El jardín de las orquídeas

El jardín de las orquídeas

LeónRots

30/04/2026

por LeónRots.

La luna filtraba una luz triste que parecía traer puñales del pasado. Yo me cebé un mate —porque incluso en los mitos uno necesita rituales domésticos— entonces sentí… y también oí —al mismo tiempo o un segundo más tarde— que algo se movía entre las flores. Ahí apareció él, el instinto, la sombra, en medio de las orquídeas, sin dejar marcas en la tierra. No hubo ruido de garras, ni baba, ni respiración agitada, solo un presentimiento. Me quedé quieto, paralizado, sosteniendo el mate con ambas manos como un guerrero novato que lleva un escudo inútil a su primera guerra. 

—Ya es hora —se escuchó detrás.  

Su voz no era un gruñido feroz. Era la mía, pero un poco más grave, más ronca, más áspera. Una voz cansada de mentirme. 

—¿Hora de qué? —pregunté—todavía, sin darme vuelta. 

—De dejar de escribir o de empezar en serio —dijo—. Ambas cosas duelen. 

Una parte de mí quiso reírse, como acostumbra, pero no lo hizo. Otra quiso llorar. Al final hice lo que hago siempre, tragué saliva y saqué pecho para parecer valiente ante mi propia bestia. 

—¿Por qué estás acá? 

—Porque me llamaste —dijo, acercándose—. Cada vez que te cansás del mundo, yo escucho. Cada vez que querés desaparecer, me despierto. 

—Que servicio más eficiente —dije—, con una ironía que no servía para nada. 

Él se rió o algo parecido a una risa surgió bajo su pelaje oscuro.

—Vos creés que me tenés miedo, pero la verdad es que… a lo que realmente le temés, es en lo que te transformo. Ese lado más salvaje, más honesto y sin excusas. Ese lado que hasta ahora no conocías. 

La luna apenas nos iluminó y pude sentir el calor de un animal al lado mío, como si el alma tuviera cuerpo y transpirara por su propia cuenta.  

—Entonces, ¿qué querés?

—Lo mismo que vos —contestó—. Quiero que dejés de fingir que estás muerto. Quiero que escribás con colmillos. Y que ya no pidás permiso para aullar cuando la luna se muestra completa. 

Me miró fijamente y en sus ojos pude ver lo que nunca admito, la fuerza que guardo para seguir viviendo cuando digo que ya no me queda ninguna, esa que se alimenta de silencio y de dudas.

Él no me atacó. Tampoco hubo sangre sobre las orquídeas ni final de tragedia griega, simplemente, se sentó a mi lado, como un perro viejo que por fin reconoce a su dueño o como un dueño que finalmente reconoce a su perro. El calor de su pelaje contra mi brazo derecho era real. Era una fiebre que quemaba el miedo y lo convertía en otra cosa. 

—Si empiezo —dije, sintiendo el peso del mate todavía en la mano izquierda—, no voy a poder parar.

—Ese es el trato —sentenció la voz, que ahora vibraba dentro de mi pecho—. Las palabras cómodas son para los que duermen. Los que estamos despiertos, cazamos.

Miré el jardín. La luz de la luna había cambiado, ya no cortaba, ahora iluminaba un camino plateado que se perdía entre las plantas, dibujando un laberinto que yo mismo había plantado durante años de naufragio. El verdugo no era él. Nunca lo fue. El verdugo era el silencio que yo usaba para protegerme de mis propios gritos.

Dejé el mate sobre unos ladrillos. Me levanté, sin sentir la necesidad de mirar hacia atrás para saber si él seguía ahí. Lo intuía porque, por primera vez, mis pasos hacían temblar la tierra con la misma autoridad que los suyos.

Entré a la pieza, encendí la luz y abrí el cuaderno (el de siempre, el de tristezas). La blancura del papel me devolvió el reflejo de unos ojos que ya no pedían permiso para encenderse. Apoyé la birome sobre la hoja y, antes de escribir la primera línea, solté un suspiro que sonó —casi sin querer— como el comienzo de un aullido.

