El Reparador de Almas Rotas

El Reparador de Almas Rotas

Daniel Useche

02/06/2026

Capítulo 1: El pulso de la madera y el acero

Parte I: El refugio de la niebla

Londres siempre ha sido una ciudad que se ahoga en su propia sombra, pero Whitechapel… Whitechapel es el rincón donde la miseria se vuelve sólida. Para un escritor como yo, empeñado en plasmar las corrientes más oscuras del alma humana en papel, este distrito de callejones húmedos, fango y farolas moribundas debería ser el escenario perfecto. Sin embargo, la realidad lleva meses devorando mis ficciones. Las gacetas no hablan de otra cosa que del espectro que camina entre la niebla nocturna, alguien a quien la prensa ha decidido bautizar con un nombre tosco, vulgar, desprovisto de la fría elegancia que posee su obra. Lo llaman «Jack el Destripador».

Mientras el resto de la ciudad se esconde tras cerrojos pesados y reza a un Dios sordo en cuanto cae el sol, yo suelo buscar un tipo diferente de silencio. Lo encuentro en el pequeño taller de relojería de la esquina de la calle trasversal.

Allí, el tiempo no es una amenaza, sino un susurro metálico. Cientos de engranajes, péndulos y cajas de madera fina cantan en un tic-tac constante que adormece los sentidos y aleja el horror de las calles. El dueño del taller es Arthur. Es un artesano solitario, un hombre de modales impecables, gestos suaves y una paciencia que roza lo divino. Sentarme en su banquillo de madera a verlo trabajar con su lupa de relojero, mientras yo apunto ideas en mi libreta, se ha convertido en mi único refugio contra la locura de Londres.

Parte II: El secreto de las doscientas cincuenta y cuatro almas

La ilusión de mi tranquilidad se rompió anoche. El inspector jefe de Scotland Yard, un viejo conocido que ha envejecido diez años en los últimos meses, me citó en el rincón más oscuro del pub The Blind Beggar. Tenía los ojos inyectados en sangre y las manos le temblaban tanto que apenas podía sostener su vaso de ginebra. Lo que me confesó bajo estricto secreto me heló la sangre.

—Las gacetas mienten para evitar que la ciudad se queme viva —me susurró, arrastrando las palabras—. No son cinco mujeres, ni diez. Llevamos contados los mismos cortes, la misma precisión quirúrgica, desde hace casi una década. Van doscientas cincuenta y cuatro víctimas, amigo mío. Doscientas cincuenta y cuatro.

La cifra me golpeó en el pecho. No estábamos ante un asesino frenético, sino ante una purga silenciosa, una marea de muerte que llevaba años deslizándose bajo las narices de las autoridades. Pero el inspector no se detuvo ahí. Me habló del detalle más perturbador, aquel que la policía custodiaba como oro en paño:

—El carnicero no deja caos. Acomoda los cuerpos con una simetría casi reverente, limpia la sangre del rostro de los caídos y, entre sus dedos congelados, desliza una pequeña tarjeta de hilo fino. En cada una de ellas, con una caligrafía inglesa perfecta, pulcra y firme, hay un poema o un fragmento de William Shakespeare.

Parte III: Una oración de arcilla pecadora

Esta tarde regresé al taller de Arthur, buscando desesperadamente el orden que mi mente había perdido. El eco rítmico de los relojes me recibió como siempre. Arthur estaba inclinado sobre su mesa, limpiando los engranajes de un cronómetro de bolsillo de plata con un pincel de cerdas finas. Sus dedos se movían con una precisión hermosa.

—Te noto ausente, mi querido amigo —dijo Arthur sin levantar la vista, con esa voz pausada que siempre me transmitía paz—. ¿La tinta se ha secado en tu pluma o es que la ciudad te pesa demasiado hoy?

—Son las cartas, Arthur —suspiré, apoyando los codos en su mostrador—. La policía ha encontrado otra víctima en el callejón de la iglesia. Y con ella, otro poema. Esta vez era el Soneto 146 de Shakespeare: «Pobre alma, centro de mi arcilla pecadora…». No logro entenderlo. Si es un monstruo sediento de sangre, ¿por qué dejar poesía? ¿Por qué Shakespeare?

