Bajo la merced de la luna
se encontraba la espiral nocturna,
aquella que resplandecía con colores
idénticos a la fugaz esperanza que ungía
un amor puro y mutuo bajo las llaves de la vida.
A la merced de esta, se postró un noble hombre
con el corazón roto en mil fragmentos tan inauditos
como la búsqueda de una tanzanita en un pajar de minerales
bellos y milenarios.
Aquel hombre, que desconocía su rumbo en esta vida,
llegó en la búsqueda de su alma mutua perdida,
con la cual pensaba pasar el resto de sus días,
viviendo juntos una feliz fantasía.
Pero algo no sabía:
que para encontrar al amor de su vida tendría que recorrer
cielo, infierno y su propia existencia,
guiado por una rosa,
rosa negra y marchita,
que indicaría que encontró a su alma
al cambiar hasta sus pétalos de forma exquisita.
El hombre no se rindió y a la búsqueda se encaminó.
Recorrió océanos, montañas
y hasta al kraken se enfrentó,
solo por encontrar a su estrella fugaz,
que encajaría tan bien en su historia vital,
a tal punto de convertirla en una vida sensacional.
Setecientos treinta días después, en una torre irrumpió
con la excusa de encontrar su amor.
Aquella flor cayó y una luz apareció,
tan resplandeciente como el nacimiento de un ser celeste.
Su alma perdida por fin apareció:
una joven con una sensación
tan hermosa como la galaxia en una prosa.
Aquel hombre, el corazón se le reconstruyó,
formando lazos dorados desamarrados,
esperando unirse a aquellos que tanto
se habían buscado.
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