El ventilador del techo llevaba tanto tiempo dañado que ya nadie levantaba la vista para comprobar si seguía quieto. El calor se acumulaba debajo de las láminas de zinc como humo atrapado. Afuera, las campanas de la iglesia acababan de sonar anunciando la elevación y el pueblo entero parecía haberse vaciado hacia la misa de doce.

Dentro de la tienda de Beatriz sólo quedaban los hombres que nunca iban a misa y las personas demasiado prudentes para dejarlos solos.

José miró hacia las mesas y después hacia el viejo bafle apoyado sobre una nevera de gaseosas.

—¿Y si quitamos esa hijueputa música? —murmuró—. De pronto se maman y se van.

Beatriz ni siquiera volteó a verlo. Seguía secando vasos con un trapo amarillo percudido.

—¿Pa’ dónde se van a ir? —dijo—. Si se van de aquí se meten pa’onde Carmelo o terminan agarrándose allá afuera, al pie de la iglesia. Mejor que sea aquí y uno por lo menos los está mirando.

La canción de despecho sonaba distorsionada, como si el cantante estuviera ahogándose dentro del parlante.

José observó otra vez las mesas.

—Yo no sé pa’ qué putas se vino ese hombre hoy.

—¿Cuál de todos? —preguntó Beatriz.

José hizo apenas un gesto con la barbilla.

No hacía falta decir nombres. En pueblos así los problemas nunca necesitaban explicación completa. Bastaba una mirada, un silencio raro, una mesa demasiado cercana a otra.

Desde hacía cinco años el pueblo aprendió a callar acerca de Esmeralda como si todavía pudiera oírlos. Como si alguien nefasto pudiera oírlos. Callaban todo, incluso su embarazo. Nunca mencionaban cómo apareció tirada junto a la carretera, hinchada por el sol y con las piernas llenas de barro seco. Y nunca, jamás, hablaban de quiénes fueron.

Porque en esa región uno podía acusar a un hombre de ladrón, de borracho, hasta de sapo. Pero señalar a los que andaban monte arriba con fusil era otra cosa. Ahí ya empezaban a aparecer muertos en las cunetas.

Beatriz levantó la vista hacia la mesa del rincón.

Gildardo tenía la camisa abierta hasta el pecho y sudaba como si acabara de salir de un río. Llevaba bebiendo desde media mañana junto a Rogelio y Anastasio. Sobre la mesa había más botellas vacías que llenas. Anastasio dormitaba con la cabeza apoyada en el brazo. Rogelio fumaba lento, viendo a Medardo de reojo.

Medardo estaba solo. Vestido completamente de negro, como siempre, sombrero negro, camisa negra, botas negras cubiertas de polvo gris. Tenía una cerveza tibia entre las manos y los ojos clavados en la mesa, aunque daba la impresión de estar pendiente de todo.

Gildardo golpeó la botella contra la madera.

—¡Beatriz! ¡Traiga más cerveza, carajo!

La voz retumbó en el negocio vacío.

Beatriz agarró tres botellas de la nevera.

—Ya voy, no grite.

—¿Cómo no voy a gritar si este pueblo está más muerto que cementerio nuevo? —dijo Gildardo, soltando una carcajada ronca.

Rogelio sonrió apenas.

Gildardo levantó la botella hacia el aire, tambaleándose un poco.

—Pero vea… —continuó—. El pueblo no es tan malo: buena música, trabajo no falta, trago tampoco. Esta mierda sería perfecta con un par de muertos más.

No miró directamente a Medardo cuando lo dijo. No hacía falta.

José dejó de limpiar la mesa. La canción siguió sonando.

Afuera, desde la iglesia, llegó una voz lejana de rezos colectivos.

Y Medardo, por primera vez desde que había entrado, levantó lentamente la cabeza.

Gildardo, ya completamente borracho, empezó a acompañar la música golpeando la mesa con la palma abierta y cantando. Con una voz horrible de fumador viejo y aguardiente barato.

Díganme si no la han visto… —gritó, desafinado—. Siempre pasa por aquí…

Rogelio soltó una risa nerviosa. Anastasio seguía medio dormido, aunque de vez en cuando abría un ojo, como los perros que presienten pelea.

La caraja que me quiso… que me dejó de querer…

Medardo sintió cómo el calor le subía por el cuello.

Miró hacia la puerta. Afuera el sol caía blanco sobre la calle vacía. Desde la iglesia seguían llegando murmullos del sermón y el eco metálico de un micrófono viejo. Todavía faltaba para que terminara la misa.

Aquí le tengo unos plomos… —continuó Gildardo, levantando la botella—. Que no son pa’ comer…

Entonces se puso de pie. La silla rechinó contra el piso de cemento. José dejó de mover el trapo.

