Antoñita y sus fantasías

Antoñita y sus fantasías

Patricia Roig

26/05/2026

Resulta que esta mañana me he levantado con una idea genial de las mías. Estaba yo mirando por la ventana de mi cuarto cuando he visto pasar una nube blanca y gorda que tenía la forma exacta de un tranvía con alas. —¡Antoñita! —me he dicho a mí misma—. Hoy es el día perfecto para hacer un viaje interplanetario al revés. 

Así que ni corta ni perezosa, me he puesto mi sombrero de paja con las margaritas grandes y me he bajado al pasillo. Mi plan era sencillísimo y de lo más científico: si una camina hacia atrás con los ojos un poco entornados, el pasillo de casa deja de ser el pasillo de casa y se convierte en una selva misteriosa del África tropical, llena de tigres de Bengala que, en realidad, tienen cara de buenos chicos y toman el té con pastas.

Iba yo por la mitad de mi expedición, sorteando un peligroso pantano lleno de cocodrilos invisibles, que mi tía Carolina insiste en llamar «la alfombra del comedor», cuando de repente he chocado contra algo blandito y enorme. Era el sueño que había tenido la semana pasada. 

Un sueño lleno de pasteles y personas muy gordas que se parecían a las tías y que me ofrecían sus caras para que las besara. El sueño me ha empezado a hablar y yo le he seguido la corriente . Le he hablado de la selva, de los cocodrilos, de los tigres de Bengala y de mi sombrero. 

Mi madre me ha pillado hablando en alto y por el rabillo del ojo y del oído, he escuchado que le decía a papá: “De mañana no pasa que la llevemos a la consulta.” 

Mi padre me ha defendido a capa y espada, como buen mosquetero que es, y le ha contestado: ¡Bobadas!, eso solo son imaginaciones tuyas…

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