Se dice —pero acaso todo lo que se dice ya es sospechoso— que Pandora recibió una caja. Otros, más cautos o más eruditos, prefieren llamarla ánfora, como si el nombre pudiera domesticar el vértigo de su contenido. Yo sospecho que no hubo tal objeto, o que, si lo hubo, no fue uno sino infinitos, cada uno entregado a cada hombre en el instante secreto en que comienza a ser.
La caja —aceptemos por un momento la fábula— no guardaba males sino formas del tiempo. Al abrirla, Pandora no liberó enfermedades ni guerras: liberó la conciencia de que todo ocurre y, peor aún, de que todo se repite bajo otros nombres. Desde entonces, cada dolor no es sino la memoria de otro dolor anterior, y cada esperanza, una distracción que nos permite tolerar ese eco.
Quedó, dicen, la esperanza en el fondo. Pero acaso no quedó: acaso fue lo único que escapó primero, veloz y casi invisible, para instalarse en cada corazón como una trampa delicada. Porque la esperanza no consuela: posterga. Es el artificio que nos persuade de que el mañana será distinto, cuando en realidad es apenas una variación del mismo laberinto.
Imagino —o recuerdo— a Pandora no como una mujer culpable, sino como la primera lectora. Abrió la caja como quien abre un libro prohibido, sabiendo que la lectura la transformaría. Y la transformó: desde entonces, somos nosotros quienes continuamos esa lectura interminable, pasando páginas que ya estaban escritas, creyendo, sin embargo, que elegimos cada línea.
Quizá la caja aún está abierta. Quizá nunca se cerró. O peor: quizá cada uno de nosotros es la caja, y lo que llamamos vida no es otra cosa que la lenta e inevitable revelación de su contenido.
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