ALBA & AMÓN
Amón caminaba hacia el bar “Circa Diem” que se encontraba en diagonal a una esquina en la Avenida Kepler, eran bien entradas las siete pero acaso pudiese confundirse con una hora oscura de aquellas que suceden en invierno con ventisca y pocas estrellas; cuando hubo entrado después de mirar su reloj dorado escogió un sitio alejado de la barra, en realidad aquella mesa donde se había situado parecía dar la impresión de ser un vértice panorámico, alejado del resto sin ninguna característica notable salvo una pequeña ventana a su costado izquierdo, tras divagar en sus pensamientos por un tramo de nueve minutos decidió que fumaría y bebería un trago de Gin Mare con Malbec y shrub de ciruelas.
Mientras esperaba presintió dentro de su pecho una pequeña punzada que lo habría hecho romper en llanto de no haber sido porque de improviso una mujer con abrigo, labial rojo y un lunar cerca de su labio superior, robó su atención. ¿Qué tenía de singular esa mujer que en apenas segundos se había hecho dueña del lugar?, quien estuviese cerca pudiese dar fe que con su presencia parecía iluminar cada rincón. Sin embargo, Amón ya no la miraba.
Tras unos minutos, Amón se había sorprendido al percatarse del tamaño de la luna, se le ocurrió que quizá se debía a que el vidrio de la ventana deformaba la proporción de las cosas pero aquel pensamiento fue desvaneciéndose hasta convertirse en nada por el timbre de voz de aquella mujer que sostenía en su mano izquierda un Té de Primavera.
-Esa es la “luna del cazador”, por eso su enorme tamaño-, dijo Alba con voz lúdica.
-Ya veo-, respondió Amón en un tono desinteresado.
Sin embargo, acordaron acompañarse esa noche en el bar, en un primer momento intercambiaron dos o tres palabras más para rellenar el silencio que por entablar una verdadera conversación; Alba escribía en una servilleta con una pluma de tinta negra, subía su mirada a ratos mientras en su semblante se dibujaba una pequeña sonrisa burlona puesto que cayó en la cuenta de que se estaba comportando como una niña. Cuando concluyó deslizó la servilleta sobre la mesa hasta llegar al posavasos de Amón. <=»»>. Alba sabía leer bien a las personas y en breve supo que Amón se encontraba falto de buenos ánimos, sin poder explicarse el por qué ello le inspiraba ternura.
-Me llamo Amón-
-Y yo Alba, es la primera vez que te veo en mi bar-
-Disculpa que no te hable es sólo que no tengo nada que decir y hoy no planeaba tener compañía-
-Entiendo Amón pero en vista de que no tienes nada mejor que hacer y, además, estás solo no tienes más remedio que hablar conmigo-
-Bien, hablemos-, dijo de manera mecánica.
De fondo se escuchaba una canción de bossa nova, el ritmo sincopado del sur de Brasil ambientaba el lugar, haciendo juego con las miradas instantáneas que compartían Alba y Amón; la mujer que cantaba tenía una voz de barítono que sabía usar de manera que le resultaba fácil regular el tono para mantener la fuerza sin llegar a ser atronadora.
-La mujer del fondo, la que canta “Corcovado” de Tom Jobim aprendió a hablar gracias a la música, el arte fue su primer lenguaje ¿no es acaso eso algo casi tan hermoso como el nacimiento de una pequeña criatura que se ha estado formando en el vientre de su madre y después de tantos meses por fin respira por primera vez con sus propios pulmones, gracias a su hermosa naricita que es tan pequeña que da risa verla?, a mí me parece que sí, que es algo hermoso que aquella mujer haya aprendido a expresarse a través de la música porque en el arte no importan las reglas que le hemos dado al lenguaje y por consiguiente se desbloquea un mundo totalmente libre, un mundo precioso porque es infinito, te digo esto porque yo tengo plena convicción de que cada persona en este bar tiene el poder de descubrirse a sí mismo, por ejemplo, ese muchacho de allá- lo dijo señalando con su dedo índice- está perdido en el mundo, lo puedo ver, es triste porque… mira lo joven que es… lo aflige quizá la muerte de su perro que fue envenenado hace seis noches, o tal vez lo que motiva su tristeza es paradójicamente la paz de la que ahora goza, míralo con detenimiento, no disfruta su soledad y eso es síntoma de lucidez ya que puedo inferir que en el pasado ha contado con compañía y a las personas que se acostumbran a la compañía de terceros les ocurren principalmente dos cosas: se olvidan de dedicarse tiempo a sí mismos y eso implica que se desacostumbran a tratar consigo mismos; y, caen en un vórtice de aflicción cuando comprenden que, en verdad, nunca estuvieron acompañados, me figuro que eso le pasa a nuestro joven pero no tengo plena certeza, a lo mejor me equivoco y este momento de desconexión con el mundo exterior le resulta hermoso porque gracias a ello está descubriendo su ser pero sea como fuere él no me interesa, tampoco la mujer que canta, o la pareja en la mesa ocho que acaban de celebrar su décimo quinto aniversario, no, nadie en mi bar me interesa ni nadie me ha despertado verdadero interés salvo tú, Amón, y es porque a diferencia de todos ellos y de los que han visitado mi bar, ninguno ha escapado de mi habilidad por leer a las personas pero a ti no te he podido descifrar… aún-, concluyo Alba con una expresión de confianza.
