Y pensar que con una moneda de un peso se podía vivir. No era solamente el pan, el café o el boleto; era otra la economía secreta de aquellos días. Las monedas parecían tener una paciencia que hoy el dinero ha perdido. Uno las llevaba en el bolsillo como quien carga una llave diminuta capaz de abrir la tarde. Bastaba un peso para demorarse en un bar, para caminar sin apuro, para comprar caramelos que duraban una eternidad infantil o para volver a casa creyendo que el mundo todavía tenía cierto orden comprensible.

Ahora sospecho que no era la moneda la que valía más, sino nosotros los que necesitábamos menos. Éramos capaces de meter el universo dentro de la cáscara de una nuez, como si el infinito aceptara vivir en las pequeñas cosas: el ruido del tranvía, el olor de los cafés, una conversación cualquiera bajo una lámpara amarilla, el partido de ajedrez que parecía no terminar nunca. Había una felicidad modesta y clandestina en aquellas tardes, una forma de riqueza que jamás apareció en los bancos ni en las estadísticas.

Con el tiempo descubrimos que la pobreza verdadera no llegó cuando el dinero perdió valor, sino cuando las cosas pequeñas dejaron de alcanzarnos. Porque antes una moneda bastaba para inventar un mundo, y ahora el mundo entero apenas alcanza para comprar un instante de aquella vida en la que una moneda alcanzaba para el café, para el tranvía, para un paquete de sueños mínimos y hasta para la inútil felicidad de quedarse mirando una vidriera.

Hoy una moneda no compra ni el ruido de otra moneda cayendo sobre el mostrador.
Y sin embargo, uno recuerda aquellos días como si dentro de ese círculo de metal hubiera cabido todo: el barrio, la infancia y la sospecha de que la vida podía pagarse con muy poco.

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