Beatriz salió detrás del mostrador apenas un paso.

Gildardo siguió cantando mirando directamente hacia la mesa de Medardo.

Se los guardo con cariño… y se los voy a meter…

El negocio quedó raro. Quieto. Hasta la canción parecía más fuerte.

Medardo sintió ganas de irse inmediatamente. Pero para pagar tenía que acercarse al mostrador y pasar junto a ellos. Pensó en llamar a Beatriz.

—¡Doña Bea…!

La música se tragó su voz. Gildardo seguía berreando la canción a todo pulmón.

Medardo se puso de pie despacio, sin dejar de mirar la mesa. No quería parecer asustado. En pueblos así el miedo también ofendía.

Rogelio y José alcanzaron a agarrar a Gildardo por los brazos antes de que avanzara más.

—Ya, hombre, ya —dijo Rogelio—. Siéntese, deje la payasada.

—¡Suélteme hijueputa! —gritó Gildardo, riéndose—. ¿Ahora uno ni cantar puede?

Anastasio también se levantó tambaleándose, más por reflejo que por valentía.

Medardo permaneció quieto.

La mano derecha le temblaba apenas junto al cinturón.

Entonces sonaron las campanas: la misa había terminado.

Y como si alguien hubiera destapado el pueblo, empezaron a aparecer voces, pasos y motores afuera.

Las primeras en entrar fueron las hijas de Beatriz, todavía vestidas para la iglesia. Pasaron entre las mesas sin mirar a los hombres borrachos. Tenían esa habilidad triste de las niñas criadas entre cantinas: aprender a ignorar lo peligroso.

Detrás llegaron varias mujeres sudadas con bolsas reutilizadas para hacer mercado.

—Bea, ¿sí le llegó arroz?
—¿Tiene huevos?
—¿A cómo está el aceite?

Luego entraron tres hombres más y ocuparon la única mesa vacía.

El ruido normal del pueblo volvió de golpe.

Eso pareció calmar un poco el ambiente.

Gildardo se dejó caer nuevamente en la silla, aunque siguió mirando hacia Medardo con una sonrisa torcida.

Fue entonces cuando apareció Fulgencio.

—¡Ave María, Medardo! —dijo entrando—. ¿Y usté qué hace tan escondido?

Era casi de la misma edad de él, aunque más ancho y con barriga de bebedor. Tenía la camisa pegada al cuerpo por el sudor y olía a gasolina y río.

Le estrechó la mano y se sentó sin pedir permiso.

—Ya me iba —murmuró Medardo.

—¿Irse pa’ dónde? Si apenas está calentando esto.

Fulgencio levantó dos dedos hacia Beatriz.

—¡Dos frías más!

Medardo miró otra vez hacia la mesa de Gildardo. Seguían observándolo.

—No, Fulge, mejor después —dijo—. Tengo cosas qué hacer.

—Todos tenemos cosas qué hacer —respondió Fulgencio—. Y más hoy.

Se inclinó sobre la mesa. Bajó la voz.

—La carga sale esta noche.

Medardo no respondió.

—Van a sacar todo por el brazo viejo del río —continuó Fulge—. Pero primero toca cuadrar la parte de los muchachos del monte. Ya sabe cómo son esos hijueputas. Si no ven la plata rápido, empiezan a joder.

Medardo apenas asentía. No estaba escuchando realmente. Sentía los ojos de Gildardo clavados desde la otra mesa.

La canción había terminado, pero Gildardo seguía tarareando el coro entre dientes mientras limpiaba el cuello de una botella vacía con el dedo.

—¿Sí me está oyendo o qué? —preguntó Fulgencio.

—Ajá.

—Son como cuarenta kilos. Bastante billete ahí metido.

Medardo miró hacia la puerta. Había más gente entrando. Más ruido. Más testigos.

Y aun así sentía que el aire dentro de la tienda se estaba poniendo cada vez más pequeño.

José salió por fin del depósito con las cervezas sudadas dentro de una cubeta plástica.

—Aquí tiene, don Fulge.

Puso las botellas sobre la mesa y Medardo aprovechó enseguida.

—De una vez me cobra también.

Fulgencio lo miró extrañado.

—¿Otra vez con eso? —destapó una cerveza golpeándola contra el borde de la mesa—. Quédese un rato más, hombre. Si apenas se está componiendo el ambiente.

Medardo iba a responder cuando un grito atravesó toda la tienda.

—¡Beatriz! ¡Mándeme una botella de guaro[i]!

Fulgencio volteó por reflejo.

Y entonces lo vio. La sonrisa se le apagó apenas un poco.

