La
primera consecuencia «oficial» que tuvo el levantamiento del Dos de
Mayo, un suceso que se difunde y corre como la pólvora por toda la
península dando lugar al inicio de la guerra contra Napoleón, fue
la escueta proclama que firman los dos regidores de la entonces
pequeña villa de Móstoles llamando a las armas: La
Patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia
francesa. ¡Españoles, acudid a salvarla!,
que suscriben los alcaldes Andrés Torrejón y Simón Hernández.
Pues bien, hoy son mayoría los historiadores que consideran este
escrito como el primer documento de la moderna nación española.
Así,
la dilatada y crudelísima contienda que a partir de entonces tuvo
lugar contra los franceses, acabó convirtiéndose en aquel cenagal
de la famosa «guerra de guerrillas», que terminó tragándose hasta
el orgullo del mismísimo emperador Napoleón Bonaparte. Y en efecto,
hace algo más de dos siglos, los regidores del Ayuntamiento de
Móstoles ─pueblo cercano a Madrid─ rubricaron el primer bando
dirigido por un concejo municipal, no a los componentes de la
comunidad local, sino a todos los españoles, urgiendo a la defensa
del país invadido por La Grande
Armée. (el ejército Imperial de
Napoleón desde 1804 a 1814). Sin duda, su llamamiento fue una
declaración de guerra en toda regla al todopoderoso Emperador de
Francia, por entonces dueño de media Europa, así como el rechazo al
entreguismo de los monarcas Borbones, que habían favorecido la
instalación en nuestro suelo del ejército de una potencia
extranjera.
Todo
se vio claro con la posterior cesión de la Corona española a
Napoleón en los infaustos acuerdos de Bayona (Francia), que
conllevaban la pérdida de la soberanía del Reino, y el servilismo
de una clase política nacional que sólo buscaba el mejor de los
acomodos a la sombra del omnipotente emperador. De ahí los muchos
escritos de aquel momento histórico, junto con las narraciones
suscritas por los múltiples testigos de aquella desbordante
insurrección popular. Entre todos ellos, sobresalen los documentos
de una Monarquía sin aliento, que busca su continuidad en la persona
del intruso José Bonaparte, el hermano mayor de Napoleón que ocupó
el trono desde 1808 hasta la firma del tratado de Valençay en 1813,
y que nos dejó en herencia ─además del expolio artístico del
Reino─ la fundación de la Gran
Logia Nacional de España, que tanta
responsabilidad tuvo en la posterior emancipación de Hispanoamérica.
Se
trata del nuevo rey impuesto por los franceses al pueblo español
que, no obstante, tras el sangriento Dos de Mayo ha comenzado a
sentirse soberano y no acepta que la corona de España termine como
una pieza de almoneda en manos de Napoleón. Por eso los
historiadores actuales se refieren al bando de los alcaldes de
Móstoles como el primer aliento de una Nación que nace con dolor
─como casi todas─, pero que siente como propia la insurreccional
llamada a las armas de los regidores mostoleños, representantes de
un pequeño poder civil y cuyo revolucionario bando se transmite por
doquier.
Poco
antes del levantamiento del Dos de Mayo, el famoso Motín de Aranjuez
(17 al 19 de marzo de 1808) había derribado al favorito de Carlos
IV: don Manuel Godoy del poder. Un día antes de aquellos funestos
sucesos, el príncipe Fernando, corroído por la envidia, el
desprecio de sus padres y su ambición de poder, ya preparaba la
conspiración contra su padre, dando a conocer una Real
Orden en la que se lee: «Amados
vasallos míos: Vuestra noble agitación en estas circunstancias es
un nuevo testimonio que me asegura de los sentimientos de vuestro
corazón; y Yo, que cual Padre tierno os amo, me apresuro á
consolaros en la actual angustia que os oprime. Respirad tranquilos:
sabed que el Exército de mi caro Aliado el Emperador de los
Franceses atraviesa mi Reyno con ideas de paz y amistad. Su objeto es
trasladarse á los puntos que amenaza el riesgo de algún desembarco
del enemigo; y que la reunión de los cuerpos de mi guardia, ni tiene
el objeto de defender mi Persona, ni acompañarme en un viage que la
milicia os ha hecho suponer preciso…»
Pero
al final, corroborando tanto la estulticia como la candidez del
futuro Fernando VII, el viaje se hizo realidad y el príncipe acabó
en Bayona, protagonizando allí junto con Carlos IV, un espectáculo
tan bochornoso como lamentable. El soberbio y rastrero Fernando tuvo
que abdicar en favor de «su amigo» el emperador, claudicando
cobardemente ante un «aliado» que le menospreciaba. Luego vendría
la proclama a la Nación de su sustituto el rey José Bonaparte,
quien el 12 de junio de 1808 se dirige a sus nuevos súbditos con las
siguientes palabras: «Entrando en el
territorio de la Nación que la Providencia me ha confiado para
gobernar, debo de manifestarla mis sentimientos… Subiendo al trono
español, cuento con almas generosas que me ayuden á que ésta
Nación recobre su antiguo esplendor… Españoles, reuníos todos y
ceñíos a mi trono…»
Por
fortuna, tal y como nos enseña la Historia, a ninguna de estas dos
proclamas las consideramos hoy relevantes para explicar el
surgimiento de la moderna nación española, sino como ejemplo de las
bobaliconas declaraciones de dos necios aspirantes al trono de España
─el rey intruso y el mal llamado Deseado─,
que siguen considerando a los españoles como súbditos y
beneficiarios de su «magnánima bondad». Pero el bando de los
alcaldes de Móstoles no estaba dirigido a vasallos de nadie, sino a
los ciudadanos españoles de cualquier clase y condición que, por un
cúmulo de desgracias encadenadas, no tenían otro camino para
defender sus tierras y bienes, su honor y dignidad, que empuñar las
armas para librarse de todas las caducas servidumbres del Antiguo
Régimen.
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