Si vivieras hoy, madre,
muchas cosas te diría,
pero, ayer, cuando dormía,
en sueños te escuché decir
que siempre leías mis poesías,
así que, enciendo la luz,
busco papel, cojo mi pluma,
llegan las letras, la emoción,
y empiezo a escribir.
Te extraño, madre,
en el silencio que
se llevó tu risa,
en las noches calladas,
largas y oscuras que
se llevaron tu voz,
en las mañanas tempranas,
nubladas y traicioneras
que me traen tu ausencia.
Te extraño, madre,
en el olor del café
que tú hacías cada mañana,
con ligero olor a achicoria
que perfumaba toda la casa,
en el cocido de medio día:
con verdura, chorizo , jamón,
¡qué bien lo hacías!
¡qué bien sabía!
Tenerte fue un regalo madre,
caminar de tu mano
siendo la tuya la que sostenía a la mía,
la que borraba mis miedos,
aclaraba mis dudas,
iluminaba mis días,
me daba seguridad y autoestima
curando todas mis heridas,
transformando el miedo en valentía.
Me gusta escribirte, madre,
es volver a sentirte conmigo,
¿lo que más me gustaría? tenerte, oírte,
porque un día te hiciste silencio,
no volvió a sonar el teléfono
preguntando ¿Cómo tas nía?
Y al volver a esa casa,
que era la tuya y la mía,
veo tu silla vacía.
Cuando me encuentro triste, cansada,
busco tu abrazo en mi almohada,
te nombro, te llamo, pero…
mis palabras son como hojas al viento,
es silencio lo que siento,
y en el aire suena el eco
que se aleja, que se pierde, pero…
has dejado mi corazón encendido,
te siento en cada latido.
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