Esa fue la primera vez que vi al Lobo. 

A la mañana siguiente desperté en un lugar —si es que la psique existe en lo finito— extraño… pero extremadamente hermoso, incalculable, impalpable, eso sí, casi transparente. Sin embargo, había algo familiar en todo eso. Incluso, cotidiano. Que raro —pensé—. Raro, como si la realidad física se hubiera convertido en un reflejo involuntario de la misma conciencia. 

El jardín despertó antes que yo, por supuesto. Por fuera, parecía un lugar depredado. Por dentro, en cambio, se respiraba la vida como una arteria abierta. El aire era tan denso que cada respiración parecía un sorbo de agua. Una sobrepoblación de potus, suculentas y colgantes que emanaba luz de sus hojas, crecía como un pequeño Amazonas. Alrededor, había un rumor de árboles invisibles, limoneros, maracuyá y raíces rojas que crecían hacia arriba. También se oían leyendas de orquídeas exóticas como antiguos vestigios de otro cuento. 

Después de un paréntesis, todo cambió.

No recordaba haber entrado. Tampoco recordaba haber salido. A mi derecha, escuché el aullido del lobo. A mi izquierda, un suspense… un silencio frío, casi maternal. La muerte suele anunciarse así, sin ruido, sin drama, con la vieja calma de quién ya lo vió todo. 

—Llegaste temprano —dijo—, sin cuerpo, sin rostro, sin voz… como una ausencia que hablaba con eco. Y que el eco —a su vez— estaba hecho de infinitas voces. 

—Naturalmente —respondí—. Igual, no sabía que venía. 

—El jardín siempre te trae cuando estás a punto de quebrarte. Hace años que te rastrea mejor que yo. 

En eso, el lobo apareció entre las sombras. 

—No lo asustés —le gruñó a la muerte—. Ya bastante se asusta solo. 

La muerte se rió. No tenía boca, pero el eco sí que tuvo dientes. 

—No estoy acá para llevarlo. Vos lo sabés mejor que nadie. 

El lobo se acercó y apoyó la cabeza en mi costado izquierdo, como un perro que sabe que estoy hecho de pedazos rotos. 

—Este es su reino. Él lo construyó. Yo lo protejo. Vos esperás. Todos cumplimos nuestro rol. 

La muerte asintió como firmando un pacto antiguo. 

—No vine a reclamarte —dijo—. Vine a recordarte que todavía falta, y qué por ahora, escribir sigue siendo la única forma de no entregarte del todo. 

Yo miré alrededor, el jardín tenía senderos que conducían a días que había olvidado o que había querido olvidar. Vi habitaciones donde dormían mis más grandes errores, mis peores ridículos y hasta mis fracasos literarios más torpes. También vi puertas que solo se abrían cuando la luna sangraba a las tres de la mañana. 

—¿Y cuál es mi rol?

El lobo me empujó suavemente hacia adelante. 

—Caminar, perderte, escribir. Aullar cuando haga falta, eso mantiene vivo al jardín. Eso mantiene lejos a la muerte y eso me mantiene a mi despierto. 

La muerte con una calma infinita agregó: 

—Lo tuyo no es morir. Lo tuyo es narrar el camino. 

Y desapareció como si nunca hubiera estado con nosotros. 

El lobo avanzó un paso. 

—Vamos, queda mucho por recorrer y todavía no escribiste la parte en donde salís. 

Sonreí, con ese humor oscuro que me salva y me condena algunas veces y otras no tanto. 

—¿Y si no hay salida?

El lobo me miró con una ternura salvaje como si me conociera mejor que yo. 

—Mejor, más material para seguir escribiendo. 


Capítulo 1 

La vorágine de los nombres 

El jardín dejó de parecer fauna verde y empezó a parecer biblioteca abandonada.

Entré a una sala que olía a papel quemado y húmedo a la vez. En las paredes colgaban algunos nombres. El que usé a los doce o trece, el que dejé tirado a los quince. El que quise destruir a los veintitrés y el que me inventé a los veintiséis para no morir en el intento. Cada nombre estaba escrito con una letra distinta, como si varias personas hubieran pasado por mi antigua vida sin avisarme que todas eran partes de mi yo fragmentado. 

