De los tabúes y las historias.

Hay hombres tan viejos como la Tierra. Escribí.

No lo digo en sentido figurado, aunque las metáforas, como los burócratas, sobreviven a casi todo. Hablo de hombres que ya estaban allí cuando el barro aún no había aprendido a llamarse barro, cuando los océanos eran apenas un borrador húmedo y las montañas no pasaban de ser arrugas indecisas en la frente del universo.

Uno de ellos era mi editor.

Lo descubrí la tarde en que le llevé el manuscrito de mi cuento. La editorial ocupaba el tercer piso de un edificio que olía a papel, tinta fresca y miedo antiguo. Los ascensores subían con una lentitud de parcimonia, como si en cada piso consultaran con algún místico contable si valía la pena continuar.

Mi editor estaba inclinado sobre un montón de originales rechazados, que exhalaban un vapor tenue, como si las historias muertas siguieran soñando en silencio. Llevaba unos espejuelos tan gruesos que, al mirarlo de frente, parecía tener los ojos sumergidos en pequeños acuarios donde nadaban peces de prudencia.

Tomó mi manuscrito con la delicadeza con que se sostiene un artefacto explosivo. Leyó el título.

“Hay hombres tan viejos como la Tierra”.

Se persignó, aunque con una mano y media, porque la otra la tenía ocupada sujetando una taza de café que tembló como si hubiera escuchado blasfemar al trueno.

Me observó de soslayo, con esa mirada de los hombres que han visto demasiados índices de ventas y desmedidos relámpagos teológicos.

—Ese título es imposible —sentenció.

Y, sin darme tiempo a defenderme, continuó:

—¿Quieres que la editorial sea atacada por los judeocristianos, los teólogos, los apologistas, los comentaristas de radio y las tías devotas que rezan con una mano y denuncian con la otra?

Se puso de pie. Caminó; las tablas del piso crujían como si reconocieran una autoridad más antigua que la madera.

—¿Te imaginas la historia? —prosiguió—. Dios, espíritu puro, arquitecto supremo, ingeniero civil de galaxias, delineante de nebulosas y calculista de órbitas… enfrentado al pequeño inconveniente de no poseer manos materiales para mover un ladrillo.

Hizo una pausa solemne.

—Y entonces, por razones logísticas, decide contratar una empresa.

Le brillaron los ojos.

Una compañía con geólogos, físicos, topógrafos, albañiles, electricistas y dos ingenieros hidráulicos de extraordinaria reputación, encargados de trazar los ríos y enseñar a las nubes a llover.

No pude evitar sonreír.

Trabajaron seis jornadas cósmicas. Los capataces discutían sobre la inclinación del eje terrestre. Un matemático sugirió los números primos. Un poeta, infiltrado en el departamento de diseño, propuso los atardeceres.

Los dinosaurios fueron un error de presupuesto. Los mosquitos, una broma privada del encargado de fauna menor.

Carraspeó y bajó la voz.

—Pero según los libros sagrados, cuando el planeta era construido, el hombre aún no existía.

Se inclinó hacia mí como si compartiera un secreto.

—Y lo que no puede testimoniarse, suele convertirse en herejía.

Entonces comprendí que mi editor no era un simple corrector de estilo. Era uno de aquellos hombres antiguos que habían aprendido a temerle a las palabras porque sabían que las palabras, cuando se organizan con cierta malicia poética, pueden derribar más templos que un terremoto.

Miró por la ventana. Afuera, las nubes se amontonaban como ovejas indecisas.

—Los seres humanos —dijo— construyeron dioses para protegerse del miedo, y luego fabricaron miedos para proteger a sus dioses.

Sacó un sello rojo.

Era un sello tan grande y definitivo que parecía haber sido utilizado para eliminar desastres.

Lo dejó caer sobre la primera página.

RECHAZADO.

La tinta se extendió como una pequeña mancha de sangre sobre el papel.

Y así, por decreto editorial, por superstición heredada, por el viejo terror de ofender al cielo y perder el mercado, mi cuento terminó sus días sin haber nacido.

Aunque, para ser sincero, nunca he estado del todo seguro de que muriera.

Y mi editor, tan viejo como la Tierra, con gesto severo, velaría siempre por una literatura coherente. Después me dijo:

—Eres del Caribe. Allí la realidad siempre amenaza con volverse demasiado peligrosa.

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