La ciudad había terminado aceptándolo del mismo modo en que se aceptan ciertas anomalías necesarias: los árboles torcidos de una plaza, el mozo que sirve café desde hace cuarenta años en el mismo bar o la mujer que canta tangos detrás de una persiana siempre cerrada en Balvanera. Formaba parte del mecanismo urbano aunque nadie hubiese podido explicar exactamente bajo qué reglamento existía su cargo. Figuraba, eso sí, en alguna oficina municipal de techos altos y ventiladores lentos, cobraba un sueldo modesto los primeros días de cada mes y llevaba en el bolsillo interno del saco una credencial plastificada donde una fotografía gris le devolvía una expresión demasiado seria para un hombre todavía joven. Su función consistía en ordenar el tránsito en la esquina de Moreno y Entre Ríos, una esquina sin semáforos donde las avenidas se cruzaban con una violencia particular, como si cada automóvil llegara arrastrando una urgencia distinta y todas las urgencias del mundo hubiesen decidido encontrarse allí, frente a la farmacia de mosaicos antiguos y el kiosco donde vendían revistas atrasadas. Durante años había dirigido aquella circulación con una precisión casi musical, levantando apenas la mano derecha para detener una corriente de vehículos y haciendo girar luego la muñeca con una delicadeza que recordaba menos a la autoridad que a la cortesía, como si no estuviera dando órdenes sino distribuyendo permisos invisibles.

Nadie sabía demasiado de él porque las ciudades suelen ignorar a quienes sostienen sus engranajes más delicados. Llegaba antes de las siete de la mañana con el saco oscuro cuidadosamente cepillado, el cabello peinado hacia atrás y un termo bajo el brazo. Saludaba al diariero, al dueño del café de la esquina y a la mujer que baldeaba la vereda de una mercería cerrada desde hacía décadas, y después ocupaba su lugar en el centro exacto del cruce, allí donde el ruido de motores y bocinas terminaba convirtiéndose, para cualquiera que permaneciera suficiente tiempo, en una forma compleja de respiración. Había aprendido a leer el ánimo de los conductores con apenas mirarles las manos sobre el volante. Sabía distinguir al hombre retrasado para una reunión del que escapaba de una discusión doméstica; reconocía a las madres cansadas por la manera en que inclinaban apenas la cabeza mientras esperaban la señal para avanzar; intuía el miedo de los principiantes, la soberbia de ciertos taxistas nocturnos, la tristeza inconfundible de los que manejaban sin rumbo fijo sólo para postergar el regreso a sus casas. Y quizá fuera precisamente esa capacidad lo que convertía la esquina en algo distinto de un simple cruce vehicular, porque bajo sus movimientos el tránsito dejaba de parecer un accidente multitudinario y adquiría una cadencia humana, imperfecta y compasiva.

Había días en que la lluvia transformaba el asfalto en una superficie temblorosa donde las luces de los colectivos parecían peces amarillos nadando bajo el agua, y entonces él trabajaba con una concentración casi feroz, levantando el brazo entre el vapor de los motores mientras el sobretodo se le pegaba al cuerpo como una segunda piel mojada. Los automovilistas disminuían la velocidad al verlo, no tanto por obediencia sino por una especie de confianza inexplicable. Ningún semáforo podía comprender que un anciano necesitaba algunos segundos más para cruzar con su bolsa de verduras ni advertir que un chico venía corriendo detrás de una pelota escapada. Él sí. Había desarrollado una percepción mínima de las cosas, una sensibilidad para los pequeños desajustes del mundo. A veces detenía una fila entera de autos porque observaba, a cincuenta metros, a una mujer distraída buscando monedas dentro de la cartera antes de bajar del colectivo; otras veces aceleraba el paso de una avenida porque intuía que el conductor de una ambulancia estaba a punto de perder la paciencia. Nadie notaba esos detalles conscientemente, pero todos terminaban sintiendo que aquella esquina funcionaba mejor que cualquier otra de la ciudad, aunque careciera precisamente de lo que las demás tenían.

El problema comenzó una mañana de invierno, cuando dos ingenieros municipales aparecieron tomando medidas sobre la vereda y clavaron junto al cordón un cartel rectangular donde se anunciaba la próxima instalación de un sistema semafórico inteligente. La palabra inteligente quedó vibrando en el aire como una insolencia. Él leyó el aviso varias veces mientras el viento agitaba los bordes de la chapa y una hilera de autos empezaba a amontonarse peligrosamente detrás suyo. Después levantó el brazo mecánicamente y el tránsito volvió a ordenarse, pero desde ese instante trabajó con la sensación incómoda de quien escucha, detrás de una pared, los preparativos de su propio reemplazo.

