Ella empezó a salir lentamente de su letargo de eones, un sueño que recordaba a medias. Se desperezó lentamente. Palpó el vacío. Sintió el silencio que la rodeaba. No había sonidos, sino memorias sin forma. Sabía que tenía que llenarse para ser.
Entonces imaginó un punto. Lo comprimió en un espacio muy pequeño, más diminuto que los futuros átomos; y lo hizo con una mezcla de sapiencia y timidez, como si temiera despertar algo demasiado grande.
El punto apareció como una mancha en sus entrañas. No ocupaba lugar, porque todavía el todo era nada. No brillaba, porque la luz aún no existía.
La Nada lo observó con una empatía casi maternal… Después del ruido, ya no estaría deshabitada. Y el punto de energías se expandió.
¡Somos! —pensó la Nada. Y al compás de su pensamiento nacieron el tiempo, los átomos, las estrellas, los planetas y los sueños. El universo dejó de ser nada.
Durante miles de millones de años, la Nada siguió escuchando. No sentía sonidos, sino pulsos: el latido de las primeras estrellas, el polvo circulando, la música de los planetas.
Hasta que, en un pequeño planeta azul, un ser humano levantó la vista al cielo y preguntó:
—¿Por qué existe algo en lugar de la nada?
La pregunta viajó estelarmente. La Nada la escuchó y sonrió. Se reconoció. Era la misma pregunta que ella había formulado al principio de los tiempos… y que había provocado la vida.
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