Arthur detuvo sus pinzas por una fracción de segundo. Sus ojos, unos ojos claros, claros como el agua estancada, que siempre parecían mirar a través de las cosas, se posaron en mí con una suavidad abrumadora. Dejó la herramienta de lado, entrelazó sus largos y limpios dedos y se recostó en su silla.

—Quizás, amigo mío, no deberías buscar la mente de un asesino, sino la de un lector compasivo —explicó con voz mansa—. Piensa en Shakespeare. Él entendía el dolor humano como nadie. Entendía que la vida a menudo es un teatro lleno de ruido y furia, que no significa nada si solo trae sufrimiento. Dejar un poema no es una burla a la ley. Es un regalo para el difunto.

—¿Un regalo? —pregunté, frunciendo el ceño mientras mi pluma devoraba el papel, fascinado por su perspectiva.

—Una última oración —continuó Arthur, desviando su mirada hacia la ventana, donde la niebla de la tarde empezaba a teñir la calle de un tono plomizo—. Imagina a esas gentes de Whitechapel. Viven en la suciedad, el hambre, el abuso y la desesperación. Sus vidas carecen por completo de belleza. Al dejarles un poema en las manos, el autor de esos actos les otorga una dignidad que el mundo les negó en vida. Les está diciendo: «Tu tragedia ha terminado, ahora descansa». Es… un acto de piedad artística.

Me quedé en silencio, saboreando la profundidad de sus palabras. Qué mente tan empática y brillante tenía este humilde artesano. Mientras Scotland Yard buscaba a un monstruo ruidoso y salvaje, Arthur, desde la calma de su taller, era capaz de ver la terrible y oscura poesía detrás de la tragedia.

—Es una teoría hermosa, Arthur —dije, guardando mi libreta—. Pero si el asesino piensa así, debe llevar una carga insoportable. Cargar con el peso de doscientas cincuenta y cuatro almas… debe ser una tortura.

Arthur me miró y sonrió de medio lado. Fue una sonrisa leve, melancólica, casi invisible, antes de volver a ponerse la lupa de relojero en el ojo.

—O tal vez —susurró, tan bajo que el tic-tac de los relojes casi ahogó sus palabras—, cada una de esas almas es un color hermoso que él guarda en su memoria. Limpias, al fin, de la oscuridad de este mundo.

Capítulo 2: Los ojos que heredaron el llanto

Parte I: Las grietas del artesano

Han pasado tres semanas desde mi conversación con el inspector, y la cifra de doscientas cincuenta y cuatro almas sigue pesando en mi pecho como un bloque de plomo. He intentado volcar esa angustia en mi nueva novela, pero las palabras se atascan. Mi único momento de auténtica calma sigue siendo el té de las cinco en el taller de Arthur.

Sin embargo, estos últimos días he empezado a notar algo diferente en él. Arthur siempre ha sido un hombre sereno, pero es una serenidad que ahora me parece… estancada, como el agua de un pozo profundo que oculta un fondo rocoso. Ayer, mientras el cielo derramaba una llovizna fina sobre los tejados de Whitechapel, lo observé sostener una taza de porcelana blanca. Sus manos, usualmente tan firmes que podrían colocar un engranaje del tamaño de un grano de arena, temblaron imperceptiblemente. Su mirada no estaba en la taza, ni en la ventana; miraba el vacío, con una tristeza tan antigua que parecía no pertenecerle a él, sino al revés: como si él le perteneciera a la tristeza.

—Hay días en que el pasado no se queda en los libros de historia, ¿verdad, Arthur? —le dije suavemente, rompiendo el silencio mientras el vapor del té subía entre nosotros.

Arthur parpadeó, regresando de aquel trance. Dejó la taza con extrema lentitud, evitando que hiciera ruido contra la mesa de madera.

