En 1912, el astrónomo alemán Karl Schwarzschild anotó en un cuaderno una conjetura que no se atrevió a publicar: toda estrella visible corresponde a un hombre, y la suma de ambos conjuntos es rigurosamente la misma. La hipótesis, desde luego, parecía una superstición pitagórica; sin embargo, Schwarzschild añadió una observación más inquietante: los astrónomos no descubren astros, los recuerdan.
Leí esa nota muchos años después, en un legajo olvidado. La tomé por una extravagancia, hasta que advertí una singular concordancia. Las estrellas de mayor magnitud no coincidían con emperadores ni conquistadores, sino con seres anónimos cuya única hazaña consistía en haber sido necesarios para alguien.
Desde entonces observé el cielo con una atención distinta. Comprendí que las constelaciones eran formas provisionales del afecto y que la Vía Láctea no era otra cosa que la memoria, vista desde muy lejos.
Anoche busqué mi estrella. No la encontré.
Creí, por un instante, que había muerto.
Solo al amanecer entendí mi error: el cielo seguía allí, intacto, pero ya no necesitaba representarme.
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