Algunos cobardes

Algunos cobardes

Ema UB

31/05/2026

– Algo aquí falló, lo sé y quiero arreglarlo…

Dame un segundo, no me gusta escuchar las excusas si no es con un buen vino en la mano. Me gustaría decir que las amarguras se pasan mejor con absenta, pero la verdad es que a estas alturas de mi vida, después de todos estos traspiés, no hay cosa que no me sorprenda con el peso de un dolor en el corazón. Es decir, todo me causa tedio; sin embargo, siempre hay respeto de por medio. Dame un segundo, debo servirme una copa.

Se levantó lentamente del sofá, caminó hasta la cocina, se acomodó el cabello, tomó la botella y la rompió escandalosamente por el cuello para servirse de la estructura rota.

—No te asustes, a veces no me gusta abrir una botella de vino de la forma convencional. Hay algunos eventos que deben celebrarse de forma escandalosa, como creo que es este caso. Espero que lo que haya fallado no pueda ser arreglado, porque verás, no soy muy fan de las cicatrices que dejan las roturas.

Bebió de la copa, me miró fijamente, como solo mira el demonio cuando ha sido molestado. Sus labios rosas se tiñeron de un leve escarlata y su mirada se posó directamente en los míos, esperando quizá escuchar alguna verdad o confesión que estuviera acorde a sus oscuros pensamientos. Ella es el demonio de la verdad, el demonio de la pasión, y esa mezcla satanizó mi corazón por un tiempo; sin embargo, ella también es el ángel de la comprensión, el ángel del cuidado, y esa combinación santificó mi alma y me llevó a la traición. La traicioné, le mentí, y en aquellos días de distancia sacié mi sed pasional en otro cuerpo que no fue el suyo. Esas mentiras me han devorado por dentro y, cada vez que intento hacerla mía, me veo castigado por su mirada de desconfianza. Pero ella parece leer mi alma, conoce lo que yo no me atrevo a confesarle y parece estar lista para dejarme para siempre. No podría vivir sin ella; si eso ocurriera, me mataría al instante. Ella es demonio, ángel y, en ocasiones, hasta la veo como una hechicera: me hace y deshace a su voluntad sin siquiera estar cerca de mí. Le tengo miedo, pero tengo terror a la idea de perderla.

—¡Dios santo! Me posee la vejez en este sofá y no he escuchado nada hasta ahora —interrumpió ella—. No conozco la falla, el arreglo, ni nada de lo que me comentas. El vino no es de mi agrado y este silencio despierta en mí las ganas de retirarme. Tienes tres segundos para empezar a hablar.

Intenté articular una frase. Ella me sostuvo la mirada y solo pude balbucear:

—Perdón, no fue mi intención.

—Nunca es la intención de nadie. El ser humano no vive de intenciones, vive de acciones. Yo vivo de acciones. Las intenciones no me complacen, no son de mi agrado y el perdón no está en mí; en mí solo hay acciones. Quizá entiendo lo que ocurrió y, por ende, me voy.

No dijo nada más. Dejó la copa en la mesa, se colocó los zapatos, se acomodó la chaqueta, me miró, suspiró, abrió la puerta y se fue. Desde ese día no la he vuelto a ver. Nunca respondió mis mensajes, nunca tomó mis llamadas y jamás me atreví a buscarla. 

— Es un maldito cobarde; desde ese día no lo volví a ver más. Ni siquiera me lo he cruzado en la calle. Pareciera que existe algún Dios que la protege de mí y yo soy el diablo. 

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