sido la protagonista, y quizá ahora volvía a hacerle compañía. Que las cosas no se buscan, se encuentran. Y él, en su vida, siempre se encontró con la soledad, aunque interrumpida por un periodo de tiempo que le pareció insignificante.

Etiquetas: drama intimista

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