—Ah, carajo…

Gildardo seguía sentado, sudando, con los ojos colorados y el sombrero echado hacia atrás. Lo observaba desde la otra mesa como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.

Beatriz ni siquiera levantó la cabeza mientras pesaba unas cebollas para una clienta.

—No voy a vender aguardiente hoy.

—¿Y eso por qué putas? —gritó Gildardo.

—Porque no.

—¿Desde cuándo?

Beatriz improvisó sin pensarlo demasiado:

—Desde hoy. Los domingos sólo cerveza.

José la miró de reojo, sabiendo perfectamente por qué.

La tienda empezaba a llenarse: mujeres comprando mercado, niños pidiendo gaseosas, hombres entrando sudados de la misa o del río.

Y ella necesitaba vender.

Había madrugado para traer toda esa mercancía desde el puerto a una chalupa que venía del otro lado del río y no pensaba dejar que una pelea le espantara la clientela.

Beatriz secó las manos en el delantal y, buscando cualquier cosa que desviara el ambiente, dijo:

—Más bien les hago un viudo de capaz.

Varias personas voltearon a mirarla sorprendidas.

En la tienda de Beatriz nunca se vendía comida preparada. A veces fritaban algo en fiestas patronales o cuando llegaban las lanchas cargadas de pescadores, pero nada más.

José entendió enseguida lo que ella estaba haciendo.

Gildardo no respondió.

Seguía mirando únicamente a Medardo.

Fulgencio bajó la voz.

—Mejor nos abrimos —dijo él mismo, nervioso ahora—. Yo no sabía que estaba aquí su suegro.

Medardo siguió observando la otra mesa.

Ya no sentía el mismo miedo de hacía unos minutos. La tienda estaba llena. Y además ahora no estaba solo.

—No es mi suegro —murmuró. —Ahora quiero comer.

Fulgencio soltó aire por la nariz.

—Bueno… como sea. Ese viejo tiene cara de querer amanecer preso.

José pasó cerca de ellos cargando una caja de gaseosas.

—¿Entonces sí va a hacer comida, doña Bea? —preguntó Fulgencio levantando la voz.

—Pues me toca, porque ustedes hoy están como pa amarrarlos —contestó ella desde el mostrador.

Volvió a mirar hacia la mesa de Gildardo.

—Y ustedes dejen la joda. Les hago el viudo y se van pa’ sus casas tranquilos.

Entonces empezó a bajarle volumen al bafle. La música quedó sonando bajita, como desde otra habitación.

Gildardo golpeó la mesa otra vez.

—¡El guaro, Beatriz!

Ella ya iba entrando hacia la cocina de la casa, al fondo del negocio. Se devolvió apenas lo suficiente para responderle, cansada:

—¡Que no le voy a vender aguardiente, hombre! Le vendo cerveza o le hago el viudo.

Y desapareció detrás de la cortina floreada.

José quedó solo atendiendo la tienda.

Por unos segundos sólo se oyó el ruido normal del negocio: bolsas arrugándose, cucharas dentro de una nevera de icopor[ii], monedas cayendo sobre el mostrador.

Luego Gildardo volvió a hablar, confundido por el alcohol.

—¡Beatriz! ¿Y el guaro?

Rogelio le agarró el brazo.

—Ya le dijeron que no, hermano.

—Coma algo mejor —dijo Anastasio, con la voz espesa—. O siga tomando cerveza y vámonos después.

—Sí —agregó Rogelio—. Cada cual pa’ su casa y ya.

Pero nadie en la tienda creyó realmente que fuera tan fácil. Porque todos recordaban cómo empezó aquello.

Esmeralda todavía era casi una muchacha cuando se fue con Medardo.

Ni siquiera huyeron de noche. Se fueron una mañana cualquiera, en una lancha de carga que salió río abajo mientras Gildardo trabajaba en la finca.

Durante meses la gente habló de eso como se habla de un chisme sabroso y ajeno.

Que la hija del viejo se había ido con un hombre que no tenía tierra. Que era mujeriego. Que tarde o temprano iba a dejarla botada.

Después llegaron las deudas. Los hombres armados. Los cobros. El miedo.

Cuando Esmeralda apareció muerta al lado de la carretera, el pueblo entero entendió que la historia había dejado de ser un chisme.

Las niñas de Beatriz salieron detrás del mostrador para ayudarle a José con la gente que seguía entrando. La mayor empezó a pesar arroz en una balanza oxidada mientras la menor organizaba bolsas de panela y paquetes de sal.

Lo querían como si fuera el papá. Y José las quería igual.

