Lo que había que aprender

Aprender a apretar los puños, es el comienzo.

Cuando naces y apenas comienzas a mutar a viejo, ya empiezas con el trasiego de andar entre oraciones, casi todas fraudulentas.

En tanto la ambición corona tu calvicie, comprendes que esa aureola también es para los irredentos de siempre, das por hecho la igualdad que te mereces.

Ahora ya puedes quitarte tus falsos dientes, sin que te importe mucho, sin que te importe nada.

Ya eres un humano maduro, lo sabes de pronto, como si fueras un Illuminati de Baviera,

y te atreves a leer las frases más atrevidas, hechas por un ser de gran solvencia,

en las puertas de los urinarios públicos, sin apenas ruborizarte.

¡Soy casi un profeta!, piensas.

¿Hacia dónde vamos?, ¿para qué estamos aquí?, ¿cuál es nuestra misión en este mundo?

Y así llegas al final de esta vida, entre tantas preguntas,

donde todo se resuelve en los viajes por la Luna, la Meditación Transcendental y comer verduras frescas.

Y ya casi en tu final te arrojas a lo desconocido, con un paracaídas cuántico, unas fórmulas matemáticas del siglo pasado, que nunca has entendido, pero lo das por hecho, después de haber aprendido, lo que crees que tenías que aprender…

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