El maestro se detuvo en la entrada del salón, se tiró de las solapas, se acomodó el copete, se miró la punta de los zapatos y carraspeó anunciando su llegada. Un silencio detuvo el cuchicheo de las mesas, seguido de un rumor de admiración. Todos le miraron, le observaron en silencio, aguardando cada paso del maestro, cada sobrio gesto. En su avance lento por entre las mesas, podía escucharse el resuello de su traje de gamuza, y el taconeo de sus calzados italianos. Saludaba a cada uno en su paso hacia la mesa principal, mostrando con su brazo en alto, un macizo rolex que bailaba en su delgada muñeca. Sonreía para todos esos que con sus celulares le apuntaban para guardar digitales esos sublimes momentos. Era el invitado de honor y el principal orador, en verdad era el organizador de todo ese fastuoso evento. El maestro le llamaban, el gran académico, que había bajado desde el olimpo de la gran docencia para compartir con el perraje, con los lacayos de la rama administrativa del instituto, para regalarles con su presencia, para premiarles con sus aires de sabiduría.
Le esperaba su lugar de comensal en el centro de la mesa Uno, extendida larga a todo lo ancho del salón, en uno de los extremos, mirando a todo el resto, como la mesa de los novios en una cena matrimonial.
Dos de sus colegas mujeres, seleccionadas y contratadas por él mismo, le aguardaban para hacer el papel de sus acompañantes, una a cada lado, una rubia y una morena, con vestidos cuál de ellos menos recatado. Ambas enamoradas en secreto del jefe, ambas en una disputa que era para todos evidente, y en la que él solo se deleitaba, por ser la manzana en discordia, de esa triangular contienda amorosa. El resto de la mesa uno, lo completaban los más conspicuos docentes, académicos y al mismo tiempo esbirros seguidores del gran profesor.
Los funcionarios habían esperado con ansias esa fecha, desde que el evento fue anunciado hace un mes exacto. Una cena de; “reconocimiento a las labores de apoyo a la academia”, ideada, organizada y pagada por el decano de la facultad, el maestro como le llamaban. Cada uno de los invitados había seleccionado, comprado o arrendado los mejores vestidos y trajes que podían pagar, para presentarse adecuados, sin hacer mella, sin desteñir dentro de todo el color de esa gala, de toda la fastuosidad de la ceremonia.
El señor hizo el brindis principal, con un discurso que se alargó por más de media hora, hablando de sus logros, de sus triunfos, de sus cualidades y de sus virtudes para esto y aquello, y de su posible llegada a la rectoría del instituto, e incluso de algún posible nombramiento ministerial. Cada palabra era correspondida con respetuoso silencio, con gestos de asombro, con admiración. Un celular se atrevió a sonar en el transcurso, la dueña avergonzada lo apagó con la velocidad de un rayo. Sin embargo, cuando los gruñidos estomacales ya no pudieron disimularse, y se hacía evidente la exagerada palabrería del maestro, el hombre agradeció y detuvo su autocomplaciente elegía, solo entonces dio la orden para la entrada de los meseros con los platillos.
Los invitados, no acostumbrados a esas atenciones, ni conocedores de comportamientos prudentes, más allá de los permitidos en la sanguchería de la esquina, se arrojaron sobre las exquisiteces, vaciaron de una los potajes, se llenaron los platos, y hubo alguno que embolsó unas presas para ocultarlas entre sus ropas. Mezclaron sopas con ensaladas, quesos con salsa de tomates, y acometieron toda clase de imprudencias culinarias, que en los académicos presentes provocó sonrisas de piedad.
En una de las mesas al lado de la principal, había un lugar vacío, uno que aguardaba, pero que nadie esperaba que se ocupase. Era la del conserje del instituto, un señor de edad llamado Delfino, y del que nadie recordaba el apellido. Se ocupaba de las reparaciones, del aseo, de la quincallería, de los baños y toda clase de servicios menores. Era el primero en llegar cada mañana al instituto, y era el último en retirarse tarde de noche, vivía prácticamente en esas instalaciones. Silencioso y escurridizo, invisible y desconocido, sin sus trabajos ninguno de los laboratorios, aularios u oficinas podrían siquiera principiar a operar, cada mañana. De hecho, si el operario aún no llegaba a la cita, era porqué se había retrasado reparando uno de los frigoríficos del casino, primordial para las actividades del siguiente lunes.
Cuando los meseros ya retiraban los platos y se multiplicaban las selfies grupales, las alegres despedidas, llegó Delfino. Vestido con un sobretodo azul, con apariencia de nuevo, limpio y recién planchado, pero en claro desentono con el lugar, notorio era que se trataba de la mejor tenida de que disponía.
Se acercó saludando, ignorando los malos gestos, las miradas de; “pero que hace aquí, y a esta hora”, que el conserje siquiera notó.