El verdadero se había ido monte arriba cuando ellas todavía estaban pequeñas. Una madrugada desapareció del pueblo con otros hombres y meses después lo devolvieron, tirado frente a la tienda, vestido de camuflado y agujereado a tiros.

Nunca quedó claro quién lo mató: si el ejército o si los mismos guerrilleros.

O si simplemente se volvió un problema para alguien.

Beatriz lo lloró poco tiempo. En pueblos así hasta el duelo tiene que trabajar.

José había sido compañero suyo en el colegio. Empezó ayudándole con cajas, luego con las cuentas, después quedándose a dormir algunas noches. Cuando la gente vino a darse cuenta, ya vivía allí.

Mientras tanto, el ambiente parecía haberse aflojado apenas un poco.

Gildardo volvió a sentarse mejor en la silla y se secó la cara con el cuello de la camisa.

—¿Y entonces? —le preguntó a Anastasio—. ¿Consiguió los peones o no?

Anastasio negó con la cabeza.

—Nomás la mitad. La gente no quiere ir pa’ la finca con este verano tan bravo.

—Tocará traerlos del otro lado —dijo Rogelio.

—Eso mismo estaba diciendo yo —respondió Anastasio—. Ir mañana temprano pa’l pueblo vecino.

Rogelio asintió.

—Yo lo acompaño. Salimos temprano, antes de que no haya cupo en la lancha.

Gildardo gruñó algo entre dientes y volvió a tomar cerveza.

En la otra mesa, Medardo parecía más tranquilo, aunque seguía pendiente de cualquier movimiento.

—¿Y la carga entonces? —preguntó finalmente.

Fulgencio lo miró un segundo, fastidiado.

—¿Sí ve que no me estaba poniendo atención?

Se inclinó otra vez hacia adelante.

—Le dije que sale esta noche por el brazo viejo del río. Son cuarenta kilos. Primero hay que dejar cuadrada la plata de los del monte pa’ que no empiecen a joder.

Medardo asintió lentamente esta vez.

Entonces apareció Beatriz desde la cocina.

Empujó la cortina floreada con la cadera y salió cargando una bandeja grande de aluminio. El vapor del viudo le sudaba en la cara.

Traía cinco platos hondos rebosados de caldo espeso y amarillo, con trozos de capaz abiertos sobre yuca y plátano cocido.

Los hombres se quedaron callados apenas sintieron el olor.

Las mesas estaban afuera del local, sobre el andén de cemento, protegidas por un toldo viejo y desteñido que alguna vez había sido rojo y tenía estampadas unas letras de cerveza ya borradas por el sol.

Beatriz repartió los platos sin decir nada.

Uno frente a Gildardo. Otro para Rogelio. Otro para Anastasio. Y dos más en la mesa de Medardo y Fulgencio.

Entró nuevamente a la cocina y salió poco después con otra bandeja: arroz blanco, yuca frita y patacones aplastados todavía brillantes de aceite.

Fue dejando las porciones una por una.

Después regresó adentro. Los hombres empezaron a comer en silencio.

Sólo se escuchaban cucharas golpeando el fondo de los platos, el zumbido lejano de las moscas y el murmullo del mercado dentro de la tienda.

Hasta Gildardo parecía haberse olvidado por un momento de la rabia. Comía inclinado sobre el plato, sudando en silencio.

Fulgencio aprovechó eso. Sin levantar mucho la cabeza le habló a Medardo:

—Ábrase ahorita.

Medardo siguió comiendo.

—Yo pago la cuenta. —Nos vemos donde siempre cuando caiga la noche.

Medardo dudó apenas un segundo.

Después asintió.

Esperó a que José entrara a ayudarle a una clienta con unos bultos de concentrado. Esperó también a que Rogelio pidiera más ají y a que Gildardo se secara la boca con el brazo.

Entonces se levantó despacio. Ni siquiera terminó el plato.

Caminó bordeando la mesa, pasó junto a una señora que cargaba un niño dormido y salió hacia la calle blanca de sol sin mirar atrás.

Nadie lo detuvo. Nadie dijo nada.

Sólo cuando ya habían pasado varios minutos, Gildardo levantó la cabeza y vio la silla vacía. Después miró hacia la calle. Entendió.

Sus ojos se endurecieron apenas un instante.

Pero ya era tarde: Medardo se había perdido entre el brillo de la tarde y las motos estacionadas frente a la iglesia.

Gildardo volvió lentamente al plato.

Y el pueblo entero, sin decirlo, entendió que acababa de salvarse de la pelea… del muerto.

Al menos por ese domingo.

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[i] Aguardiente

[ii] Poliestireno expandido (también anime, unicel, telgopor, tecnopor o plumavit).

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