El sol de la tarde resaltaba la casona de los Rocha y Escandón como una reliquia anquilosada en la Ciudad. La luz se filtraba por los ventanales de pino con molduras neoclásicas y revelaba un aire saturado de partículas de polvo cual microorganismos en plena levitación. Afuera el rumor del tráfico de la avenida evocaba un oleaje sordo, un rugido de motores y claxonazos que colapsaban contra los muros de cantera gris, cuya porosidad digería los pecados de tres siglos de opulencia.
Pierre Aldaba Rocha y Escandón apagó el motor de su Mustang Mach 1. El silencio que siguió fue abrupto, sólo roto por el crujido del metal enfriándose. Pierre descendió del vehículo con la languidez de un Chopin obsesionado por los gimnasios de Polanco. Tenía treinta y tres años, un cuerpo alto curvado hacia delante por mera inercia, y un rostro de facciones afiladas rubricado por una sonrisa perpetua a punto de romperse en una risa espontánea a la primera provocación. Sus ojos azules miraban con el aplomo de quien nunca ha parpadeado ante una factura vencida.
—Es el anacronismo puro, Chantall —dijo Pierre a su novia con su voz educada en colegios donde el silencio debiera ser una asignatura.
Llevaba unos mocasines de ante color tabaco sin calcetines, de modo que evidenciaba sus tobillos delgados. Sus pantalones de lino crudo habían sobrevivido a una plancha implacable y la camisa de seda azul pálido untada a su torso revelaba una ausencia de grasa corporal. Caminaba con ademanes amplios, casi coreografiados por una autoconfianza insana.
Chantall bajó del lado del copiloto. Su belleza nórdica era indigna del vulgar polvo citadino: el cabello rubio cenizo era una cascada de oro viejo sobre los hombros, y sus ojos azules evocaban el hielo ártico. Llevaba una bata de enfermera de lino tosco, una pieza de diseño que apenas ocultaba la rotundidad de sus formas. Al estirarse, la tela ceñida a sus muslos firmes delineaba la curva ascendente de sus nalgas, un volumen que contrastaba con la fragilidad de su rostro asperjado de pecas. Calzaba unas sandalias de plataforma de madera que perturbaban el piso con un eco seco.
—¡No manches, Pierre! Huele a encierro y a orina, como la de mi gato Euclides —sentenció ella, ajustándose un collar de cuentas de ámbar que señalaba el nacimiento de sus senos.
Entraron. El interior era un inventario de la decadencia: consolas Luis XV con las patas carcomidas por el tiempo, óleos de antepasados con miradas de azabache y una alfombra persa con un dibujo original inmolado ante décadas de pisadas y olvido. Pierre se sirvió un Chivas con el Sprite contenido en una botella de vidrio texturizado que sacó de una hielera portátil. El líquido burbujeó para liberar un aroma que a Pierre le supo a gloria y que se mezcló con el olor antiguo de la estancia.
La casona no estaba vacía, pues Pierre había sucumbido a un arrebato de mecenazgo caprichoso; así que le dio por llenar las habitaciones superiores con una fauna de artistas conceptuales que él consideraba »de vanguardia Old Age». Y lo mejor se evidenciaba en el segundo piso: pues no olía a rancio, sino a solventes, marihuana de baja estofa y café quemado.
Ahí vivía »El Cuervo», un tipo de torso velludo y rostro caballuno con su overol de mecánico recalcitrante manchado de grasa. Su arte consistía en apilar latas de conserva oxidadas mientras escuchaba a Schoenberg a todo volumen. Junto a él parecían enraizadas las gemelas Mendiola, de miradas vacías y dedos amarillentos por el tabaco: tejían estructuras de pelo conseguido a precios exorbitantes en las peluquerías, y las colgaban de los techos colonizados por el moho.
—Es la dialéctica del espacio, Pierre —le decía El Cuervo, con una voz aguardentosa, mientras rascaba una cicatriz afincada en el antebrazo izquierdo, recuerdo de la instalación de vidrios rotos fallida »Neovítrico».— Aquí el vacío nos habla, cabrón.
Pierre asentía con una seriedad engolada, aunque por dentro sólo pensaba en degustar la siguiente dosis de Chivas, que ya era un rito sin el cual su vida no tenía ningún sentido, como alguna vez había dicho entre moqueadas y sollozos ante su abuela Anastasia de rostro contrito.
