
“El peor ladrón no entra por la ventana… entra por tus excusas.
Recupera tus sueños antes de que aprendan a morir en silencio.”
Soldado, explorador aventurero, astronauta, cantante, físico nuclear, actor, padre de familia numerosa, viajero permanente, dueño de posada en la playa…
Nada de eso pasó.
Alguien había robado estos maravillosos sueños míos, incluso aquellos que tenía bien guardados.
No sé si fue de pronto, o sigilosamente con un robo hormiga, pero con el tiempo desaparecieron, se esfumaron sin que yo me diera cuenta…
Por supuesto que esto merecía una investigación seria.
No podían desvanecerse sin explicación tantas ilusiones, tantos deseos teñidos de esperanza.
La búsqueda del culpable
Así fue como puse manos a la obra y fui, hasta las últimas consecuencias y con todo mi ahínco, a buscar al culpable, a ese infame ladrón.
Y fui coronado con el éxito.
Encontré al maldito.
Ese perverso que se había llevado todos esos futuros deseados, y que ya había visto infinitas veces sin sospecharlo siquiera.
Al fin, una mañana lo descubrí, mirándome socarronamente desde el otro lado del espejo…
Como la mayoría de ustedes, desde pequeño he ido acumulando sueños incumplidos, sueños que se fueron quedando en el camino.
A veces fueron reemplazados por otros, pero la gran mayoría quedaron olvidados allí, por algún rincón…
Cómo ocurre el autoboicot
Si lo pensamos bien, y lo analizamos profundamente, veremos que el auto robo ocurrió cada vez que hicimos algo, aún inconsciente, para desdibujar cada sueño.
A veces no nos consideramos capaces de alcanzarlos.
A veces fuimos desgastando sus bases con una lógica racional que todo lo borraba y achataba.
Y algunas otras sucumbimos a insinuaciones que parecían órdenes… u órdenes que solo eran sugerencias.
Muchas veces los cambiamos por algo que considerábamos mejor dados los cánones sociales de nuestro entorno.
Y otras tantas, simplemente, los abandonamos por asociarlos con nuestra niñez, con nuestra inmadurez o por su falta de encaje en el círculo en el que nos movíamos.
Pero siempre fuimos nosotros los responsables.
Las preguntas incómodas
Tal vez el verdadero problema no sea haber abandonado sueños… sino habernos acostumbrado a vivir sin ellos.
Preguntas para reflexionar honestamente:
- ¿Qué sueño abandoné porque alguien me hizo sentir ridículo?
- ¿Qué deseo sigo justificando como “imposible” sin haberlo intentado realmente?
- ¿Cuándo fue la última vez que me entusiasmé genuinamente con mi futuro?
- ¿Estoy viviendo la vida que quería… o la que fui aceptando?
- ¿Qué parte de mí sigue esperando permiso para intentarlo?
- ¿Cuántas decisiones tomé por miedo al juicio ajeno?
- ¿Qué sueño todavía aparece, silenciosamente, cuando me quedo a solas?
¿Todavía estamos a tiempo?
¿Pudimos o podemos hacer algo?
Todo depende de cada uno.
Los sueños todavía siguen por allí, escondidos en algún lejano rincón, pero presentes.
Quizás para algunos ya sea tarde (aunque dicen que nunca es tarde).
Quizás otros realmente sean fantasías infantiles imprácticas en la realidad adulta.
Pero seguramente habrá algunos —aunque sean unos pocos, incluso siendo un solitario sueño— que tienen posibilidad de hacerse realidad si los tomamos en serio.
Y tomarlos en serio tiene que ver con darles un lugar, diseñar los pasos a seguir, planificar las acciones y asignarle tiempo y esfuerzo para que ocurran.
Esto fue lo que seguramente no hicimos cuando correspondía, y le dejamos la puerta abierta al bandido…
Una conclusión inevitable
La vida rara vez destruye nuestros sueños de golpe.
Normalmente los dejamos morir lentamente, cubriéndolos de lógica, obligaciones, miedo y rutina.
El autoboicot es elegante: no grita, no rompe puertas, no deja huellas.
Solo nos convence de que “ya no vale la pena”.
Y ahí está el verdadero peligro.
Porque llega un momento en que dejamos de perseguir aquello que queríamos ser… y empezamos simplemente a administrar resignaciones.
Llamado a la acción
Hoy puede ser un buen día para hacer algo incómodo: sentarse frente al espejo y preguntarle al ladrón qué hizo con aquello que alguna vez nos hacía vibrar el alma.
Tal vez todavía recuerde dónde lo escondió.
Y tal vez —solo tal vez— todavía estemos a tiempo de recuperarlo.
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