El hombre de la página 146

Euclides, Descartes, Euler, Laplace y otros nombres tutelares de una inteligencia rigurosa convivían en el estante. Uno, sin embargo, desentonaba. Tenía tapa blanda; sus páginas de papel estucado lo emparentaban con las ediciones populares. Se titulaba Inverosímil, sin autor declarado. Reunía hechos extraordinarios: el avistamiento del monstruo del lago Sopón, el hallazgo de columnas de cemento en la Isla de los Pinos anteriores a la llegada del hombre y otros prodigios semejantes. En el índice, la página 146 aparecía encerrada en un círculo. La entrada llevaba por título «Más allá del tiempo». La leí, más que por curiosidad, por veneración al dueño de aquellos libros.

El hombre de aquel caso no hablaba ninguna lengua conocida. Pasó casi una década antes de que pudiera contar su historia, con torpeza, durante una serie de entrevistas psiquiátricas.

Todo parecía haber comenzado en un vuelo comercial de la ASQ con destino a Birsamel. Según declaró, miró por la ventanilla y se quedó dormido ante un sol grana. Despertó horas después, cuando el sol había cedido su lugar a las luces intermitentes de la aeronave: un rojo más frío parpadeaba en la oscuridad y, al fondo, titilaban las luces de la metrópoli.

Entró en la terminal con la mirada baja, vencido por el cansancio, y siguió a los demás hasta la cinta de equipajes. Por los altavoces, una voz distorsionada, como surgida del fondo del océano, repetía avisos incomprensibles. Las maletas comenzaron a girar una tras otra; la suya no apareció. Se dirigió al mostrador más cercano e intentó explicar lo ocurrido. La empleada le respondió en un idioma desconocido. Acabó por mostrarle su boleto. La mujer consultó a otros empleados, tecleó en la computadora y mostró el documento a un supervisor. Ambos lo examinaron y se miraron unos segundos sin decir nada. Al final, ella negó con la cabeza y le devolvió el papel.

Aunque le temblaban las manos y el corazón le golpeaba el pecho, conservó la compostura. Junto a la salida vio un módulo de información. Sonrió a la joven que lo atendía, tomó un tríptico y miró la portada: la silueta del cerro del Trono confirmó que había llegado a su ciudad; pero el escudo de la demarcación, con la media luna bajo el caballo de Sífax, lo dejó perplejo. Con el rostro desencajado, pidió por señas que le prestaran el teléfono.

Llamó a su mujer. Era su voz, sin duda, pues reconoció su inflexión, su modo de respirar antes de cada respuesta; pero no entendía una sola palabra. Llamó después a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos. El resultado fue siempre el mismo.

El personal del aeropuerto reportó a seguridad que un hombre desorientado caminaba de un lado a otro con un tríptico arrugado entre las manos, repitiendo una frase que nadie sabía traducir. La llegada del viajero había coincidido con la invasión teotihuacana de las demarcaciones orientales. Los periódicos hablaban de infiltrados; todo extranjero era sospechoso. Lo esposaron y lo condujeron a un cuarto de interrogatorios, donde le quitaron el saco, los zapatos y los calcetines. Lo sentaron. Todo intento de comunicación fracasó. Mientras los oficiales deliberaban, sacó la cartera y les mostró una fotografía de su esposa. Encontrarla no fue difícil.

Cuando aquella mujer entró en la sala, escoltada por un policía, él cayó de rodillas y se deshizo en lágrimas. Quiso besarle la mano, pero ella la retiró apenas sintió el roce de sus labios. Los oficiales le explicaron la situación y le mostraron la fotografía.

—No sé quién es este hombre —dijo, retrocediendo—. Mi marido vino conmigo; pueden comprobarlo. No soy nada de él. No sé por qué tiene una fotografía de mi boda.

Arrodillado, murmuró algo que nadie entendió, pero todos comprendieron, sin apartar los ojos de ella. Cuando la puerta se cerró, regresó a la silla y apoyó la frente sobre los brazos.

Ambos fueron detenidos hasta que se concluyó que no existía relación entre ellos. A él lo internaron en «El jardín de Eshmún», una unidad psiquiátrica de Birsamel. Le diagnosticaron un trastorno delirante persistente con fabulación histórica. Aseguraba ser ciudadano de la República Mexicana, una nación que ocupaba la actual Teotihuacán y buena parte de nuestras demarcaciones septentrionales. Decía que viajaba de Ciudad Juárez a Monterrey; que la insignia de Birsamel no era la media luna bajo el caballo de Sífax, sino un león coronado en honor del reino de León, en la antigua España. Repetía la historia de un mundo moldeado por Roma, que, según él, administró medio mundo conocido antes de derrumbarse: desde Britannia hasta Armenia, desde Lixus hasta Babilonia.

Poco antes de su muerte, un lingüista de la Universidad de Lilibea se interesó en el caso y determinó que hablaba un latín atravesado por el gótico, el árabe y el euskera.

Dejé de considerar ridícula aquella entrada cuando, hace unos días, conducía por la avenida que recorro a diario y no reconocí un solo edificio. Donde recordaba el templo de Astarté y su fachada de estuco, se alzaba una torre de acero. En mi casa, algo había cambiado: uno de esos detalles que sabemos sin saber, como el número de pliegues de una cortina. Me pregunto si la página 146 seguirá encerrada en un círculo. Si en ese México camina ahora una mujer con una fotografía de boda entre las manos y repite ante dos oficiales que aquel desconocido es su marido. Si, allá, yo escribo en español.

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