Saludó a la mesa uno con una reverencia. Los académicos recibieron su saludo quitando la vista, con disimulada comicidad y en franca burla. Las dos mujeres, la rubia y la morena, no pudieron ocultar sus expresiones de asco, una de ellas hizo ademán de cubrirse la nariz. Ignoró esa actitud Delfino, tomó asiento en su lugar, comenzó a mirar derredor, se acomodó la ropa, dio señas a algún conocido cercano, y comenzó a jugar con los saleros. La expresión de pregunta del capitán de meseros, que era obvio se refería a qué hacer con el recién llegado, fue respondida por el anfitrión desde la mesa Uno, con un solo gesto de la mano. Debía ser atendido igual que el resto.
Al llegar las ensaladeras y cazuelas a su mesa, Delfino desdobló su servilleta de tela y la extendió sobre sus muslos, agradeció de palabra a los meseros, con cada pinza extrajo una pequeña porción de cada preparado, los extendió en su plato uno a uno, armando al final un platillo muy bien distribuido, colorido y diría alguno que hermoso, un emplatado de chef diría otro. Juntó las manos y cerró los ojos, susurrando una breve oración, enseguida se sirvió un pequeño trozo de champiñón, que apenas ocupaba lugar en la punta de su tenedor, se lo llevó a la boca y comenzó a masticarlo, luego hizo lo mismo con un pequeño trozo de patata. Se sirvió un dedo de vino en su copa, la levantó y sacudió en lo alto a contraluz de una de las lámparas del muro, miró por momentos esa luz rojiza que despedía el licor, como buscando algo, todo esto hecho con mucha delicadeza, extraña para un limpiador de baños.
En un momento, el profesor en la mesa Uno, se dio cuenta que la atención ya pasaba de él mismo, pues todos observaban el singular e instruido comportamiento del conserje. Era tanto el refinamiento del operario, que los glotones secretarios, los voraces oficinistas, estaban quedando en evidente vergüenza.
Quiso romper ese curso de las cosas el maestro, que le quitaban protagonismo. Entonces utilizó para ello, la única herramienta que conocía, su labia.
—¿Qué opina del tema usted señor conserje? —preguntó el maestro, a sabiendas que Delfino no había escuchado nada de la conversación que emprendían los académicos en la mesa Uno.
Delfino dejó sus servicios sobre la mesa y respondió al gran maestro.
—Si el maestro me diera a entender acerca del tema tratado, talvez podría darle mi opinión —dijo y continuó trozando un zucchini en su plato.
—¿Su opinión? ¡ja!
Dijo en bajo uno de los otros invitados, uno que podía ser cualquiera, pues todos estaban atentos a lo que se decían ambos tan opuestos conversadores. Pero otros tantos también quedaron en asombro, al oír por vez primera, la clara, prudente, sobria y barítona voz del operario, que bien podría equipararse a la de un actor del antiguo teatro.
—Claro, estamos hablando acerca de los opuestos, como de opuesta es la noche al día, el bullicio al silencio, la luz a la obscuridad, la piedad a la corrupción, y yo agregué, en forma brillante según aquí mis colegas, a la ciencia tan opuesta a la ignorancia, esa ciencia que tanto amamos en la academia, y esa ignorancia que tanto despreciamos. ¿No estás de acuerdo tú con estos dos últimos opuestos?
—¿Pero que va a responder ese pelafustán? —dijo uno de los otros invitados, al oído de un segundo.
—No tiene idea ese imbécil, de esos temas tan elevados —murmuró una secretaria en voz baja a otra, ambas en cuchicheo secreto.
No tardó en responder Delfino al supuesto examen, y cortando un pequeño trozo de filete dijo:
—No, no estoy de acuerdo con esos dos últimos.
Una de las vejetes secretarias abrió la boca en asombro, al oír tamaño atrevimiento. Otro carcajeó burlesco, ya sin temor a ser oído, y su risa resonó en las paredes y el techo del salón, otras risotadas le siguieron.
—Es el payaso del instituto —se atrevió a decir otro.
—¿Pero que podría ser el perfecto opuesto de la ciencia, más que la ignorancia? —preguntó la profesora rubia.
La sentencia estaba escrita, todos los presentes que murmuraban con desaprobación, pasaron de sentir sarcasmo, a sentir pena por el viejo, por su tremendo error, por su atrevimiento de querer corregir al maestro.
—Pues el opuesto a la ciencia es el dogma —respondió Delfino a la hermosa profesora, mientras esparcía salsa sobre un pedazo de brócoli.
—¿Cómo que el dogma? Explícate mejor conserje —dijo el maestro, repartiendo su sonrisa burlona hacia las demás mesas, buscando condescendencia.
Masticó un poco Delfino y tragó su bocado de brócoli, entonces pinchó un trozo de betarraga, lo elevó en el aire con el tenedor, y comenzó a moverlo como un director de orquesta, diciendo al mismo tiempo:
—Si entendemos a la ciencia y a la investigación, como a la búsqueda de la verdad, al escalamiento de las ideas, a la evolución del pensamiento; el dogma se le opone como la montaña a los vientos. El dogma es la parálisis del intelecto, la extinción de las preguntas, el credo de lo absoluto.