Los artistas lo veían como un cajero automático con linaje; y para él ellos eran accesorios decorativos que validaban su excentricidad.
Mientras tanto, Chantall ya se disponía a justificar su estancia frente a un caballete en la planta baja donde pretendía darle realidad a su cuadro en ciernes: »Naturaleza Desencajada». Se despojó de la bata, quedando en una desnudez funcional que buscaba la »honestidad del trazo». Sus pezones se endurecieron ante el aire frío que entraba por una ventana de rejas Art Nouveau ahora oxidadas.
Fue entonces cuando ocurrió. Chantall apenas levantaba el pincel cargado de un Azul de Prusia espeso con una pose de diva de Dalí, cuando vio con sorpresa hacia una pared con un mural cutre atribuido por ella a un diletante financiado por Pierre. La »obra de vanguardia» sudó de pronto una viscosidad amarillo cromo que brotaba de las junturas de la piedra. No era una filtración común, pues la pintura emergía con una pulsión casi orgánica…
Y luego el horror: tres surcos horizontales aparecieron en la mancha, como si una mano invisible arrastrara unos dedos artríticos de uñas mordidas sobre la materia tierna.
Chantall percibió el escalofrío que reptó sobre su espalda como el andar de un geco eléctrico hasta arrancarle un grito que no fue poético. Se trató de un alarido digno de un filme de Wes Craven. El grito ocasionó que las gemelas Mendiola soltaran sus tejidos de pelo mirándose con pasmo pueril y Pierre derramara sobre la alfombra infestada de ácaros el trago como néctar que apenas tocaban sus labios resecos.
Dioclesiano llegó un domingo de cuaresma bajo un calorón digno de mejores causas. Tenía setenta y seis años ganados a pulso y un cuerpo compacto como de mujik siberiano. Su rostro era una oda al cinismo: la nariz bulbosa atravesada por capilares rotos y unos ojos pequeños y solapados por párpados que le daban un aire de quelonio. Vestía una camiseta con el estampado de Carlos Santana en pleno éxtasis peyotero, unos pantalones de vestir zancones que apuntaban hacia unos calcetines de rayas verdes, y unos zapatos cuarteados como corteza del árbol del Tule.
—¡Puta madre, pinche casa vieja! —masculló al entrar. Su voz era como un roce de piedras o una lija que rascara el aire.
Pierre lo recibió en el patio, donde unos escarabajos de caparazón antiguo y algunas hormigas norteadas le entraban sin decoro a una manzana revenida. Pierre miró a Dioclesiano con el desprecio de quien atestigua una mancha grasienta en la seda; pero se contuvo, pues necesitaba sus servicios conseguidos en el Internet mediante unos amigos. El viejo hedía a cebolla, a tabaco de liar y a una humedad intrínseca, como si él mismo fuera el apéndice que completaría la casa.
—Don Dioclesiano, dicen que usted es bueno para eso de las Limpias —dijo Pierre, manteniendo una distancia de dos metros.
—Limpio bultos, joven. Los que se quedan porque no tienen dónde ir o porque son rejegos —respondió el viejo, rascándose la nuca con una mano de uñas maltratadas acorazada por los callos.
Dioclesiano subió las escaleras con indolencia. Vio a los artistas conceptuales con una indiferencia casi aristocrática. Se detuvo frente al Cuervo, que intentaba explicarle la »tensión del objeto», y le sonrió con un gesto condescendiente.
Luego llegó al cuarto de Chantall. La joven se acurrucaba en un sillón orejero, envuelta en una manta de lana y apaciguada después de horas de »su experiencia contra natura». Dioclesiano la observó un segundo de más, notando la piel pálida de sus hombros y la forma en que sus pies descalzos se encogían sobre la seda del sillón.
—Usted se me sale, señorita, pues la cosa se puede poner color de hormiga —ordenó el viejo.
Luego tanteó la habitación, descubrió al fantasma en una esquina calándolo con sus ojos intrigados y supo que no era de los violentos, así que accedió hacer la Limpia.
