El ejecutor 

En primera fila, con gritos de guerra,
los viejos rencores reclaman su altar;
el alma se rinde, se postra en la tierra,
sin fuerzas siquiera para respirar.

Fundada en la rabia, su fe se deshace,
lo invade el presagio de un fin sin color;
en cada pensamiento, la muerte renace
y entierra las manos de aquel que fue autor.

Asisten mil sombras a este sepelio,
con rostros que el ácido del tiempo arruinó;
no hay ruego, no hay canto, no existe el evangelio,
solo el sentimiento que al hombre asfixió.

Pálidos testigos de un juicio privado,
contemplan al errante caer en su fosa;
él mismo se entrega, se sabe agotado,
bajo una sentencia que el pecho le roza.

Sin causa, sin brillo, sin un solo motivo,
se aleja del plano que un día habitó;
ya no es un errante, ya no se siente vivo,
es solo el silencio que el miedo sembró.

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