El lobo entró detrás mío, sacudiéndose el polvo del tiempo perdido. 

—No toqués nada —dijo, sobresaltado—. Si agarrás un nombre viejo vas a volver a serlo. 

—¿Y eso… sería malo? —pregunté—, mirando uno que decía “el ingenuo”.

Con una mirada honesta y bestial, el lobo dijo: 

—Sería mentira.

Hubo un silencio largo, casi cómodo, entre los dos. 

Había un nombre que estaba tirado en el piso, que decía lo siguiente: “El que sobrevivió sin querer”. 

No lo levanté, solo lo miré. 

—Ese te queda bien. 

—No sé si me gusta.

—Los héroes tampoco eligen sus nombres. Les caen encima, de prepo —dijo el lobo. 

Recorrimos toda la biblioteca, y justo antes de salir, en una pared humedecida por moho vi una etiqueta oxidada con un nombre raro. Llegué a leer apenas, que decía: “LeónRots, el escritor”, con la letra un poco borrosa. Una letra que parecía ir desapareciendo lentamente. 

—¿Y eso, qué mierda es? 

—¿Qué cosa ? 

El nombre se había desvanecido por completo. El lobo nunca lo vio. Y yo no supe si alguna vez lo había visto o si solo se me hizo. 


Capítulo 2 

El espejo mentiroso

Salimos de la biblioteca abandonada, y avanzamos hasta un corredor donde un único espejo ocupaba todo el muro. Me acerqué para mirarme y casi retrocedo quince años. Era joven, joven de mentira. Con la tristeza intacta, eso sí, pero sin canas o arrugas. Sin golpes o cicatrices. Sin aprendizaje. 

—Ese no sos vos. 

—Si, soy yo de antes. 

—No, sos vos sin camino. Sos vos sin jardín. Sos vos sin lobo. 

La imagen del espejo sonrió. Era una sonrisa desesperada, arrogante, como todos los que creen que la tristeza es especial solo porque es nueva. 

El lobo gruñó, y el espejo, gradualmente, empezó a agrietarse. 

—Andate —le dijo al reflejo—. No te necesita. 

El vidrio se astilló y paradójicamente, mi vieja versión más joven se desperdigó entre los fragmentos.

—¿Por qué te enojaste? 

—Porque te mentía, y vos casi le creés. 

—Bueno che, soy culpable. Es que los años no vienen solos, querido lobo. Uno se cansa.

El lobo apenas sonrió. Sigamos —dijo—, mirando una esquina del jardín que parecía perderse ante sus ojos.


Capítulo 3 

El descanso infinito 

Llegamos a un rincón donde no pasaba nada. No había luz, ni sombra, ni sonido. Era la nada misma. 

Mi mente quiso llenarla con pensamientos, y fracasó. La memoria probó con algunos recuerdos. Tampoco. 

—¿Y este lugar, qué es?

—Donde venís cuando ya no podés más. 

—¿Y qué hago acá? 

El lobo me olió como detectando la temperatura del alma. 

—Descansás. 

Me senté en el suelo —o en algo parecido a un suelo. No había emoción, dolor o memoria, sólo un paréntesis. 

—Que raro descansar che. Siempre pensé que era para gente sana. 

—Vos descansás de otra forma pibe. En silencio, hasta que volvés a caminar o a escribir. 

Estuvimos un buen rato así… sin tiempo, sin edad, sin miedo y sin culpa —sobre todo sin culpa. 

—Vamos —dijo el lobo—. Suficiente descanso por hoy. El jardín no se va a recorrer solo.

Capítulo 4 

El origen

El lobo nació cuando pensé, por primera vez, que tal vez desaparecer era una buena idea. No afuera. Nació adentro. En algún rincón del cuerpo, dónde la tristeza se vuelve hueso y el miedo se vuelve músculo.

