No tengas miedo y pelea con tus recuerdos.

No tengas miedo y pelea con tus recuerdos.

No tengas miedo.

Los recuerdos son gatos callejeros: aparecen cuando cerrás la puerta, se te suben al pecho a las tres de la mañana y te respiran en la cara todo eso que juraste haber enterrado.

No los espantes.
Miralos a los ojos. Peleá con ellos, pero sin puños. La única manera de ganarle a un recuerdo es invitarlo a tomar café. Sentarlo en la mesa de tu cocina, oírlo hablar de vos como si fueras otro. Dejá que te cuente la versión que él guarda, la que te hace ruido.

Discutíle. Decile que no fue así, que dolió más, que dolió menos, que el final tenía otra música. Los recuerdos se ponen mansos cuando los contradecís. Se aburren de ser monstruos si los tratás como viejos amigos mitómanos.

Porque el miedo no es al recuerdo. El miedo es a descubrir que seguís vivo en él, que todavía te nombra cuando vos ya cambiaste de nombre.

Entonces, peleá. Pero peleá jugando. Hacele cosquillas a la memoria hasta que confiese que también tiene miedo de vos. Y cuando se ría, ya no será un fantasma. Será una historia. Tuya.

Y las historias, pibe, no muerden. Se escriben.

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