Esa noche Dioclesiano se quedó solo en la habitación. Encendió uno de sus cigarros Faros y dejó que el humo se mezclara con el vaho denso que exhalaba la pared. El fantasma que luego se identificó como Cutberto no tardó en manifestarse. Emergió de la piedra como una acumulación de pigmentos tóxicos: verde de Hooker, rojo cadmio y ese amarillo cromo que ahora cubría el piso. Emergió y al hacerlo pasó de su percepción fantasmal de un tiempo lento como de goma a la de un tiempo distinto, el de los vivos.
Cutberto era un espectro de rostro anguloso y ojos desorbitados por una locura post-mortem. Llevaba una chaqueta de terciopelo raída y sus manos largas y nudosas goteaban una sustancia negra hedionda a linaza podrida.
—¡Estás borrando mi obra, hijo de la chingada! —rugió el espectro. Su voz llegó a Dioclesiano como un sonido agrio—. ¡Cincuenta años intentando lograr la puta transparencia del alma y vienes con tu thinner y tus pinches jergas, cabrón!
—Mira, carnalito —dijo Dioclesiano, exhalando el humo hacia la cara del ente—. Tu arte es una porquería. Es una copia barata de lo que hacía Índiro el Severo, pero sin la técnica, y eso que el buey andaba medio apendejado por las drogas. Además tú nomás estás chingando aquí sin que te dé nada de pinche pena; ya hasta asustaste a la güerita valiéndote madres, y con lo buena que está. ¡No mames!
La discusión duró más de una hora. Dioclesiano se valía de un sarcasmo que cortaba el aire: desmontó cada pretensión artística del fantasma mientras preparaba sus solventes. La paradoja era evidente: se trataba del hijo de un viejo criador de puercos dándole lecciones de estética a un espectro suicida. El silencio entre los gritos del fantasma era llenado por el raspar de la espátula de Dioclesiano sobre la piedra.
—Hagamos un trato —propuso Dioclesiano para finalizar.—Allá abajo hay un sótano, hay algunas ratas, pero tú no te fijes en pendejadas; te aseguro que tienen más sentido artístico que esos cabrones que Pierre tiene arriba. Te bajas ahí. Yo te voy a surtir de óleos, de los buenos, de los que usan los maestros, no chingaderas. Te dejaré pinceles de pelo de camello y espátulas de acero. A cambio dejas de mojarle la pared a la muchacha.
—¿Entonces las ratas no son de alcantarilla?
—No, carnal, hasta están gordas y no corren a lo pendejo cuando las ves, nomás se te quedan mirando con sus ojos bizcos.
—¿Y el güero? —preguntó el fantasma mientras su figura vibraba como un televisor sin señal.
—Ese ni se va a enterar. Está más preocupado por conseguir sus Sprite originales para sus whiskys.
El sótano se manifestaría más tarde como una cavidad de oscuridad absoluta, donde el goteo de las tuberías rotas producía una cadencia concreta que a Cutberto empezó a gustarle. Dioclesiano cumplió a medias: le llevó cajas de pinturas viejas que robó de las habitaciones de los artistas de arriba y unos pinceles trasquilados.
Pierre regresó el lunes y encontró la habitación impecable. El aire estaba limpio y la pared de piedra seca lucía su gris original.
—¿En serio ya se fue a la chingada ese pinche fantasma? —preguntó Pierre, ajustándose sus lentes de sol de marca.
—Como si nunca hubiera estado, patrón —mintió Dioclesiano, contando con dedos indiferentes los billetes que recibió como pago—. Ese bulto ya está en el cielo de los pintores.
Mientras tanto, Cutberto había retornado a su tiempo de goma y pretendía canalizar su energía para corporizar su mano y hacer que sujetara uno de los pinceles. Su objetivo y único móvil era iniciar una obra maestra sobre el muro húmedo en la oscuridad del sótano. Ya ansiaba percibir el sonido de su pincel rasgando la piedra como en sus años de gloria en vida.
Dioclesiano cruzó la reja oxidada hacia la libertad de la calle. Se detuvo ante el escrutinio intenso de un gato tuerto a punto de erizar los pelos del lomo, pensó en el fantasma suicidado por una pena de amor y ahora redimido de una vez y para siempre por unos cuantos pinceles y tubos de óleo »que el buey va a tardar años en manipular… pero eso a mí me vale madres», pensó.
OPINIONES Y COMENTARIOS