Era una noche sin luna, sin sentido, sin ganas de seguir existiendo. Yo estaba sentado en el jardín, mirando un punto fijo del mundo, sintiendo que todo era demasiado. Demasiado dolor. Demasiado ruido. Demasiada vida. Y justo cuando pensé en rendirme, algo gruñó dentro de mi pecho. No eran los latidos del corazón. Era un animal salvaje, oscuro y primitivo, que se negó a morir conmigo. No me mordió y no me abrazó, solo dijo: no todavía. Y eso me detuvo. 

Con los años el lobo fue creciendo, alimentándose de mis deseos de desaparecer y de todas las veces que dije “ya está”. De las noches más oscuras, cuando el silencio parecía un cuchillo que cortaba en juliana los mejores recuerdos. 

El lobo no es la fuerza, es el instinto que se niega a aceptar un final sin dar pelea. Por eso me acompaña, porque una parte de mí decidió seguir viviendo, incluso cuando yo no quería.


Capítulo 5 

El pacto preestablecido 

La muerte y yo hicimos un pacto silencioso, fortuito, clandestino. Fue una madrugada de esas en las que uno ya no tiene más lágrimas y solo queda la torpe respiración, todavía insistiendo. No hubo sangre, ni firma, ni promesas solemnes. Solo esto: 

—¿Querés venir conmigo? —preguntó—, sentada en el borde de la cama. Sin cuerpo o forma. Sin ningún apuro. Sin seducción… y sin amenaza.

—No sé —respondí—. Estoy cansado. 

—Te creo —dijo—. Igual, todavía no te toco. Pero ojo, no porque no quiera, sino porque todavía no es el momento. 

—¿Y cómo sabés cuándo es?

—Cuando dejés de escribir —respondió—. Cuando el lobo duerma. Cuando el jardín deje de moverse. Ahí te reclamo. 

Pacto sellado: mientras escriba, no me toca. Mientras el lobo siga despierto, no me reclama. Mientras el jardín exista, sigo vivo.

Y lo aceptó así, con su calma eterna. 

—Yo no soy tu final —dijo—, antes de irse. Soy tu deadline. Tu trabajo es caminar. El mío, esperar.


Capítulo 6 

Todavía no 

Realmente, nunca supe cuánto tiempo pasó desde que salimos del rincón y volvimos a caminar por los senderos. Cuando de pronto, llegamos al lugar más imposible de todos, como si el jardín tuviera sentido del humor y hubiera puesto ahí un bar o algo parecido. Una especie de patio interior, con barra incluida, eso sí, y con una mesa redonda en el centro y tres sillas alrededor. 

El lobo se sentó en una, cruzando las piernas lo más natural posible, con una elegancia envidiable. 

—Sentate con toda confianza —dijo—, agarrando el respaldo de otra silla. 

—¿Y la tercera?

El lobo señaló detrás.

La muerte apareció de la nada y ocupó otra, con gran tranquilidad, como si fuera invitada Vip. 

—Qué reunión tan linda —dijo—, sin voz, pero con una ironía muy pura. 

No me senté. Me quedé parado, algo incómodo. 

—¿Esto es un juicio?¿Una despedida?¿Una intervención?¿Qué mierda es? 

—No seas dramático y relajate un poco —dijo el lobo sonriendo—. Si esto fuera un juicio como decís, yo seguramente sería tu abogado. Y si fuera una despedida, ella ya te habría tocado. 

La muerte levantó una ceja que no tenía y dijo: 

—No lo asustés. Todavía me entretiene vivo. 

—Ah… bueno —dije—, resulta que ahora soy entretenimiento. 

—Peor sería ser comida —dijo el lobo—, o poema, eso sí que sería trágico. 

Por fin me senté. La mesa estaba vacía, pero parecía estar llena de todo tipo de cosas que no se veían a simple vista. 

—Entonces… ¿para qué estamos acá? Me explican, si son tan amables. 

La muerte me miró con ese vacío que pesa más que cualquier mirada sostenida. 

—Para recordarte el trato. 

—¿Qué trato? 

