Una tarde lluviosa, el Borges que tanto había amado supo, como si fuera una revelación divina, que el universo no estaba hecho de laberintos de piedra, sino de largos corredores donde moraban los ecos de las mujeres que cruzaron su vida.
Oyó la voz severa de su madre, quien le había prestado los ojos para descifrar el mundo.
Luego, el eco le trajo el dolor de Estela, la amada inaccesible que le otorgó el infinito en un sótano de la calle Garay, dejándolo ciego de amor y de nostalgia.
Las voces insistían, y Borges recordó su matrimonio con Elsa: un desierto de tardes grises y silencios compartidos por obligación, un simulacro de orden impuesto por la vejez.
Después llegó el susurro de María, la guardiana, el bastón que guio sus últimos pasos en la ceguera.
Cuatro mujeres no eran muchas, pero nunca pudo soportar el dolor que le infligía amar en su cuerpo.
OPINIONES Y COMENTARIOS