Me siento muy mal, y sin embargo alrededor continúan las pequeñas ceremonias del mundo: el agua hierve, alguien discute en la calle, un perro ladra como si custodiará una eternidad insignificante. Yo, mientras tanto, escucho esa frase que las personas arrojan como quien deja una moneda sobre la mesa de un café: nadie se muere en la víspera.
Nunca entendí del todo qué significa la víspera. Tal vez sea un cuarto de hotel con la luz encendida, una estación donde el tren se demora demasiado, o ese instante viscoso en que el cuerpo parece saber algo que la razón todavía no tradujo. Hay días en que uno no está vivo ni muerto: apenas suspendido, como los tontos cuando olvidan para qué servían las escaleras y se quedan mirándolas con una tristeza absurda.
Pienso entonces que quizá la frase no sea consuelo sino condena. Nadie se muere en la víspera porque la víspera nunca termina. Siempre hay otra noche, otro análisis, otro médico que habla en futuro, otro amigo que dice “vas a estar bien” mientras acomoda incómodo las manos. Y uno sigue ahí, sentado frente a sí mismo, esperando una sentencia que no llega, como si la muerte fuese una cita mal organizada.
Pero también puede ocurrir otra cosa, una de esas pequeñas rebeliones secretas que le gustaban al azar. Que en medio del miedo aparezca un detalle mínimo —la humedad en una ventana, un tango perdido en la radio, el olor del café— y de pronto el mundo vuelva a sostenerse apenas sobre eso. No sobre grandes esperanzas. Apenas sobre una grieta diminuta por donde todavía entra algo de luz.
Porque acaso vivir sea precisamente eso: seguir llegando a la víspera y descubrir, con desconcierto, que todavía estamos del lado de acá.
OPINIONES Y COMENTARIOS