Bastaba un roce de sus dedos

para que el frío del invierno

se transformara en un

incendio interno”

Yasunari Kawabata

Para Nica y Pedro Luis


I

Gudelia se asomó a mi vida como uno de esos extrañísimos milagros capaces de cambiarle a uno la existencia; de otro modo, jamás podría explicarme cómo pudo ser posible que un joven adolescente preparatoriano, anclado en el verano caluroso de Salto de Agua, pudiera ir de tarde en tarde hilvanando sueños.

Gudelia era la tía yucateca de mi amigo Pedro, una mujer hecha y derecha con sus treinta abriles bien puestos: ojos claros, chaparrita y de piel blanca, con piernas fuertes y bien torneadas, breve de pechos y de cintura extremadamente estrecha; caderas y nalgas inquisidoras capaces de revivir muertos.

Dos días hicieron falta para entender que se sentía a modo con nosotros, jovencitos inexpertos. El calor en Salto de Agua, el río Tulijá refrescándonos sin ningún secreto; la blusa mojada ajustándose a su cuerpo y el short dejando poco a la imaginación, que subía de tono al igual que los calores del pueblo.

¡Perros en celo!

Y ella, sabiéndose mirada y acariciada por nuestros ojos, por nuestro roce oportunísimo.

Si hasta ese momento no comprendía por qué nuestras amigas buscaban novios tres o cuatro años más viejos, teniéndonos a nosotros a tiro de piedra, jamás pretendí entender por qué a la tía Gudelia se le ocurrió voltear a vernos. El calor sofocante, el sudor pegándose a nuestras axilas, a nuestro cuello; la risa que llegaba fácil, estridente, festiva, y las noches más serenas rodeándola para escucharla en ese tono tan propio de ella, escudriñando en sus ojos claros el guiño secreto.

Arania, decía Gudelia, en vez de araña; ninio, en vez de niño.

«¡Aínas me golpeo!», cuando asustada quería decirnos que por poco se golpea.

«Me chingué», una vez que sí se chingué.

Después de una larga jornada correteando y nadando en el Tulijá, me asomé aquella tarde sofocante por casa de Pedro. La hamaca quieta pendiendo de sus brazos; Pedro, no durmiendo, sino literalmente muerto. Silencio total. Ausentes todos. Volví los pasos hacia atrás. Al cruzar nuevamente el patio, Gudelia sonreía lejana: treinta abriles, gata en celo.

—¿Cómo está tu novia? —yo sonreía también.

—¿La abrazas?

—¿Y la besas mucho?

—¿Y dónde la besas?

—¿Qué me dices, ninio? —y seguro me sonrojaba, aunque decía que había sido el sol de la mañana.

—¿Y le tocas la arania? —y desde luego entendí que esta vez se trataba de otra especie de araña. Mucho más venenosa.

Estábamos sentados, ambos apenas sonreíamos. Gudelia fue tornándose seria, muy seria. Se levantó la falda con parsimonia, desvelando en la penumbra el origen de su misterio; una presencia tupida y viva que justificaba, con creces, el peligro de su arania.

—¿Quieres olerlo? —dijo al fin. Y al intentar tocarla, enérgica repitió—: ¡Olerlo!

Al mismo tiempo, levantaba las caderas acercando a mi rostro aquella fruta. Mi nariz rozaba aquellos pelos y mi cerebro registraba con ansiedad la mezcla de olores a mar y fuego; salubre, dulce, brisa fresca, duraznos tiernos, mango y limonero.

Aspiraba profundamente cuando llegó la siguiente orden:

—Tocarlo. ¿Quieres tocarlo?

Y suavemente deslicé mis dedos, bordeando los contornos de aquella fruta prohibida del verano. Me adentré despacio en su calidez, descubriendo una pulpa grata, húmeda y con la tersura misma del cielo.

Humedad, tibieza, blando, terso, suave.

Fueron palabras que, a partir de ese momento, se integraron a mi vida a través de mis dedos. El brillo de sus ojos y la sonrisa traviesa volvieron a ser parte de su rostro; los labios en un leve susurro musitando tal vez alguna plegaria, o por lo menos así me parecía en aquellos instantes.

Severa en su mandato:

—¡Pruébalo! —dijo la tía Gudelia.

Y yo, obediente como siempre, acerqué mis labios a ese fruto carnoso y húmedo. ¡Verdadera pitahaya de las montañas! Me entregué a su sabor fresco y prohibido, perdiendo la noción del tiempo mientras Gudelia, con un rítmico movimiento de su cuerpo, me envolvía en su cadencia hasta fundirnos en un gemido delirante y eterno.

¡Perros en celo!

¡Perra en celo!

Había un secreto que podía palparse, que reptaba entre todos nosotros, que hacía que tu mejor amigo se volviera el peor sueño. Gudelia al centro de nuestra vida, de nuestro espacio, de nuestro tiempo. Todos callamos y, sin duda, soy el único que rompe el silencio.

II

Alegre y festiva. Extremadamente dispuesta a cualquier juego. Centro de nuestro universo, imponiendo a cada miembro de la jauría las reglas de su juego. Durante tres semanas, y sin fallarme un solo día, la tía Gudelia compartió conmigo los jugos de su plena madurez sin regatearme jamás un solo segundo.

Gudelia se asomó a mi vida como uno de aquellos extrañísimos milagros. El olor, el aroma que desde aquel primer instante me pareció extremadamente grato, se fue perdiendo entre otros aromas y olores también exquisitamente gratos.

Humedad, tibieza, blando, terso, suave.

Siguen siendo palabras que se renuevan constantemente a través de mis dedos. Y me sigue pareciendo que pitahaya y aceitunas son frutos que se dan mejor entre las piernas.

Los ojos claros, las piernas vigorosas, las nalgas bien dispuestas, la risa, la piel blanca… seguramente, a treinta y cinco años de distancia, se verán marchitas.

El sonido, sin embargo, sigue vivo como en aquellos días:

Arania.

Ninio.

«¡Aínas me golpeo!».

—Deshidratación —dijo el doctor del pueblo, mientras perforaba una vena de mi brazo para pasar por ella sales y líquidos intravenosos.

—Insolación —repitió mi madre a mi padre, inocente y angustiada al mismo tiempo—. Pero si no ha dejado el río y el sol un solo instante —agregó enseguida.

Sereno, mi padre mesó mis cabellos escudriñando en mis ojos.

—¡Enculamiento! —dijo, y se fue al trabajo.

Yo comencé mi vida.



Altamira, 2008

By Oscar Mtz. Molina

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