Entonces, al oír estos argumentos, la mesa Uno quedó en silencio, las risas acabaron, las burlas se atragantaron con trozos de jengibre, los oficinistas quedaron inermes, flotando en una nube de incredulidad. El maestro había sido corregido, no había duda de aquello.
—Pero debemos despreciar a la ignorancia, ¿o no? —preguntó la profesora morena, una que ya había dejado de sentir mofa hacia el viejo. Este que, durante toda esa conversación no se había detenido en su labor de comensal, después de tomar un sorbo de vino y limpiarse la boca con su servilleta, dijo:
—Claro que no, la ignorancia es la semilla de toda investigación. Primero entendemos que existe algo oculto, algo que desconocemos y que deseamos descubrir. Después, con nuestras mejores armas, intentamos dilucidarlo, comprenderlo, sacarlo a la luz. En verdad conocer la propia ignorancia, es el principio de todo buen investigador. La ignorancia y la ciencia, más que opuestos, son complementos, no puede subsistir uno sin el otro.
Tomó otro sorbo de vino y continuó:
—Si creemos conocerlo todo, y que ya no somos ignorantes, es que hemos caído en el dogma.
Con esas palabras, ya todo el salón estaba en completo silencio, sorprendidos por la agudeza del viejo.
—Todo eso te lo has inventado, suena coherente y hasta bello, pero te lo has inventado —dijo el maestro, aún sonriendo, pero muriendo por dentro.
—¿Inventado yo? No, en lo absoluto. Son ideas de hace dos mil quinientos años, el filósofo Sócrates las dio a conocer primero.
—A claro, Sócrates por supuesto, de hecho, tengo todos sus libros en mi biblioteca personal —dijo el profesor, manteniendo su sonrisa fingida, intentando salvarse de la debacle.
—¿Libros de Sócrates? No sé qué libros tendrá en su casa profesor, pero Sócrates no dejó nada escrito, todo lo que sabemos es por lo que escribieron de él sus discípulos. Platón, Jenofonte, entre otros.
—¿Qué? El profesor está mintiendo, es un farsante —se oyó decir claramente a alguien desde un rincón.
—No puedes seguir hablando de Sócrates de esa forma, yo he leído todos sus libros te repito, y estoy muy versado en su filosofía, y estás muy equivocado —dijo otra vez el maestro, ya con tono de enfado.
—El equivocado es usted profesor, precisamente la propia filosofía de Sócrates lo pone en evidencia. pensaba que cada uno debía descubrir su propia verdad, y para ello no se requiere de libros escritos por otros, precisamente por eso, nunca escribió nada. Este filete está muy bueno.
Esas palabras del conserje fueron la sentencia, las miradas de sospecha cambiaron desde el viejo en sobretodo, al maestro, al anfitrión de la mesa Uno.
—¿Qué libros tienes en tu casa? Nunca he visto ninguno—dijo la morena.
—Te has inventado todo eso de haber leído a Sócrates, mentiroso —dijo la rubia.
—Vamos, a quién vas a creerle, ¿a mí o al conserje limpia retretes?
Dijo riendo el maestro, creyendo que con esa denostación podría ganar la discusión. Cuando miró a las mesas, buscando apoyo, ya no encontró la admiración del principio, sino que vio que todos buscaban en sus celulares.
—¡Es cierto, nunca escribió nada! —gritó la vejete secretaria.
—La IA lo confirma, Delfino está en lo correcto —dijo un oficinista.
—Es un farsante ese maestro—dijo otro.
—Libros de Sócrates, ¡mis polainas! —gritó un tercero.
—¡Y quería llegar a la rectoría, dios nos libre de este embaucador! —dijo otro a viva voz.
Fue tanta la indignación, que los invitados de las otras mesas se retiraron en tropel murmurando, gritando improperios por la farsa descubierta. La vejete secretaria se devolvió y se acercó a Delfino que aún merendaba. Le preguntó:
—¿Por qué nunca nos has dicho de estas cosas en el trabajo?
Delfino que trozaba un nabo cocido respondió:
—Porqué nadie me pregunta nada —dijo y siguió masticando.
Los académicos de la mesa Uno también se retiraron, con cara de indignados, varios arrojaron con fuerza sus servilletas sobre la mesa, en tono de protesta. La rubia y la morena se adelantaron y se fueron una junto a la otra, expresándose el coraje vivido. Se oyó decir a uno de los profesores.
—No vuelvas el lunes a trabajar, maestro de pacotilla.
Y así dejaron al gran maestro solo, tomándose la cabeza y mirando el mantel, al borde de las lágrimas. Solo, a excepción del propio Delfino, que seguía merendando.
—Esto estuvo muy bueno, creo que me repetiré el plato —dijo Delfino.
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