—El que hiciste —intervino el lobo—. Mientras caminás vivís. Mientras escribís, seguís caminando y mientras yo esté despierto ella no te toca. 

—Ah… —dije—. Ese trato. 

La muerte entrelazó los dedos de sus manos imaginarias.

—Te lo resumo: no morir antes de tiempo, no vivir por inercia y sobre todo no escribir pura mierda. 

—¿Y si lo rompo?

—Si, eso. ¿Y si rompe el trato? —replicó el lobo—, con una ingenuidad que nadie podía creer del todo. 

La muerte sonrió apenas. El jardín se estremeció un poco. El lobo gruñó, algo enojado. 

—Entonces dejo de esperar. 

—¿Y si lo cumplo? 

La muerte se levantó y caminando hacia la oscuridad, dijo: 

—Te doy algo de tiempo. 

El lobo también se puso de pie o de patas. 

—Sigamos. No tenemos eternidad… o sí, pero hay que usarla bien. 

El jardín abrió un sendero nuevo, respirando profundo como si recién se despertara de una larga siesta. El lobo avanzó unos pasos. Yo lo seguí, y antes de entrar miré hacia atrás. 

La muerte se quedó observando y me saludó con un gesto mínimo que podía significar dos cosas: 

Nos vemos pronto o todavía no.


Capítulo 7

El bar existencial 

El jardín decidió que esa noche sería un bar existencial. No pregunté por qué. 

La lógica de los jardines no necesita explicación. 

En el centro, una mesa redonda con tres sillas. Ya mencionadas en el capítulo anterior. 

Una para mí, otra para el lobo y otra para… ella. 

—Y… bien —dije—, tomando asiento ¿quién invita? 

El lobo se sentó sacudiéndose las orejas. 

—Yo —dijo—. Pero ojo, solo invito mates fríos con edulcorante y me los cobro con sustos. 

La muerte apareció en silencio. 

—¿Vos también aceptás ironía? —le pregunté. 

—La ironía es mi plato favorito —respondió, levantando su ceja inexistente. 

Cebé un mate y dije: 

—¿Quién quiere el primero? 

El lobo dió un sorbo imaginario y me miró diciendo: 

—Nunca entendí por qué los humanos se emborrachan con yerba. Nosotros preferimos morder.

—¿Morder qué?

—La vida —gruñó el lobo—, pero con estilo. 

La muerte miró atentamente el mate. 

—¿Así que, este es tu ritual? Es ridículo, aunque algo entretenido. 

—Perfecta definición —contesté—. Y mientras me distrae, vos no me tocás. 

—Negociación inteligente — admitió—. Pero no te creas, soy paciente, mucho. Y aburrida que no lo aguantarías. 

El lobo me miró con una sonrisa de costado muy parecida a la mía. 

—Paciencia no significa que no me divierta con tu desgracia.

Entonces, somos un buen trío —dije—. Vos vigilás, ella espera y yo… sobrevivo. 

—Exacto —dijo la muerte—. Mientras no escribas mal —por supuesto— me seguís entreteniendo. 

Me tiré hacia atrás con la silla y con las manos en la nuca, dije: 

—¿Y si dejo de hacerlo? 

Ella suspiró, cansada de explicar lo obvio. 

—Entonces dejo de esperar y te comés los senderos vos solo. 

—Perfecto —dije—. Los senderos a la provenzal que sirven en este bar son espectaculares. Lo recomiendo. 

El lobo soltó un gruñido que era casi una carcajada.

—Eso es humor negro, humano. Bien hecho. 

—¿Y si quiero más? —pregunté. 

—No hay devolución —respondió la muerte—. Una vez servido es para toda la eternidad. 

Nos quedamos en silencio. Humano, ironía y sarcasmo. Tres invitados que no fueron invitados, burlándose de la vida, la muerte y la escritura, en un bar que no existía a la diez de la noche. 

El jardín exhaló, y después abrió otro camino murmurando: 

“Si quieren más humor negro, el bar ya está cerrado” 

La muerte apenas sonrió. El lobo me guiñó un ojo. Y yo me levanté, listo para seguir caminando.


