El sol de verano ocasionaba que dentro del consultorio el calor se volviera cada vez más insoportable.

Alma estaba esperando a sus siguientes clientes.

—¡Ay, no! —vociferó para sí misma al ver la lista—.

Mente y Cuerpo… ¡qué gente tan demente!

¿Para qué estudié esto, si no podré después ayudarme a mí misma si sigo con estos dos? —exhaló.

Tomó un puro de debajo de su cajón escondido.

Después titubeó:

—El médico dijo que era dañino, pero él no conoce mi dolor.

Aunque eso solo es excusa para Mente, porque Cuerpo siempre me ha dicho que no —inhaló.

De golpe se abre la puerta, y Alma sabe de forma inmediata que fue Cuerpo, y que Mente ya la está observando.

Alma se pone tímida ante Mente y se dirige a Cuerpo, con forma maliciosa, y le pregunta:

—¿Quién te trae por aquí?

Cuerpo se sienta desgarbado, despeja bien los pies y acomoda su espalda.

Cuerpo solo mira hacia afuera. Es un día hermoso, y detrás de la ventana se miran muchas flores de colores y un azul profundo en el cielo.

Mente, como siempre insistente, le dice que regrese al combate.

Los ojos del Cuerpo miran dulcemente a Alma y le dicen:

—Yo te sostengo, pero no te llevo dentro.

Mientras tanto, Mente le cuenta el tiempo al Cuerpo, moviendo los dedos incansablemente.

—¿Y quién va a comenzar? —pregunta Alma a Mente y Cuerpo.

—Usted misma se contesta, doctora; ¿quién está al lado de usted?

Alma tose, desubicada por su mala educación.

—Está bien, comienza, Mente.

—Pues que Cuerpo últimamente me estuvo mintiendo —dice Mente, recordando—.

Cuerpo extiende su pierna y deja caer el brazo, porque esto va para largo.

—Pues resulta que Cuerpo se levantó antes que yo, puso el despertador, y sin que yo me despertara ideó un plan; y de ese plan le vengo a platicar —dijo Mente, valiente—.

Dijo que íbamos a entrenar.

Yo todavía no terminaba mi café y él ya me llevaba corriendo, y en el camino me fue platicando historias: que tendríamos muchas glorias, que seríamos eternos, que la fortaleza física hace la mental.

Y ahí estaba yo, ¡creyéndome sus historias! ¿Lo ve, doctora? ¡Lo ve! ¡Se está riendo!

Cuando Alma es capaz de verle los ojos a Cuerpo, no entiende si está triste o está contento.

Alma sabe que es el momento. Siempre ocurre. Solo son imágenes desenfocadas para ella, todo comienza a convertirse en caos; como usualmente es…

Conoce bien esa escena, todo se acomoda en su forma desacomodada. Observa. Movimientos, sonidos, patrones. «Casi terminan» _Sonríe mientras lo siente.

Por fin mira cómo salen ambos del consultorio, corriendo y riendo. Un balbuceo de cuerpo se escucha a lo lejos dirigiéndose al Alma. Alma no le da importancia y mira su reloj. 

Se tira en el sofá y aspira, suspira y expira.

Antes de hablar con Mente y Cuerpo iba a confrontar a Mente, porque se sentía usada de haber estudiado una carrera solamente para Mente; pero ahora, al ver salir a estos dos, se sintió timada.

Porque se dijo a sí misma: “Si entiendo a Mente, encontraré a Cuerpo.”

O eso entendí.

Alma se tiró en su sofá, le da un mordisco a su hamburguesa—la pidió tamaño jumbo—, un refresco grande, puso su programa preferido en la tele y se olvidó de Cuerpo y Mente.

En la puerta dejó una nota:

“Alma libre.”

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