CAPÍTULO 2: EL PESO DE LA NOCHE
Un año es una medida engañosa. Para el resto del mundo, era el tiempo suficiente para que el nombre de Julián se borrara de las facturas y para que las cenizas de mi madre se asentaran en el cementerio de Ballena. Pero para mí, el tiempo se había quedado enganchado en algún punto que no supe identificar. Julián se había ido con su amante y sus mentiras, dejándome una casa que crujía de noche y un hijo, Dani, que me miraba como si yo fuera una versión equivocada de alguien que ya no estaba.
Y luego estaban las pesadillas.
Subir las escaleras de mi edificio se había convertido en un ejercicio de tensión constante. El sensor de movimiento del primer piso llevaba semanas estropeado, dejando el rellano en una penumbra espesa, con olor a humedad vieja y cemento cerrado.
Aquella noche, el eco de mis propios pasos me devolvía un sonido extraño, ligeramente desfasado, como si alguien caminara detrás de mí unos segundos después.
Al llegar a la mitad del primer tramo, me detuve.
Un piso más abajo, la puerta del portal se cerró. No fue el golpe seco de siempre, sino un encaje lento, demasiado cuidadoso, como si alguien intentara no existir del todo mientras lo hacía. Me quedé inmóvil, con la mano apretando la barandilla hasta sentir el metal clavarse en la piel.
Entonces lo oí. Un paso. Solo uno. Pesado. Ydespués nada más.
Empecé a subir más rápido. El corazón me golpeaba el pecho con una insistencia desordenada. Al llegar al ventanal del rellano, me obligué a no mirar atrás, pero mis ojos lo hicieron igual.
El cristal oscuro del patio interior funcionaba como un espejo imperfecto. Al principio solo vi mi reflejo, deformado por la luz mínima del exterior. Pero después, algo cambió en el borde inferior del cristal. Había una figura. Un hombre.
No estaba completamente definido, como si el reflejo no quisiera terminar de formarlo. Llevaba una chaqueta oscura y subía los escalones con una cadencia constante, sin prisa, pero sin detenerse. No parecía perseguirme con urgencia. Parecía algo peor: parecía saber que yo no iba a escapar.
No había sonido. Pero su presencia llenaba el aire como una presión en los pulmones. Y entonces ocurrió algo que me hizo dudar.
No estaba segura de si lo estaba viendo… o recordando.
Como si esa forma ya hubiera estado antes en algún sitio que no conseguía ubicar. Llegué a mi puerta con las manos temblando. Me costó varios intentos encajar la llave. Cerré el cerrojo y me apoyé contra la madera, escuchando. Silencio. Demasiadosilencio. Ni pasos, ni respiración, ni movimiento. Soloel edificio quieto, como si nada hubiera ocurrido. Desperté en mi cama con el cuerpo rígido, bañada en sudor frío. Miré el reloj, las 03:17. No era la primera vez.
El hombre del portal llevaba semanas apareciendo en mis sueños, siempre igual, siempre incompleto, como si mi mente no consiguiera terminar de construirlo. Pero lo que más me inquietaba no era su presencia, sino la sensación de familiaridad que empezaba a arrastrar consigo y la hora exacta a la que me despertaba.
Me senté en la cama, intentando regular la respiración.
Caminé descalza por el pasillo en la oscuridad, despacio, sin encender la luz, como si no quisiera molestar. En la cocina bebí agua directamente del vaso, apoyada en la encimera, intentando volver a mí misma poco a poco. Y entonces, al girarme para volver al pasillo, pasé junto a la puerta de entrada.
No sé qué fue exactamente lo que lo provocó.
Ni siquiera había ruido.
Pero en el momento en que mi mirada rozó la mirilla, me recorrió un pánico seco, inmediato, como si mi cuerpo hubiera decidido antes que yo que no debía acercarme. Fue una reacción física, brutal, irracional. Me quedé clavada a unos pasos de la puerta, sin moverme, con la sensación muy clara de que, si me acercaba un poco más y miraba, algo iba a estar al otro lado.
No había nadie. Lo sabía. Pero aun así no pude hacerlo.
Me fui hacia el pasillo sin mirar atrás, con el vaso todavía en la mano, sintiendo el corazón golpeándome en el pecho de una forma que no encajaba con nada real.Y lo peor no era el miedo a lo que pudiera haber detrás de la puerta, sino la certeza de que, si hubiera mirado, algo dentro de mí habría cambiado para siempre.
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