—El pasado es un reloj mal calibrado, amigo mío —respondió, con una sonrisa cansada que no llegó a sus ojos—. Por más que intentes adelantarlo, siempre te arrastra de vuelta al mismo segundo. A veces me pregunto si los hombres nacemos rotos o si la ciudad nos quiebra pieza por pieza.

Parte II: El pacto de la ceguera

Se acomodó en su silla de mimbre y, por primera vez desde que lo conozco, no tomó ninguna herramienta para trabajar. Cruzó las manos sobre el regazo y miró la chimenea apagada, cuya ceniza gris recordaba a la niebla de afuera.

—¿Sabe?, conocí una vez a un niño aquí en Whitechapel —comenzó a decir, con ese tono pausado con el que se cuentan las leyendas tristes—. Un niño que nació en la oscuridad absoluta. Nació ciego. Su madre era una mujer que alguna vez perteneció a la alta alcurnia de Londres, pero que fue repudiada por su familia y terminó arrojada a la miseria de estos mismos callejones. A pesar del hambre y del frío, ella amaba a ese niño con una devoción que la gente de este barrio jamás lograría entender. Él no podía ver su rostro, pero conocía el olor a lavanda rancia que ella intentaba mantener y la suavidad de sus manos cuando le acariciaba el cabello por las noches.

Arthur hizo una pausa, respirando el aire frío del taller.

—Pero el invierno de Londres no tiene piedad de los inocentes. La madre enfermó de tuberculosis. Sabiendo que sus días estaban contados y horrorizada ante la idea de dejar a su hijo ciego, desamparado y a merced de las bestias de Whitechapel, tomó una decisión desesperada. Acudió a un cirujano de la corte, un hombre de ciencia reputado pero con un alma tan negra como el carbón de las fábricas. Hizo un pacto con él: vendió su propio cuerpo para los experimentos anatómicos del médico a cambio de una sola condición… que cuando ella exhalara su último aliento, el cirujano le trasplantara sus córneas al niño. Quería que su hijo viera el mundo a través de sus ojos.

Parte III: El despertar en el vacío

Sentí un escalofrío recorrer mi columna. La pluma se detuvo sobre mi libreta, pero no me atreví a interrumpir el fluir de su voz, que seguía siendo tan tranquila como el fluir de un río subterráneo.

—El cirujano cumplió su palabra —continuó Arthur, y sus ojos claros parecieron volverse aún más transparentes, casi vítreos—. La operación se realizó en un sótano húmedo, entre el olor a éter y a sangre estancada. Cuando le quitaron vendajes al muchacho, el dolor fue insoportable, pero finalmente hubo luz. Sin embargo, no fue la luz que cualquiera de nosotros ve. El trauma del trasplante, mezclado con la agonía final de su madre, abrió una ventana maldita en la mente del niño. No veía las calles, ni las paredes comunes; veía los colores de la esencia humana, las vibraciones de las almas.

Arthur apretó suavemente los puños sobre sus rodillas.

—El cirujano, un ser sádico que disfrutaba quebrando el espíritu humano, quiso reírse de la criatura. Lo llevó de la mano hasta la mesa de autopsias de al lado y le retiró la sábana. Allí estaba el cuerpo desfigurado de su madre, abierto por el bisturí de la ciencia. Pero lo verdaderamente devastador no fue ver la carne rota. Fue lo que vio con sus nuevos ojos. El alma residual de su madre no brillaba con el color del amor, ni del dolor. Era de un gris absoluto, vacío, hueco… como si al morir, ella se hubiera dado cuenta de que su inmenso sacrificio no había servido para nada en un mundo tan podrido.

Arthur volvió a mirarme. Sus ojos reflejaban una lástima tan inmensa que me costó sostenerle la mirada.

—En ese instante, el niño comprendió la verdad. La suciedad y la maldad de esta ciudad tiñen y corrompen las almas de las personas antes de que mueran. Su madre había muerto con el alma vacía por culpa de la fealdad del mundo. Y el niño juró, con los mismos ojos que ella le había regalado, que jamás permitiría que otra alma hermosa se volviera gris en la oscuridad de Londres.

