El ruido empecé a escucharlo una noche en la que no podía dormir.

Al principio pensé que siempre había estado ahí y que nunca lo había notado. Era un cric breve, seco, como uñas contra madera. Aparecía y desaparecía sin ritmo.

No era una sensación. Se oía.

A la noche siguiente volvió.

No venía de un punto claro. Podía estar en la pared, o en el piso, o en algún lugar intermedio. Me quedé quieto en la cama tratando de ubicarlo. Cuando creía tenerlo, desaparecía.

Cric. Esperé. Nada. Cric.

Encendí la luz. El departamento no había cambiado.

Lo comenté en la reunión de consorcio. No insistí. Lo dije como al pasar, por si alguien más lo había notado.

Nadie.

El encargado mencionó cañerías. Otro vecino dijo que a veces la madera trabaja con los cambios de temperatura.

Asentí.

Esa noche el ruido volvió, apenas más seguido.

Empecé a prestarle atención.

No era continuo. Tampoco del todo aleatorio. Había momentos en que parecía acercarse. Otros en los que se alejaba. Parecía probar lugares.

Cric.

Una vez lo sentí detrás de la cama. Otra, debajo del piso. Otra, tan cerca que abrí los ojos, convencido de que estaba en la almohada.

Intenté explicarlo. Ratas. Algún hueco en el edificio donde hubieran hecho nido. No arrastraba. No corría. Aparecía. Y eso era lo que más molestaba.

Empecé a dormir peor. Me quedaba despierto esperando el siguiente cric. Llegaba, y ya no sabía cuánto tiempo había pasado. A veces eran minutos. A veces horas. El cuerpo se iba tensando solo, anticipando.

Una madrugada me despertó. No fue más fuerte. Fue más cerca.

Abrí los ojos y me quedé inmóvil.

Cric.

No venía de un lado.

Cric.

Venía de varios.

Me incorporé. Apoyé la mano en la pared.

Silencio.

Apoyé la oreja. Cric. No estaba detrás. Me separé.

Cric.

No estaba afuera.

Me quedé en el medio de la habitación, sin tocar nada.

Cric.

Ahí tampoco.

Esa noche no volví a dormir.

Al día siguiente hablé con el encargado. Le pedí que cuando viniera el fumigador revisaran bien, que golpearan las paredes si hacía falta, que buscaran huecos.

Me dijo que se iba a fijar.

Las dos noches siguientes fueron peores.

El ruido ya no aparecía en un solo ambiente. Podía estar en el dormitorio y, casi al mismo tiempo, en la cocina. No como eco. Como si cada lugar tuviera el suyo.

Cric. Cric. Cric.

Dormí en el sillón. Terminé en el pasillo. Algunos vecinos me vieron. Uno se detuvo. Me preguntó si estaba bien. Le dije que sí.

Fui a trabajar sin dormir. Me costaba concentrarme. El ruido, de día, no aparecía, pero quedaba una especie de espera, como si fuera a repetirse.

Le conté a mi jefe. No todo. Lo del ruido, sí. Me sugirió que viera a alguien, por el sueño.

Esa noche no quise entrar al departamento.

Me quedé un rato en la puerta, escuchando.

Nada. Abrí.

Cric.

Cerré sin prender la luz.

Dormí otra vez en el pasillo.

A la mañana siguiente me llamó el encargado. Dijo que habían revisado. No encontraron nada. Ni rastros.

—A veces pasa —dijo—. Ruidos del edificio.

No respondí.

Esa misma tarde golpearon la puerta. Eran dos hombres y un policía. Dijeron que venían por una inspección a raíz de un reclamo. No aclararon de quién.

Los hice pasar.

Recorrieron el departamento. Miraron las paredes, el techo, el piso. No abrieron nada. No golpearon. Tomaron notas.

—¿El problema es el ruido? —preguntó uno.

Asentí.

—¿Cuándo ocurre?

—A la noche.

—¿Ahora no?

Negué.

El hombre anotó algo más.

—Puede ser estrés acústico —dijo, sin mirarme—. Pasa en edificios antiguos.

El otro me pidió un documento. Lo revisó. Me devolvió la mirada apenas un segundo.

—Por precaución —agregó— vamos a ofrecerle un traslado temporal. Hasta descartar cualquier inconveniente.

—¿Traslado?

—Un lugar alternativo. Para que pueda descansar.

El policía no habló en ningún momento.

Me mostraron un formulario. Leí algunas líneas. No entendí todo. No había nada que pareciera extraño.

—Es voluntario —dijo el primero.

Miré el departamento.

No escuché nada desde que llegaron.

Firmé.

El nuevo lugar está a unas cuadras. Es un edificio bajo, silencioso. Me dieron una habitación. Limpia. Blanca.

Las primeras noches dormí bien.

Sin interrupciones. Sin espera.

A veces, en el comedor, me cruzo con otros. No hablamos mucho. Uno me preguntó cuánto tiempo llevaba. Dije que poco.

Asintió.

—Al principio es tranquilo —dijo.

No le pregunté a qué se refería.

Esa noche me acosté temprano. Apagué la luz. El silencio era completo. Me quedé un rato despierto, sin motivo. Giré en la cama. Apoyé el hombro contra el colchón.

Entonces lo escuché.

Cric.

No abrí los ojos.

Cric. Esperé. Cric.

No venía de la pared. Ni del piso. Ni del techo.

Cric.

Venía desde donde el cuerpo apoyaba.

Me quedé inmóvil.

Cric.

Me apoyé haciendo un poco más de peso.

Cric.

Esta vez no fue un sonido.

Fue una leve oposición.

Algo me devolvió la presión.

Cric.

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