Es inevitable. Cada vez que paso por esa plaza, nuestra plaza, algo en mí se detiene. El ruido de alrededor se diluye, el tiempo parece aflojar su marcha, y me resulta imposible no cerrar los ojos e imaginarme de nuevo allí. Me veo tumbada sobre el césped descuidado, sintiendo su aspereza contra mi piel, mirando un cielo que parecía no tener fin, bajo ese sol de verano que abrazaba sin pedir permiso. Y ahí estoy otra vez, embobada, como una niña frente a un juguete recién descubierto: fascinada, aunque incapaz de explicar qué es exactamente lo que me cautiva o qué sentido tiene ese hechizo.
Es entonces cuando surge mi primer cuestionamiento: ¿qué tan posible es que una persona permanezca unida a un lugar de una forma casi espiritual, aun sabiendo que, objetivamente, no hay nada en él que lo haga mejor que tantos otros? ¿Es el espacio en sí, o es lo que dejamos de nosotros en él lo que lo vuelve irremplazable?
No encuentro una respuesta clara. Tal vez porque no la hay. Solo sé que hay momentos en los que deseo estar en ese sitio más que en ningún otro lugar del mundo. Momentos en los que todo parece desmoronarse, en los que la vida pesa más de lo que debería, y daría cualquier cosa por volver a esa plaza. Por recostarme una vez más sin urgencias, sin expectativas, sin ese murmullo constante de inseguridades que a veces no me deja en paz. Volver para soltar, aunque sea por un instante, todo aquello que me ata, y permitir que mi alma se diluya en el entorno, como si pudiera fundirse con el aire, con la luz, con el silencio… hasta convertirse en algo simple, algo entero, algo en calma.
Y es ahí cuando aparece mi segundo cuestionamiento: ¿hasta qué punto puede una persona quedar atrapada en un recuerdo? No importa si su final fue bueno o malo; lo que permanece es esa sensación suspendida, ese instante congelado que insiste en repetirse dentro de nosotros. ¿Es refugio o es prisión? ¿Nos sostiene o nos impide avanzar?
Quizás la respuesta también esté en ese mismo recuerdo. Tal vez no se trate de escapar de él, sino de aprender a habitarlo sin perdernos en el intento, de permitirle existir sin que nos defina por completo. Porque, al final, no es la plaza la que me retiene, sino la versión de mí misma que fui allí: liviana, despreocupada, completa. Y quizá lo que realmente busco no es regresar a ese lugar, sino reencontrarme con esa parte de mí que todavía, de alguna manera, sigue esperando bajo el sol.
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