Capítulo 3: La sinfonía de los sonetos

Parte I: Caminar sobre la niebla

La historia que Arthur me contó sobre aquel niño ciego se quedó grabada en mi mente como tinta indeleble. No pude dormir en toda la noche. Para despejarme, y buscando desesperadamente capturar la atmósfera nocturna de Whitechapel para el clímax de mi novela, le pedí a Arthur que me acompañara a caminar. Él aceptó con su habitual cortesía.

La medianoche nos encontró flotando en un mar de niebla tan espesa que las farolas de gas apenas parecían luciérnagas moribundas. El frío calaba hasta los huesos, y el silencio de las calles solo era interrumpido por el eco rítmico de nuestros propios pasos sobre el pavimento húmedo. Mientras yo caminaba con el cuello del abrigo subido y la mirada desconfiada, Arthur avanzaba con una soltura asombrosa. Parecía deslizarse. Lo más extraño era su mirada: sus ojos claros, fijos al frente, no parpadeaban ante el viento helado. Parecía guiarle un mapa invisible, un rastro que solo él podía descifrar en medio de la penumbra victoriana.

—Esta ciudad tiene un pulso propio de noche, ¿no cree, amigo mío? —me susurró Arthur, sin alterar el paso—. La mayoría de los hombres solo ven la oscuridad, pero en el fondo de este invierno, hay destellos que luchan por no apagarse.

Parte II: El color que se apaga

Nos detuvimos cerca de los arcos del puente ferroviario, un rincón maldito donde el hambre y el desamparo se refugian del viento. Allí, sentada sobre unos cartones húmedos, estaba Eleanor. La conocía de vista; era una mujer que alguna vez tuvo una voz hermosa en los coros de la iglesia, pero que la pérdida de sus hijos y el alcohol habían arrastrado al arroyo más profundo de Whitechapel. Estaba tiritando, con una botella vacía entre las manos gastadas y la mirada perdida en la nada. Estaba en la línea exacta donde la cordura se rompe para siempre.

Arthur se acercó a ella con una lentitud pasmosa, casi ceremonial. Yo me quedé un paso atrás, observando. Se arrodilló en el fango sin importarle manchar su pulcro pantalón y la miró a los ojos. Vi el rostro de Arthur transformarse: sus pupilas se dilataron por completo, reflejando la luz de la farola como si estuviera viendo un espectáculo de luces invisible para mí. Su rostro no mostraba desprecio, sino una devoción y una lástima casi divinas.

—El invierno ha sido demasiado largo, Margaret —le dijo Arthur con una ternura tan pura que la mujer, por primera vez en meses, pareció enfocar la mirada y sonreír levemente, como si recordara quién había sido antes de la miseria—. Ya casi es hora de descansar. Tu canción ya no tiene por qué sonar triste.

Arthur estiró su mano enguantada y rozó suavemente la mejilla de la mujer. En ese segundo, juro que vi paz en el rostro de Eleanor, una chispa de dignidad recuperada. Arthur se levantó, me miró con una serenidad imperturbable y dijo:

—Es suficiente inspiración por hoy, amigo mío. Volvamos. La noche va a reclamar lo que es suyo.

Parte III: La precisión del bardo

A la mañana siguiente, el grito de las gacetas despertó a Londres. La víctima número doscientas cincuenta y cinco había sido hallada bajo los arcos del puente ferroviario. Era Eleanor.

Corrí al lugar antes de que la policía acordonara la zona, abriéndome paso entre la multitud morbosa. Cuando logré divisar el cuerpo, el estómago se me dio la vuelta, pero mi mente de escritor notó el patrón de inmediato. El corte en su cuello era de una finura milimétrica, limpio, sin signos de lucha. Sus manos estaban cruzadas sobre el pecho en una postura de profundo descanso y, entre sus dedos congelados, descansaba la tarjeta de hilo fino.

