El golpe del barrio Italiano.

No sé si estarían hablando giladas en el barrio. Pero mi vecino Jorge, comentan, está barajando asestar el golpe definitivo, claro, se cansó de rotar sobre su propio eje.
Antes de ello, seguramente pasará por el almacén de la vieja de la esquina a comprar una gaseosa de litro y medio y, mecánicamente, procederá a liquidarla camino a lo del Muela.

Allí, jugarán un rato al tenis de mesa, actividad que ellos bien conocen, y de allí saldrán camino a alquilar un mocho a lo de Tomatis, que lo apodaron así por leer mucho a nuestro gran escritor serodinense.

Hecho lo cual, procederán a realizar las necesarias actividades de inteligencia previa, desplegando al Muela por los bulevares y arterias principales de esta pertinaz localidad, quien fue puesto a los menesteres de identificar aquellas ubicaciones y recovecos sembrados con cámaras de seguridad de dominio público, para darle vida así a un croquis de trazabilidad que se asemeja al de un mapa estelar del siglo XVIII, como el que tiene el Tomatis colgado en la pared pues su padre simpatizaba por la cartografía y sus exponentes, en particular, por el neerlandés de Wit, a pesar de que cuando iban a un vecindario desconocido en coche tenía que pedirle a su señora, la señora Irene, que busque digitalmente la ubicación de destino y le cante las maniobras con razonable anticipación, contradicción tal vez la cual no le producía el más mínimo asombro, para sorpresa de cualquier testigo avispado.

Así, el Muela condujo por la ciudad mesurada y meticulosamente, lo cual era inusitado, pues era común para él dirigirse en su motocicleta a velocidades en las cuales su única forma de comunicación posible y de interacción con el entorno era a través del sonido que emitía su bocina, oída la cual, una vez ingresado al barrio, ya permitía a los lindantes identificarlo, sin verificarse en los hechos necesidad ni posibilidad alguna de discriminar las características visuales de aquella confusa masa que parecía desplazarse profusamente por el espacio que representaba la calle Falucho, la cual se confundía con el ambiente.

Es mi deber agregar que nadie se atrevía a cuestionar aquello pues lo pasaban totalmente por alto, como a esas cosas que se naturalizan.

Además, deben saber que al Muela no le gustaba mucho salir del barrio. Su motivo es que quería guardar el decoro a toda costa y que, cuando le gustaba rascarse, no quería pedir el palenque en territorio ajeno.

Aunque a veces pedía guita y la crisis le impedía pagar enseguida, se creía con derecho a habitar sin pedir permiso, pues cuando no inspiraba miedo, si respeto y, en sus más allegados, hasta cariño y apreciación, bien ganada por haber congeniado con los Mayores del Barrio en tiempos en que había que ser guapo para plantar bandera en esta parte de la galaxia que es dada en llamarse barrio Italiano.

Es por ello que les pido que nadie me diga que la jugada no estaba debidamente planeada, y que la falta de éxito de esta transgresora empresa se debió a carecer de premeditación. No, se equivocarían groseramente.

La cuestión fue cuando se mamaron. 

Claro, ahora que hilvano los eventos, el tema fue cuando se mamó la ternera, y de ahí el despelote por el cual terminaron tomando el té con laucha en la 35 de Magdalena – así le decía el Muela al té con leche, broma que quizá heredó de los Mayores-, eso sí, estos muchachos ni en el Infierno mismo te van a apoyar los codos arriba de la mesa.

Pasa que están hechos de buena madera.

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