Antes de que el inclemente paso del tiempo nos devore —y si hay una verdad aquí, es que nuestro cuerpo físico sucumbirá—, la idea perdura.
Por eso tenemos que hablar con la verdad.

Pero no cualquier verdad: esa que incomoda.
Porque si no incomoda, no sirve.

La verdad que despierta, que no nos deja dormir en nuestros laureles.
La que raspa como un calcetín mojado, como una uña enterrada.
Esa que no queremos mirar… porque al mirarla, ya no podemos ignorarla.

Sí, el tiempo nos devorará a todos.
Pero hay algo que persiste: el eco de lo que hacemos.
En los otros. En la memoria. En eso que algunos llamarían el impulso del gen egoísta… y otros, simplemente, trascendencia.

Hoy decido hablar.
Decido incomodar.

Una parte de mí lo hace como travesura —como el niño que empuja para ver qué pasa—,
pero otra…
otra lo hace porque alguien tiene que despertar.

Sal de las vías.
El tren ya se ve en la distancia.

Por mí.
Por ti.
Por nosotros.

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