Me acerqué lo suficiente para leer la pulcra caligrafía antes de que el inspector la retirara. Era un fragmento de El rey Lear de Shakespeare:

«Soportad vuestro dolor… Los hombres deben aceptar su salida de este mundo, tal como su entrada. Todo es estar listos.»

Me quedé paralizado en medio del frío matutino. El poema no era una elección al azar. Describía con una exactitud desgarradora y poética la vida entera de Eleanor, su sufrimiento y su resignación final. ¿Cómo podía el asesino saber exactamente qué fibra tocar de una mujer que el mundo había olvidado? Recordé la mirada de Arthur anoche, su mano en la mejilla de ella, la paz inmediata que Eleanor había sentido. Un pensamiento monstruoso, pero terriblemente lógico, empezó a florecer en la oscuridad de mi mente. El relojero no solo arreglaba cronómetros… estaba midiendo el tiempo de las almas.

Vamos sin detenernos al Capítulo 4. Aquí es donde la tensión psicológica llega a su punto más alto. El escritor ya no puede cerrar los ojos ante la realidad y se adentra en el taller buscando la prueba definitiva, enfrentándose a un dilema moral devastador.

Capítulo 4: El cerco de tinta

Parte I: Las líneas que convergen

La sospecha es un veneno lento. Se filtra por las rendijas de la mente y tiñe cada recuerdo, cada palabra y cada silencio de un color oscuro. Durante tres días no me acerqué al taller. Me encerré en mi despacho, rodeado de recortes de periódicos, transcripciones de los poemas de Shakespeare y mis propias notas de campo.

Revisé cada frase que Arthur me había dicho desde que lo conocí. «A veces, el mecanismo sigue girando, desgastándose a sí mismo… Solo necesita que una mano compasiva lo detenga». «Un regalo para el difunto… una última oración». Todo encajaba con una geometría espantosa. El hombre pulcro que limpiaba engranajes de plata con pinceles finos era el mismo que manejaba el bisturí en la oscuridad de Whitechapel con precisión milimétrica. Las doscientas cincuenta y cinco almas. La historia del niño ciego que heredó los ojos de su madre no era un cuento del barrio; era su propia maldición. Arthur podía ver el color del dolor humano, y su taller de relojería era la fachada perfecta para un hombre que creía tener el derecho divino de detener el tiempo de los hombres.

Tenía la historia de mi vida frente a mí. El caso que Scotland Yard no podía resolver estaba en mis manos. Pero en lugar de correr hacia la comisaría, me quedé paralizado, mirando la pluma. Descubrir al monstruo significaba también destruir al único hombre que me había ofrecido paz en medio de este infierno viviente.

Parte II: El libro en la penumbra

Una tormenta feroz azotó Londres esa noche. El viento golpeaba las ventanas y la lluvia repicaba contra los adoquines como miles de agujas de cristal. No pude soportar más el encierro. Necesitaba mirar a Arthur a los ojos una vez más, convencer al escritor que llevo dentro de que estaba equivocado, o confirmar mi peor pesadilla.

Llegué al taller pasada la medianoche. La puerta principal estaba sin echar el cerrojo, algo inusual en él. Empujé la madera lentamente, haciendo que las campanillas de la entrada soltaran un tintineo ahogado por el trueno de afuera. El taller estaba a oscuras, salvo por el parpadeo moribundo de las brasas de la chimenea. Los cientos de relojes de las paredes seguían cantando su tic-tac eterno, pero esta vez el sonido me pareció el latido de un corazón enorme y artificial.

—¿Arthur? —llamé con voz temblorosa, pero nadie respondió.

Me acerqué a su mesa de trabajo. Sobre el tapete de cuero verde, iluminado por el tenue resplandor rojo del fuego, descansaba un libro antiguo, encuadernado en cuero desgastado. Eran las Obras Completas de William Shakespeare. Al tocarlo, el corazón me dio un vuelco. El libro estaba repleto de marcas. Al abrirlo por una de las páginas dobladas, encontré anotaciones manuscritas al margen con la caligrafía perfecta y pulcra de Arthur. Al lado del soneto sobre la muerte de Eleanor, había una fecha anotada, la de esa misma noche, y una pequeña descripción escrita a lápiz: «Azul pálido, a punto de volverse gris. Salvada justo a tiempo».