Capítulo 8 

El mate frío 

El jardín decidió que esa mañana sería un lugar para conversaciones improductivas y para tomar mate. No pregunté, ya me había acostumbrado a que sus decisiones no tienen sentido. O tal vez si. No sé. 

Me encontré con el lobo junto a un charco que olía a tiempo estancado. 

—¿Esto es agua o resaca del jardín?

—Agua para los vivos y resaca para los que creen que morir es cosa fácil —dijo el lobo—, encogiéndose de hombros.

La muerte apareció detrás de un árbol que antes no estaba.

—¿Quién olvidó limpiar la mesa? —dijo divertida. 

—Yoooo —respondí—, con varias “o” en el “yo”. Pero lo compenso con ironía, mate caliente y supervivencia. 

El lobo me miró y dijo: 

—La ironía no es suficiente pibe. Tenés que agregar sarcasmo o me voy a dormir en tus peores pesadillas. 

—Joya —dije—. No hay mejor desayuno que mate frío y amenaza dulce de lobo con manteca. 

—Y muerte —reclamó ella—. No te olvides de mí.

Me encogí de hombros. 

—Sigan… los escucho. 

—Esto es un ritual —dijo el lobo—. Mientras exista el mate frío y el sarcasmo, el lector no muere de aburrimiento ni yo me quedo sin diversión. 

La muerte asintió. 

—Ni yo. Todo está controlado… hasta que alguien pierda el hilo.  

Me reí.

—Por qué será que siempre pierdo el hilo —dije—, rascándome la cabeza. 

—Por lo mismo que seguimos jugando —dijo el lobo—. Y por eso me río cómo me río. 

El jardín se estiró, bostezó y abrió un sendero nuevo. 

—Otra ronda de mate frío —susurró la muerte—, pero esta vez, sin edulcorante. 


Capítulo 9

El pequeño apocalipsis 

Afuera, la ciudad seguía girando sin sentido, como siempre. Adentro, la muerte y el lobo me esperaban con caras largas.  

—Hoy es el día del pequeño apocalipsis —dijo el lobo. 

Yo sonreí.

—¿Pequeño?¿Qué tan apocalíptico es eso? 

—Lo suficiente como para arruinar el mate y tus planes de seguir viviendo —respondió.

La muerte bostezó. 

—Si no fuera por el humor de este humano, sería muy aburrido. 

—¿Y por qué me esperan para decirme eso?

—Porque sos divertido —dijo el lobo—. Y además, porque necesito seguir practicando mis ataques de sarcasmo mortal. 

—¿Sarcasmo mortal? Eso suena doloroso. 

—No duele —dijo la muerte—. Solo te hace pensar que duele, y eso alcanza para asustarte. 

—Que hermoso… —dije—. Que me asusten mientras sobrevivo, así se siente vivir esta vida de mierda. 

El jardín abrió una ventana, y por un instante, vi la ciudad desde adentro como un teatro de luces y sombras, grotesco y brillante al mismo tiempo. 

—Eso, sigan riendo —susurró la muerte—. Todo lo demás es solo práctica para la eternidad.

Y la ventana se cerró. 


Capítulo 10

El club de los inútiles 

Llegamos a un salón lleno de objetos que no servían para nada: celulares con teclado, libros de autoayuda, fotos de exparejas, relojes rotos, paraguas agujereados, espejos opacos y otras chucherías. 

—Bienvenidos —dijo el lobo—. Esto es el club de los inútiles. 

—¿Y yo por qué estoy acá?

—Porque escribís cosas que nadie entiende y aún así sobreviven a la ironía —dijo la muerte—. Eso es suficiente. 

Agarré un paraguas que parecía un colador chino.

—¿Y esto, para qué sirve? 

—Para que puedas ver la lluvia sin mojarte —dijo el lobo—. Ironía de las más pura. 

—¿Y el espejo que no refleja nada? 

—Para que veas quién sos cuando nadie te está mirando — dijo la muerte—. Humillación poética gratuita. 