Amón había quedado perplejo por la manera en la que Alba hablaba, supo que había captado su atención como quien se está quedando dormido hasta que sin advertirlo despierta al siguiente día sin recordar en qué momento exacto fue que se cerraron sus ojos.
-Estoy convencido de que no se te complicará poder leerme-, respondió Amón finalmente.
-¿Acaso me estás retando?, exclamó Alba aguantándose la risa, -pues bien, acepto el reto, pero me parece que yo estoy hablando más que tú, habla que el lenguaje no se agota, háblame sobre lo que piensas detrás de esa mirada de soñador y no lo digo porque pareciese que no has conciliado el sueño en meses, ¡necesitamos café!, haré que nos lo traigan, un café cortado y uno americano, soy la dueña así que no tardarán… pero ya, hablando en serio, cuéntame algo, dame pistas, empieza por relajarte que te noto tenso, mira mis ojos y empieza a decir cosas, lo que sea-, concluyó Alba
-Ya hablaré de mí, pero primero quiero sacudirme una duda que me surgió sobre tu teoría y es que dijiste que para ti todas las personas tienen el poder de descubrirse a sí mismas, entiendo que decir “personas” te incluye a ti, ¿Cómo te descubriste?-, preguntó Amón con verdadera curiosidad.
-Me descubrí como se descubren los tesoros: hurgando tierra… una mañana debajo de un árbol de mandarinas, yo habría tenido cinco o tal vez seis años, estaba meciéndome en una hamaca y cerré mis ojos, recuerdo muy bien la calidez de mis párpados y de repente sentí unas ganas incontrolables por reír, fui muy feliz en ese momento, lo tengo tan presente aunque haya sido hace mucho tiempo porque es algo digno de conservar vivo dentro de mí, me recuerda que estoy viva; pero volviendo al tema, sentía tanta plenitud y no estoy segura del todo si fue real, un sueño o producto de mi imaginación; pero fue como si, de improviso, hubiera anochecido en minutos, sentí mucho frío y dentro de mí, no sé qué fue, quizá mi alma o mi mente pero era una oscuridad que devoraba la mirada de los ojos que la veían, pero yo no me rendí y deseaba con todas mis fuerzas encontrar algo, cualquier cosa pero que iluminase ese espacio oscuro lleno de nada, el peso del tiempo me golpeaba fuerte porque parecía que habían pasado ya varias horas y no encontraba nada, hasta que escuché tan nítida y claramente los latidos de mi corazón, lo que me condujo a encontrar una resplandeciente roca preciosa, era una gema muy hermosa similar a una painita, con un color tan perfecto y brillante que disipó toda esa oscuridad. Cuando abrí mis ojos todo había cambiado, permanecía en la hamaca y no habían pasado ni tres minutos pero me daba cuenta de cómo esa euforia, toda esa paz y alegría se desvanecían como se desvanecen los recuerdos de un verano perfecto, entonces comprendí que había cobrado consciencia y que esa piedra que iluminó mi ser interior fue: el amor-, respondió Alba con gesticulaciones en su rostro que delataban ciertos signos de entusiasmo, le hacía ilusión hablar sobre ese momento, luego comprendió que una vez más era ella la única que monologaba sus pensamientos.
