De primavera circunspecta, dos – o tres – magnolias en el pelo y un aire de como quien viene de lejos, bajabas descalza el empedrado.
Los pies y los tules levitaban – pétalo a pétalo – ibas regando las piedras que no pisabas mientras un aroma a lavanda blanqueaba los balcones y reverdecía los maceteros olvidados.
Apareciste de la nada, vos, tus plumas y tus cuentas, de cisne el cuello, el arrebol y el velo.
El cura y los soldados, las damas de la feria y una calle de abril embanderada contuvieron el asombro – y la sonrisa – Si hubiera habido un grillo, un estornudo, pero nada, un silencio de cielo o de bestia al acecho hubo cuando vos pasabas.
Nadie se santiguó, ninguno te cruzó el paso.
El Señor Gobernador salió al balcón. Oficial, aguardó la reverencia. Vos seguiste hasta desaparecer casi llegando al río, donde empezaba la barranca. Y la tristeza.
De frente, de perfil y atrás las alas, pasabas sin pisar, descalza.
Y atrás las alas.
El piberío te acompañó hasta la barranca. Chillando te siguieron, como un recién nacido regresaron.
La más vieja del mercado sentenció: volverá como en mil años. La vieja es ciega – dijo uno – Soy ciega pero huelo, no va a volver por mil años.
Nadie se santiguó, ninguno te cruzó el paso. Vos pasabas sin pisar. Como si no pasaras.
(Colonia del Sacramento – actual Uruguay – abril de 1826)
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