“Venecia: El lugar donde el deseo tenía nombre”

“Venecia: El lugar donde el deseo tenía nombre”

Larson

02/06/2026

Mi perspectiva de los hechos

I. Donde se enciende el ritual

Fue en el barrio Venecia, al sur de Bogotá. Allí, entre talleres cerrados y fachadas sin pintura, descubrí que el fuego no siempre necesita velas ni vino caro. A veces basta un cuerpo… y alguien que sepa leerlo con las manos.

Nos veíamos cada ocho días. Sin promesas, sin planes a futuro, pero con la certeza de que ese día , ese momento, íbamos a ser uno, sin rendiciones, sin medidas. Llegábamos por separado, a veces sin hablarnos durante la semana, pero al cruzar la puerta del mismo motel, todo se encendía como si el mundo hubiese estado esperando solo eso: nuestro roce.

II. Ella, el incendio que ignoraba que ardía

Tenía un cuerpo que ignoraba su poder, y quizás por eso lo tenía todo. Sus pechos, altivos, moldeados con la gracia de lo que no busca aprobación, no necesitaban escote; su presencia se sentía en la habitación aunque estuviera vestida de oficina. Caminaba con la espalda erguida y un ritmo sereno, como si supiera que el mundo se detenía unos segundos cada vez que pasaba.

Sus labios eran otra historia. Había en ellos una suavidad insolente, una especie de código secreto para saborear la ternura después del caos. Cuando sonreía, el aire cambiaba. Pero cuando se mordía el labio inferior, sabía que el tiempo de hablar había terminado.

III. El encuentro

En esas habitaciones silenciosas, con techos falsos y luces tenues, convertíamos lo rutinario en algo sagrado. La ciudad seguía allá afuera: las motos, los gritos, el caos, pero nosotros teníamos nuestra propia sinfonía.

Ella no pedía flores ni detalles. Lo que reclamaba era presencia. Y cuando se tendía boca arriba, esperándome, con la piel aún tibia por el sol del día, sabía que no había mejor forma de amar que sin palabras, sin relojes.

Su espalda, delineada con la precisión de lo eterno, respondía a mis manos como un mapa antiguo que guarda secretos entre vértebras. Y sus caderas, firmes pero dóciles, se movían con una cadencia que no era danza, era clamor.

No éramos amantes por obligación ni por amor idealizado. Lo éramos porque el cuerpo lo pedía, porque el alma se sacudía al tocarla. Ella no gemía como en las películas. Ella respiraba hondo, pausado, como quien reza, como quien agradece.

IV. Lo que se queda

Nunca preguntamos si había algo más. Éramos dos personas que se elegían cada ocho días sin explicación. A veces salíamos sin besarnos. A veces dormíamos abrazados sin decir una sola palabra. Había semanas en las que no escribíamos, pero bastaba el sábado por la tarde para que todo el lenguaje del mundo se redujera al tacto.

Hoy no sé en qué ande. Sé que trabaja en bienes raíces, que ahora habla de escrituras, avalúos y cierres. Pero para mí, siempre será aquella mujer de los moteles de Venecia, la que me enseñó que el deseo, cuando se da sin fingir, es una forma de verdad.

Una verdad que no se publica. Una verdad que se recuerda con los ojos cerrados.

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