Parte III: El dilema del observador

Cerré el libro de golpe. El estruendo pareció resonar en todo el taller. Me quedé allí, en la penumbra, con la respiración agitada y las manos heladas, sosteniendo mi libreta de notas contra el pecho.

Saber la verdad es una responsabilidad maldita. Si iba a la policía en ese mismo instante, se convertiría en el fin de Jack. El inspector jefe enviaría a un pelotón de hombres armados, arrastrarían a Arthur por el fango, las gacetas se alimentarían de su carne y la horca de Newgate pondría fin a su pacífica existencia. El mundo vería en él a una bestia salvaje, un carnicero de los barrios bajos. Nadie entendería el trasplante de ojos, nadie entendería la piedad, nadie vería la belleza trágica de las cartas ni el color de las almas que él intentaba salvar de la podredumbre.

Me senté en el banquillo de madera, el mismo donde había pasado tantas tardes tranquilas escuchando el fluir del tiempo. Me miré las manos manchadas de tinta. Como escritor, mi deber siempre había sido registrar la verdad del mundo. Pero, ¿cuál era la verdad aquí? ¿La ley de los hombres, que dejaba que miles de inocentes se pudrieran vivos en la miseria de Whitechapel, o la justicia poética de un artesano que les devolvía la dignidad con un poema de Shakespeare en el último segundo de sus vidas?

La tormenta siguió rugiendo afuera, pero dentro del taller, rodeado por el pulso constante del acero, tomé una decisión. No iría a Scotland Yard. Esperaría. Regresaría al día siguiente para escuchar el final de la historia de labios del propio autor.

Vamos con el Capítulo 5, el desenlace final de nuestra historia. La tormenta ha pasado, la calma regresa a Whitechapel y el escritor entra por última vez al taller para cerrar el mecanismo de esta tragedia gótica.

Capítulo 5: El último engranaje

Parte I: La última taza de té

El amanecer trajo consigo un silencio sepulcral. La lluvia de la tormenta había lavado el fango de las calles, pero el aire seguía oliendo a hollín y a niebla estancada. Caminé hacia el taller con pasos firmes, cargando en el bolsillo de mi abrigo el peso de la verdad y el manuscrito de la que sería mi obra definitiva.

Cuando empujé la puerta, el tintineo de las campanillas sonó más cristalino que de costumbre. El taller estaba perfectamente iluminado por la luz pálida de la mañana victoriana. Todo estaba en su sitio, pulcro, ordenado, como si la noche anterior jamás hubiera existido. El tic-tac de los cientos de relojes llenaba el espacio con su ritmo pacífico. Arthur estaba sentado en su lugar de siempre, vistiendo un chaleco gris impecable y una camisa blanca sin una sola arruga. Sobre la mesa, humeaban dos tazas de té de porcelana.

—Le estaba esperando, mi querido amigo —dijo Arthur, levantando la mirada con una sonrisa suave y hospitalaria—. Sabía que la tormenta no le impediría venir a tomar el té. Por favor, tome asiento.

Me senté en el banquillo de madera de espaldas a la puerta, mirándolo fijamente. Dejé mi libreta de cuero sobre el mostrador, justo al lado de su taza.

—Ayer encontré tu libro de Shakespeare, Arthur —dije, manteniendo la voz tan calmada y pausada como la suya. No había ira en mi tono, solo una inmensa y profunda melancolía.

Arthur no se inmutó. Tomó su taza con dedos firmes y elegantes, sopló el vapor con delicadeza y dio un sorbo antes de responder.

—Lo sé —contestó, mirándome con esos ojos claros que parecían ver el universo entero—. Dejé la puerta abierta porque sabía que su pluma necesitaba encontrar el último capítulo. Un buen escritor siempre busca la verdad detrás del mito, ¿no es así?

