Vivo guardando amigos que, como hijos amorosos

han llegado sin planificar.

En esta vida ocasional,

rezaré por ellos alguna oración concreta.

Sentirán un humilde aleteo cerca de la oreja,

y pensarán en mí.

No creo que el cielo sea infinito,

ni creo en los ecos escondidos en casas desatibadas,

ni tan siquiera, en jeroglíficos que cuenten historias del fuego.

Creo en la amistad, en su lealtad,

su libre devoción,

y en sus potentes alas que sin pensarlo,

me ayudan a levantar el sol, de cada mañana.

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