Caleidoscopio

Caleidoscopio

LeónRots

01/05/2026

por LeónRots. 

Yo nadé cuando era niño —a los doce o trece— torpemente, sin saber. Y desde ese momento mi vida fue una inversión del agua hacia la tierra. El agua me sostenía como si ya me conociera y casi sin saberlo me salvó de ahogarme en pensamientos oscuros, pesados —en esos torbellinos silenciosos y traicioneros que no avisan— mucho más adelante. Mi cuerpo flotaba por instinto, como si el agua me reclamara desde algún lugar anterior a la memoria y a la vida misma. Así que solo caminé, sin rumbo, en la aridez de caminar sin propósito y de pisar sin raíces. Avanzando por inercia. Aún así, seguí caminando, ya no buscaba el agua. Y casi sin pensar, llegué muy lejos. Esa transparencia tibia me salvó, mucho antes de que yo supiera que un día iba a necesitar ser salvado.

El día en que todo volvió a empezar no hubo señales visibles. Solo el ruido tenue de la mañana y una luz indecisa en las hojas, como una duda del sol, entre llegar del todo o quedarse a mitad del camino. Yo estaba sentado en el jardín, leyendo a Borges, cuando la memoria decidió arder. No lo vi venir, ¿quién puede advertir esas cosas?

La   frase   me   atravesó:   alguien   sueña, alguien    es    soñado,    alguien    soñará.

Y pensé que el fuego era una forma antigua de recordar quién fui antes del cambio. En ese instante, una mariposa bajó sobre el umbral del jardín. Sus alas se movían con un frenesí lento, casi meditando, como si cada aleteo fuera un verso. Después se escuchó un trino conocido: un pájaro amarillo, pequeño y de doble ritmo, muy cerca. El mismo que una vez se había posado en el viejo maracuyá. No era imaginario. Nunca lo fue.

Inevitablemente eso abrió algo en mí. No sabría explicarlo bien, pero sentí una grieta luminosa, un desvío en la dirección del tiempo. Casi que pude viajar al futuro y encontrarme con mi yo del 2026. Entonces me pregunté: ¿qué le dirás?, y la respuesta surgió con una voz ronca, áspera, inolvidable…

—Devolveme los años sin alcohol que me robaste, hijodeputa.

Me reí, ahí mismo, en el jardín. Me reí tanto, que el pobre pitiayumí me escuchó y voló. Salió volando.

Pero la voz agregó, un poco más suave:

—Tendrás amigos… tendrás amor.

Y los años pasados se me desplegaron como un mapa elemental y vi signos de los cuatro elementos mezclarse con jeroglíficos de sangre, semen, sudor, bilis, entrañas, lágrimas y otros líquidos con los que la muerte suele practicar su obsesión por dibujarnos. Aire y fuego; tierra, sin una gota de agua. El fuego del inicio se transformó en aire —la mariposa. El aire en memoria líquida. Y esa memoria, con el tiempo, se terminó enraizando. Un círculo perfecto. Un mito personal. Y todo estaba pasando en una realidad que ya no distinguía muy bien. En el jardín del fondo, las orquídeas dejaban de ser las orquídeas y querían ser la Orquídea, la única. 

Ya cambié, me dije. Ya observé como cambié. Y en medio de ese reconocimiento apareció una verdad, o algo parecido a una verdad, pero no la digo entera. El jardín respiraba. Así que respiré yo también. La mariposa se elevó y se llevó un poco de mi respiración con ella. El pájaro dejó un último trino antes de irse. Un trino que partió el aire en dos, y ahí, volví a mi cuaderno de tristezas. 

El papel me esperaba intacto, blanco, inmóvil. Gradualmente, empecé a escribir el comienzo de un relato, un 18 de septiembre del año 2024. Era la historia de un niño que se ahogó a los doce o trece. 

Al tiempo, después de un hiato de casi dos años, me sumé al Club de escritura y participé en «Cuánto cuento cuántico», humildemente, en homenaje al gran Jorge Luis Borges. Eso fue un 15 de abril del corriente, como a las 10 PM, hora Argentina. 

Y así fue que lo supe:   aquel instante extraño,               breve,           imposible, resultó ser un puente. Lo que no supe fue hacia dónde crucé. Pero, como siempre, no me importó demasiado. Igual me reí. De mí, de él y del otro… y hasta del eco que quedó suspendido en el jardín del fondo de casa. 

Y sin embargo, seguí escribiendo el principio o el final de Caleidoscopio, con la sensación de quién se deja llevar por el mar y también por el sueño. 

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