No era el miedo al desempleo lo que lo perturbaba, porque el municipio seguramente lo trasladaría a otra esquina o a alguna oficina administrativa donde terminaría archivando formularios bajo tubos fluorescentes. Lo insoportable era otra cosa, una intuición mucho más profunda y difícil de explicar. Sentía que la ciudad estaba decidiendo expulsar de sí misma todo margen de humanidad. Un semáforo no cometía errores, y precisamente por eso resultaba aterrador. Él, en cambio, dudaba. Había mañanas en que concedía unos segundos extra a una calle simplemente porque el sol le daba de lleno en los ojos a los conductores de la otra avenida; había tardes en que demoraba el avance de los colectivos para permitir que una pareja anciana cruzara tomada del brazo. Ninguna máquina podía entender esos matices porque toda máquina ignoraba el cansancio, el amor, la distracción o la melancolía. El semáforo repartiría el tiempo con justicia matemática, pero la matemática nunca había sido piadosa.

Desde entonces empezó a mirar la esquina con una tristeza nueva, como si cada baldosa estuviera despidiéndose lentamente. Descubrió detalles que antes pasaban inadvertidos: la grieta en forma de río sobre el cordón oeste, el reflejo rojizo que dejaban los carteles luminosos del bar al anochecer, el sonido particular que hacía el trolebús al doblar demasiado cerrado. Incluso comenzó a sospechar que los vecinos también percibían algo extraño en el ambiente. El dueño del café le alcanzaba cafés más largos y más calientes; algunos taxistas detenían el coche sólo para conversar un momento; una mujer que vendía flores sobre la plaza le regaló un clavel sin decir palabra. Eran gestos mínimos, pero él entendía perfectamente lo que significaban. La esquina no estaba perdiendo simplemente un empleado municipal; estaba perdiendo cierta forma de respiración.

Las semanas siguientes transcurrieron bajo una tensión casi absurda. Los obreros comenzaron a traer cables, postes y herramientas que dejaban apilados junto a la farmacia. Él seguía trabajando en medio de aquel paisaje de anticipación tecnológica con una obstinación silenciosa que impresionaba incluso a quienes nunca le habían prestado demasiada atención. Había algo conmovedor en verlo dirigir el tránsito rodeado ya por las piezas de su reemplazo, como esos músicos de orquesta que continúan tocando mientras el teatro se incendia lentamente detrás del telón. A veces imaginaba el futuro inmediato y sentía un vacío difícil de soportar: la esquina gobernada por luces automáticas, los autos obedeciendo órdenes eléctricas, nadie mirando ya el rostro de nadie. Porque mientras él trabajaba, los conductores inevitablemente debían observarlo aunque fuera un instante, reconocer en el centro de la calle la presencia física de otro ser humano sosteniendo el caos con apenas dos brazos cansados. El semáforo, en cambio, no exigiría jamás esa clase de reconocimiento. Bastaría obedecer el color.

La víspera de la instalación definitiva llovió durante horas con una persistencia delicada y gris. Él permaneció bajo el agua desde la mañana hasta entrada la madrugada, haciendo girar el tránsito entre reflejos líquidos y bocinas lejanas. El sobretodo le pesaba enormemente y tenía las manos entumecidas por el frío, pero continuó trabajando con una concentración casi solemne, como si supiera que cada gesto suyo estaba entrando definitivamente en el territorio de la memoria. Algunos automovilistas bajaban apenas la ventanilla para saludarlo. Un colectivero le alcanzó un café humeante. Una mujer detenida en el semáforo imaginario de su mano le sonrió con una tristeza inexplicable. Y él comprendió entonces que había pasado tantos años organizando el movimiento ajeno que nadie había advertido cuánto dependían todos, secretamente, de aquella presencia humana en medio de la avenida.

Cuando los obreros llegaron antes del amanecer para instalar las luces, lo encontraron exactamente en el centro de la esquina, inmóvil bajo la lluvia tenue que todavía caía sobre Buenos Aires. Nadie dijo nada. El cielo empezaba a aclararse detrás de las cúpulas y los cables eléctricos vibraban apenas con el viento. Los hombres comenzaron a descargar herramientas mientras él seguía allí, mirando el poste metálico que iban a levantar frente a la farmacia. Parecía cansado, aunque no derrotado. Más bien tenía la expresión de quien ha comprendido demasiado tarde que ciertas batallas no se pierden porque alguien sea más fuerte sino porque el mundo deja de necesitar determinadas delicadezas.

Y sin embargo ocurrió algo extraño. Mientras los obreros ajustaban los primeros tornillos, él levantó lentamente una mano para detener el tránsito de una avenida vacía. El gesto fue tan natural, tan preciso, que incluso los trabajadores permanecieron quietos durante un segundo absurdo, obedeciéndolo sin darse cuenta. Después levantó la otra mano, y en aquella esquina todavía desierta pareció instalarse una suspensión inexplicable, un silencio breve donde la ciudad entera contuvo la respiración. Tal vez no duró más que un instante, pero bastó para que todos comprendieran algo que jamás podrían explicar del todo: los semáforos ordenarían los vehículos, evitarían accidentes, calcularían tiempos exactos, pero nunca serían capaces de reemplazar completamente a un hombre que había aprendido, durante años, a dirigir no el tránsito sino las pequeñas vacilaciones del alma humana.

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