Me iba por La Habana —la de los salideros de agua y los ruidos interminables— a caminar sin rumbo. Salía sin rumbo fijo, solo por sentir el aire de la ciudad. Caminaba como quien entra en una iglesia antigua únicamente para escuchar cómo respira la metrópoli.
La Habana tenía sonidos que no se parecían a los de ninguna otra parte: el chillido repentino de una ventana mal cerrada, un pregón que parecía venir desde el pasado; una discusión lejana, una radio encendida en un balcón. Y luego, de pronto, el silencio. Un silencio corto, raro, como si la ciudad se quedara pensando en algo.
Me daba la impresión de que La Habana observaba a la gente. No sé cómo explicarlo. Había esquinas donde el aire parecía más denso, como si el tiempo lo condensara, atrapado entre el polvo, y el salitre. Uno pasaba y sentía que algo ocurría: un recuerdo ajeno, una tristeza vieja o quizá solamente el cansancio de tantos años acumulados sobre las paredes.
En las noches, algunos transeúntes armaban un escándalo capaz de atravesar los edificios. Voces cargadas de ron, de frustración y de vida golpeaban contra los balcones como una conga interminable. Y uno, hecho trizas del trabajo y del día, terminaba escuchando aquello con resignación, igual que se escucha la lluvia cuando el techo tiene goteras.
La Habana del mediodía no era la misma de las seis de la tarde. El sol fuerte le sacaba un brillo extraño a las fachadas ennegrecidas por el abandono. Había edificios que parecían más hermosos mientras más destruidos estaban, y eso siempre me produjo una tristeza difícil de explicar. La ciudad de mis treinta años comenzaba ya a sentirse frágil. Algunos balcones, agrietados por el tiempo y la desidia, dejaban caer pedazos de concreto sobre las aceras, como si La Habana empezara lentamente a desprenderse de sí misma.
Y estaba el Prado. El salitre. El Malecón con su muro eterno donde tantos descansamos el cuerpo y las preocupaciones. Allí uno podía quedarse horas mirando el mar romper contra las piedras. El agua tenía un color azul verdoso. Y el viento traía olor a mar, a óxido, a distancia. Como si detrás del horizonte existiera otra vida que nos estaba esperando.
Todavía recuerdo el olor a maní tostado de los vendedores de cucuruchos. Era un olor agradable, con la extraña capacidad de volver hermoso el momento más pobre. Hay recuerdos que entran por los ojos; otros, como ese, se quedan viviendo para siempre en la nariz y en el alma.
Aquellos paseos de domingo, cuando no había dinero o simplemente no había ganas de ir a ninguna parte, terminaron convirtiéndose en una forma de salvación. Domingos de caminar con la mano de mi esposa agarrada a la mía; otras iba solo, mirando la ciudad como un gato callejero que aprende observando. Y sin darme cuenta, aquellas caminatas se volvieron una manera de pensar la vida.
Siento el olor de La Habana. Sus griterías de balcón a balcón. Sus columnas cansadas. Sus portales salvadores cuando caía la lluvia o cuando el sol de agosto parecía querer partirle la cabeza a uno. La acera de la sombra y la acera del sol. Y también aquella sensación al llegar a mi casa, en plena Habana Vieja, mirando el estado del edificio y preguntándome cómo seguíamos viviendo allí sin que todo terminara en un derrumbe. Vivíamos con un pie en el desplome y el otro en la fe. Y muchas veces la fe parecía sostener más que las columnas.
Pasaba un bicitaxi con una música exageradamente alta, de esa que hace temblar hasta los cristales. Algún anciano protestaba. El chofer respondía molesto. Las malas palabras empezaban a rodar por las esquinas mezclándose con el humo, el calor y el cansancio de la ciudad.
Mientras tanto, los edificios caídos iban dejando huecos vacíos donde antes había familias, voces y comidas de domingo. Las aceras parecían cansadas de soportar tantos golpes, tanta pobreza y tanta historia encima.
Era una Habana que empezaba a envejecer lentamente, mientras su futuro se iba marchando del país en silencio… igual que terminaría marchándome yo.
Y ahora descubro que extraño una ciudad que ya no existe.
La Habana de mi adolescencia.
La que todavía me camina por dentro.
OPINIONES Y COMENTARIOS