1.º Premio en el VIII Certamen de Relato Corto Querote ‘Alfonso Ruiz Castellanos’. Xavier Pardell Peña.
Mientras los amos sueñan
La noche había caído sobre la Mancha con esa gravedad antigua que no conoce prisa. El cielo, sembrado de estrellas como migas de pan arrojadas por un dios distraído, parecía observar la tierra con una ironía suave, casi compasiva. Junto a una venta mal encalada, donde el humo del candil se mezclaba con el olor agrio del vino y del sudor humano, reposaban dos bestias que cargaban sobre el lomo algo más pesado que alforjas: la sombra de los sueños ajenos.
Rocinante estaba en pie, aunque su postura era la de quien se sostiene más por costumbre que por fuerza. Su cuerpo, largo y desmadejado, recordaba a esos viejos hidalgos venidos a menos que aún conservan la dignidad en la mirada. Los huesos se le marcaban bajo la piel como una escritura antigua, y, sin embargo, en sus ojos había un brillo quieto, una lucidez que no se aprende en los prados, sino en los caminos. Rucio, a su lado, rumiaba con la paciencia de quien ha hecho las paces con el mundo. Tenía el lomo ancho, las orejas caídas y un aplomo terroso, como si cada una de sus pezuñas conociera de memoria el peso exacto de la realidad.
El silencio entre ambos no era vacío. Estaba lleno de noches anteriores, de amaneceres fríos, de caídas absurdas y de risas que no les pertenecían. Fue Rocinante quien lo quebró, con un relincho bajo que parecía más un suspiro que una voz.
—Hermano —dijo, y la palabra sonó antigua, cargada de polvo y de afecto—, dime si no has notado cómo nos miran nuestros amos. No con los ojos que ven, sino con los que inventan.
Rucio levantó apenas la cabeza, sin dejar de masticar. Sabía que cuando Rocinante hablaba así, no convenía apresurar la respuesta. Había en él una melancolía que pedía espacio.
—El mío —continuó el caballo— me monta como quien invoca un milagro. Me llama corcel, me nombra como si en mi carne flaca habitara una leyenda. Cuando carga la lanza y grita desafíos al viento, yo siento que no cabalgo: soy arrastrado por su fiebre. Sus sueños me atraviesan los ijares como espuelas invisibles. No ve mis patas temblar, ni la sed que me agrieta la boca. Ve alas, donde hay cicatrices.
Rocinante bajó la cabeza un instante. Recordó molinos alzándose como monstruos, el golpe seco del aspa, la tierra mordiéndole el costado. Recordó la voz exaltada de su amo, ardiendo de justicia, mientras él intentaba, en vano, sostener un cuerpo que ya no distinguía el suelo del cielo.
Rucio dejó escapar un rebuzno corto, casi una risa cansada.
—Sancho no ve alas —respondió—. Ve caminos. Y a veces ni eso. Ve su propio cansancio reflejado en mi sombra. Me carga de sacos, de pellejos, de esperanzas redondas como su barriga. Pesa, sí. Pero su peso es humano. Cuando me habla, no me confunde con lo que no soy. Me quiere porque soy lo que ve.
Hubo una pausa. El viento arrastró un olor lejano a tomillo y estiércol. Desde dentro de la venta llegó un ronquido profundo, irregular, como el latido desacompasado de la noche.
—Te envidio —murmuró Rocinante—. A ti te pertenece la tierra. Yo vivo suspendido en el aire de otro. Mi amo me llama invencible mientras me da avena rala y caricias que no curan. En su boca soy grande; en su descuido, invisible. A veces pienso que no me monta: me sueña.
Rucio giró una oreja hacia él. Sus ojos, oscuros y mansos, tenían la profundidad de los pozos.
—Soñar no siempre es desprecio —dijo—. A Sancho también lo sueñan, aunque no lo sepa. Lo sueñan rico, gobernador, dueño de una ínsula que no existe. Y aun así, cuando cae, cuando se equivoca, alguien le tiende la mano. Él vuelve a levantarse sin preguntarse por qué. Tú cargas locura; yo, deseo. No son tan distintos.
Rocinante alzó la cabeza. En ese gesto había algo de orgullo herido.
—La locura quema —dijo—. Es un fuego que no da calor. Mi amo habla de honor, de agravios, de gigantes que nadie más ve. Yo lo sigo, porque seguirlo es mi destino. Pero en cada paso siento cómo su delirio me va deshaciendo. ¿No te cansa la risa fácil, la promesa siempre aplazada?
Rucio pensó antes de responder. El pensamiento en él no era una línea recta, sino un círculo lento.
—Me cansa, sí. Pero también me sostiene. Sancho se equivoca con ternura. Cuando me aprieta los flancos, cuando me promete prados verdes, lo hace como quien se habla a sí mismo para no rendirse. Yo soy su espejo bajo. En mí descarga lo que no puede ser. Tú eres el espejo alto de tu amo. En ti se mira como héroe.
Las palabras quedaron flotando entre ambos, densas. Rocinante sintió algo parecido a la comprensión, aunque no supo nombrarlo. Tal vez no era injusticia lo que cargaba, sino exceso. Exceso de fe, de palabras grandes, de gestos desmesurados.
—Hay noches —confesó— en que me habla al oído. Me recita gestas, me jura que mi nombre será recordado. Y yo, que apenas me sostengo, siento vergüenza de no estar a la altura de su visión. ¿Puede un animal fallarle a un sueño?
Rucio dio un paso y se acercó. Sus hocicos casi se tocaron.
—No se falla a lo que no entiende la caída —dijo—. Los sueños no conocen el cansancio. Los cuerpos, sí. Y aun así, seguimos.
El cielo empezaba a clarear por el oriente. Una línea pálida anunciaba el día, como una herida que se abre despacio. Dentro de la venta, alguien tosió. Otro ronquido se quebró.
Rocinante miró hacia el horizonte. Por un instante, imaginó un prado sin voces humanas, sin órdenes ni fantasías. Un lugar donde el paso fuera solo paso.
—Tal vez —dijo— nuestra libertad esté en eso: en avanzar pese a no ser vistos como somos.
Rucio asintió con un leve movimiento.
—O en aceptar —añadió— que somos vistos como pueden vernos. Tú das alas; yo, raíces. Sin ti, tu amo no volaría. Sin mí, el mío no llegaría a ninguna parte.
El alba terminó de romper la noche. La venta se desperezó con ruidos torpes. Pronto vendrían las monturas, las órdenes, el camino. Rocinante y Rucio se rozaron los hocicos, gesto breve y silencioso, como un pacto sin testigos.
Luego, cada uno volvió a su quietud. Sabían que en los libros los animales callan. Pero también sabían que, si alguien escuchara con atención el latido de la Mancha al amanecer, oiría algo más que cascos y polvo: oiría la conversación secreta de quienes sostienen el mundo mientras otros lo sueñan.
Xavier Pardell Peña

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