Y así este día va deshojando horas que caen sobre los párpados cansados de la memoria.
La ropa tendida en la terraza, las sábanas secándose al viento, perfumando el aire con aroma a Vernel.
Paseos al atardecer que eran como viajes exóticos al centro de la Tierra. Aquellas noches incontables y generosas en las que podíamos ver las estrellas, al abrigo de los castaños, invisibles, custodiándonos en la oscuridad.
Las visitas breves y espaciadas a Oviedo, cuando era una ciudad inalcanzable. Tan inalcanzable como se ha vuelto ahora, de nuevo, para mí.
Y las horas muertas en las salas de espera, con la calefacción derritiendo tu paciencia y, a veces, también la mía.
Y qué regocijo era después comernos un pincho de tortilla en la cafetería del hospital y mirar, a través de aquel gran ventanal, cómo la ciudad se desparramaba a nuestros pies, llena de promesas.
La puerta cerrándose. Tú avanzando por el pasillo hacia la cocina, con paso firme, sobre aquellos tacones altos: juventud que luego te fue robada.
El tiempo detenido, observando cómo tejías, cómo cocinabas, cómo nadabas en un mar embravecido. A veces, también, asegurándome de que dormías.
Las excursiones a la playa de Cueva, caminando las tres en fila por la carretera, y a la vuelta esperando el autobús en aquellas tardes de verano.
Tardes lentas, infinitas, con la única música de fondo de las cigarras. Como esas que creo escuchar en el silencio de esta casa de Madrid que ya no pudiste conocer.
Todo eso se fue quedando en algún lugar de la memoria, fraguándose sin que yo lo supiera, para revelarse ahora, cuando ya no estás.
Palabras. Lágrimas. Canciones de infancia que ya no me pertenecen.
Seguiré diciendo tu nombre en silencio para no olvidar cómo pronunciarlo, hasta que yo tampoco sea nada, ni siquiera un recuerdo.
A mi madre.
OPINIONES Y COMENTARIOS