No me gusta el café; lo encuentro amargo y me pone muy nerviosa. Tampoco encuentro agradable el regusto terroso que deja en mi boca. Sin embargo, su aroma me resulta atrayente. Me invita a deleitarme con él aunque deteste su sabor.

La mañana del sábado pasado mi marido y yo fuimos a almorzar a La Bruixeta, una cafetería del pueblo de al lado que suele estar bastante llena por lo que decidimos acudir temprano.

Solo quedaban tres mesas libres en la terraza cuando llegamos, dos de ellas únicamente separadas por un estrecho pilar. Sin necesidad de comentarlo, ocupamos la mesa solitaria.

La camarera enseguida nos tomó nota: dos bocadillos de tortilla francesa con queso, un cortado para mi marido y un té negro con canela para mí.

El aroma a café flotaba en el ambiente, la temperatura era agradable y, aunque la cafetería estaba prácticamente llena, el sonido de las voces no nos impedía mantener nuestra propia conversación.

Una señora con gafas de pasta y el cabello recogido en un tirante moño, acompañada por su hija adolescente —presuponía que era su hija por el parecido físico entre ambas— tomaron asiento en una de las mesas separadas por el pequeño pilón. A los pocos minutos, un trío de risueñas sexagenarias decidió ocupar la última mesa libre —la otra adyacente al pilón—. Antes de hacerlo, preguntaron a la rígida señora del moño si le importaba que ocuparan los asientos. Esta mostró una indulgente sonrisa y negó con la cabeza. Sin embargo, el pequeño gesto de contrariedad que apareció en su rostro apenas esta hubo desviado la mirada no pasó desapercibido para mí.

Como si un invisible resorte conectara ambas sillas, cuando la última de las sexagenarias se hubo sentado, la mujer del moño se levantó, apremió a su hija a imitar el gesto y ambas abandonaron la cafetería sin mediar palabra.

Las sexagenarias se miraron desconcertadas al principio aunque, inmediatamente después, continuaron enfrascadas en su conversación hasta que llegó la camarera para tomarles nota: tres cafés con leche.

La cháchara del trío se vio nuevamente interrumpida por una pareja joven que solicitó permiso para ocupar la mesa adyacente y que nada más sentarse entrelazó sus manos. Acto seguido, los ocupantes de una mesa recoleta la dejaron libre. El chico se lo comentó a su acompañante y, antes de levantarse, le preguntó a las sexagenarias si les importaba que ellos se trasladasen. Las señoras concedieron su beneplácito y la pareja ocupó la mesa apartada, en la que el chico amontonó los platos y tazas sucias para acoger de nuevo entre sus manos las de su amada. La camarera se acercó al instante: un café solo con doble de azúcar para él y un café con leche de soja para ella, también con doble de azúcar.

La situación dibujó en mi rostro una sonrisa al tiempo que un par de ancianos —ella con una marcada raya negra sobre sus pestañas superiores y un jersey que rezaba “no me da la vida” bajo una chaqueta de cuero y él con una chupa motera y el pelo canoso recogido en una coleta más larga que la de ella— tomaron asiento en la mesa adyacente al trío de sexagenarias. En cuanto pasó la camarera por su lado formularon su pedido: “dos cafés de sobre, uno de ellos con leche”.

A los pocos minutos, las tres sexagenarias abandonaron su mesa para pedir la cuenta dentro. La camarera se acercó con el pedido de los ancianos moteros y recogió la mesa que estas acababan de liberar, que no tardó en ser invadida por una pareja de hippies acompañada de un border collie. A unos y otros la cercanía de las mesas les invitó a entablar conversación. Conversación que no pude escuchar porque nos levantamos a pagar la cuenta.

¿Qué café pediría esa extraña pareja? ¿bombón? ¿carajillo? ¿cremaet?

Me quedé con las ganas.

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