Me reí. 

—Me sirve —dije—. Soy humano, escritor y objeto inútil en un club privado. 

—Eso, exacto —dijo el lobo—. Bienvenido al jardín de las orquídeas y esto recién empieza. 

El jardín ramificó sus caminos, prometiendo más humor negro, más absurdos y más reflexiones que nadie pedía pero que todos necesitaban.

Último capítulo

Morir con estilo 

El jardín decidió que esa mañana, esa noche o esa tarde, sería la última. O la primera de siempre. 

No pregunté, ya no tenía energía para preguntar. 

El lobo se estiró en el piso como preparando un salto olímpico, que claramente, no iba a dar. Después se acostó. Yo me senté al lado suyo.  

—¿Sabés lo me gusta de este jardín? —dijo—. Que nadie te entiende, y eso me divierte. Me divierte mucho. 

—Esa es la mejor parte —dije, sonriendo—. Ser incomprendido es gratis, eso me tranquiliza y también me libera de charlas tediosas. 

La muerte apareció como acostumbra, de la nada y sin previo aviso. Todopoderosa, eso sí, y con esa ceja inexistente que ya me conocía mejor que yo mismo. 

—Se acabó la yerba, humano. Y no, no hay reposición.

—Gracias por avisar —dije—. Eso es justo lo que necesito en este momento, deshidratación combinada con ansiedad existencial. 

El lobo gruñó y se levantó. 

—Antes de que alguien se ofenda por seguir viviendo, propongo tres simples reglas: 

1 – Nadie muere hoy. 

2 – Nadie escribe peor que antes. 

3… y la más importante, nadie pierde la ironía, que es el único escudo que tenemos contra la mierda del mundo. 

—Acepto —dije—. Pero ojo, sin traicionar, aviso que a veces mi escudo puede ser un sarcasmo mortal y no me hago cargo si alguien sale lastimado. 

La muerte se inclinó, casi rozando mi oreja, con su aliento que olía a eternidad y a paciencia infinita. 

—Te dejo elegir entre: seguir caminando, seguir escribiendo, seguir sobreviviendo o empezar a creer que esto tiene algún sentido.

—No, gracias —respondí—. Prefiero el caos organizado y la ironía, que se ve mucho mejor desde el borde de la mierda. 

El jardín estornudó y un sendero nuevo apareció, después se cerró y empezó a respirar a nuestro ritmo. Entonces apareció una puerta. 

—¿Eso es lo que creo que es?

—No —dijo el lobo—. Eso es un consejo con forma de puerta. Igual podés atravesarla y después arrepentirte, si te animás. 

La muerte sonrió, por primera vez sin ironía. 

—Y si te caés, al menos tenés compañía. 

Me levanté con los pies cansados, el alma un poco rota y la sonrisa torcida muy parecida a la del lobo. 

—Estoy listo. Vamos a caminar, entonces. A perderme un rato más… y ver qué pasa.

El lobo me siguió, oliendo sombras y pasados, moviéndose como si el tiempo no existiera. 

La muerte me acompañó, silenciosa pero atenta, con esa mezcla de paciencia y burla que hace que uno quiera seguir vivo solo para ver que mierda habrá después. 

El jardín nos esperaba con las orquídeas murmurando: 

“Así como un amor temprano nace y muere, la alegría tiene fecha límite. Diviértanse mientras puedan, que esto todavía no empezó”. 

Sonreí. De puta madre —dije, agarrando el mate que aún seguía sobre los ladrillos—. Y si muero, que al menos sea con estilo. 

Estábamos listos. Yo, humano con el mate en la mano y sarcasmos de sobrevida. El Lobo, puro instinto y algunas sonrisas torcidas. La Muerte, espectadora, lista para intervenir… o no.

Así que caminamos los tres, sin destino, sin final, porque los finales son un poco aburridos y nosotros estamos hechos para el caos, la ironía y el humor negro.

Sin embargo, cuenta la leyenda, que el secreto que aún se guarda en las orquídeas del jardín, con ellas también se morirá. 

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