Parte II: El color del cronista

Arthur dejó la taza sobre el plato de porcelana con un leve chasquido metálico. Se recostó en su silla y se quitó la lupa de relojero, dejándola a un lado de sus pinzas. Por primera vez, me miró de una forma distinta. Sus pupilas se contrajeron y se expandieron, fijos sus ojos en mi pecho, como si estuviera leyendo las líneas de un libro invisible que yo llevaba grabado en el corazón.

—Durante años he caminado por esta ciudad, liberando a doscientas cincuenta y cinco almas antes de que la fealdad de Londres las volviera grises y vacías, como el alma de mi madre —explicó con total serenidad, como si hablara del mantenimiento diario de sus cronómetros—. Pero nunca me detuve a mirar a quien me observaba a mí. Al principio, pensé que usted era solo un hombre curioso. Pero con el tiempo, empecé a observar su alma, amigo mío.

Sintió un frío repentino recorrer mis venas cuando Arthur inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.

—Su alma solía tener un color dorado, brillante por la imaginación y la literatura. Pero en estos últimos meses, al sumergirse en la miseria de Whitechapel para escribir su novela, ese dorado ha empezado a teñirse. El horror de la gacetilla, el miedo de la gente, la podredumbre que describe en sus páginas… todo eso ha empezado a consumirle. Su alma está comenzando a volverse opaca, gris. Está sufriendo, mi querido escritor, por culpa de este mundo cruel.

Arthur estiró su mano derecha y, del bolsillo interior de su chaleco, extrajo una pequeña tarjeta de hilo fino, la misma que la policía encontraba entre los dedos de los muertos. La deslizó lentamente por el mostrador hasta que tocó el borde de mi libreta. Con su pulcra caligrafía, alcancé a leer los versos del Soneto 55 de Shakespeare:

«Ni el mármol, ni los monumentos dorados de los príncipes sobrevivirán a este poderoso poema…»

—Esta es para usted —susurró Arthur con una ternura infinita, casi fraternal—. No para hoy, ni para mañana. Pero llegará el día en que el invierno sea demasiado frío para su alma de artista, y cuando ese momento llegue, mi mano compasiva estará lista para detener su reloj y regalarle la paz eterna que este mundo le niega. Mientras tanto… guarde el secreto de las doscientas cincuenta y cinco almas. Escriba nuestra historia.

Parte III: La antología de la niebla

Tomé la tarjeta con los dedos temblorosos y la guardé junto a mi manuscrito. Miré a Arthur por última vez, comprendiendo que la policía jamás lograría atraparlo. No porque fuera un fantasma, sino porque nadie busca a un monstruo que te mira con ojos llenos de amor y piedad divina. Me levanté del banquillo, le dediqué una ligera inclinación de cabeza a modo de despedida y salí del taller sin decir una sola palabra.

Scotland Yard nunca resolvió el misterio de Jack el Destripador. Las gacetas eventualmente se olvidaron del tema cuando los crímenes cesaron de forma abrupta unos años después, cuando el taller de relojería de la esquina cerró sus puertas y su dueño desapareció en la niebla tan silenciosamente como había llegado.

Hoy, sentado en mi despacho lejos de los callejones de Whitechapel, contemplo las doscientas cincuenta y cinco tarjetas que el inspector me permitió transcribir antes de cerrar el caso. Frente a mí está mi novela terminada, la crónica definitiva del hombre que el mundo llamó monstruo, pero que yo conocí como el artesano de las almas rotas.

Miro la última tarjeta, la que me regaló a mí, y sonrío con melancolía mientras mojo la pluma en tinta una vez más. El tiempo sigue corriendo para mí, el tic-tac de la vida sigue desgastando mis engranajes en este mundo de ceniza… pero ya no tengo miedo. Sé que cuando mi alma esté a punto de volverse completamente gris, la niebla volverá a traer pasos ligeros, modales impecables, un poema de Shakespeare y una mano compasiva que, con infinita ternura, me arrullará hasta dormir.

FIN.

Escrito por: Daniel Useche.

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