-El amor-, dijo Amón y, añadió -… es algo indefinible y, sin embargo, todos sabemos lo que es, se complica encapsular por medio del lenguaje algo tan inmenso y subjetivo, la definición inserta en diccionarios cumple la función de establecer un “consenso general” sobre su significado pero el amor es mucho más que lo que dicen los libros, es algo inverbalizable. Hablando desde mi experiencia la aproximación que se me ocurre en este momento sobre lo que es el amor, para mí no es otra cosa que uno de los tantos nombres de Dios, otra forma de decir libertad, el amor es un sinónimo de vida, y yo… tengo el alma podrida-
Alba, al escuchar las últimas palabras de Amón, quedó absorta y no replicó nada pues en aquel momento lo que la dominaba no era la curiosidad sino la sorpresa, el rechazo y la incertidumbre. ¿Cómo es posible que alguien que considera el amor como un equivalente de vida y libertad tenga el alma podrida?
Hubo silencio. Alba permanecía con una actitud renuente como si no diera crédito a lo que había escuchado, le parecía inverosímil o un delirio; empezaba a cavilar en su mente muchas explicaciones lógicas a lo que Amón había dicho sin lograr acertar, sin convencerse por ninguna.
Amón, presa de un deseo por continuar explicándose como quien por vez primera cuenta con alguien que le presta oídos, dijo un poco exaltado:
-Personalmente y, contrario a ti, yo no puedo asegurar que todas las personas sean capaces de descubrirse. El mundo, al igual que las personas y el tiempo, hace muchos estragos; soy de esta opinión porque personifico esa idea, no me descubro, yo me construyo a partir de lo que la vida me ha dado (y quitado), pero para mí una persona nunca es cien por ciento autónoma, existen condiciones que nos frenan y por consiguiente no se es libre jamás, ni siquiera quiero enumerar las restricciones con las que nacemos, peor todavía las que adquirimos y por si fuera poco las que nos impone la estructura social una vez que hemos crecido, pero eso no importa porque es imposible cambiar ese defecto humano, ese mismo defecto que ha sido el responsable de nuestra continua fijación por destruir todo, incluso a nosotros mismos. ¿Tú, Alba, realmente quieres leerme? te confesaré tres cosas: la primera es algo que ya sabes, lo dije hace un instante pero ahora me interesa profundizar… tengo el alma podrida pero no especules que lo digo a la ligera, no es una licencia poética ni nada que se asemeje, es una verdad indubitable, tengo podrida el alma pero no porque en ella albergue sentimientos nocivos, todo lo contrario, en ella he preservado quizá lo más puro de mi existencia: el amor. Mi segunda confesión es que no me interesa ser leído por ti, si quieres hazlo pero de todas formas nunca llegarás a una lectura íntegra, tendrás que satisfacerte con una lectura superficial y, aunque me propusiera explicarte con palabras el significado de mi espíritu, no lo lograría… tú dices que el arte desbloquea un mundo libre, precioso e infinito, ¿es realmente así, o tan sólo es una expresión más embellecida de la incapacidad que tiene el ser para definirse o ‘descubrirse’? Claro que abre las puertas hacia otro mundo que podrá ser precioso pero sin duda no es libre; finalmente, mi tercera confesión es que yo soy el culpable de que mi alma se haya podrido, la culpable no es la mujer que amé, tampoco las circunstancias, el azar o la vida que me fue sorteada, he sido yo el victimario-, respondió Amón.
Alba experimentó un sobresalto al oír lo que acaba de decir Amón, su expresión facial denotaba que sus palabras habían removido algo en sus adentros, después de encender un cigarrillo, sonrío tímidamente y, finalmente, se decidió por decir:
-“no es la mujer que amé”, ahí está la razón que te ha traído a este bar de lágrimas, en parte por lo menos, ¿Qué fue de ella?-, preguntó Alba con auténtica curiosidad.
Amón resistió el impulso de sonreír e inmediatamente después de sorber el café se incorporó un poco más animado y mientras le sostenía la mirada a Alba empezó a hablar:
-Su nombre era Nina…-, dijo atropelladamente
-¿Era, quieres decir que ha muerto?-, le interrumpió Alba.
Tras unos breves segundos, sin que viniera a cuento, Amón preguntó:
-¿Has observado el mar?-
-Sí, lo he hecho, por un tiempo viví en la costa atlántica de Colombia-, respondió Alba como ensimismada.
-Quiero decir… ¿Realmente has observado el mar?-
-Bueno, depende de lo que entiendas por “observar el mar”-
-Yo he estado en un lugar que no existe, un espacio liminal en el que abandoné un pedazo de mi ser y nunca más lo he vuelto a encontrar… pero he meditado desde aquel entonces y llegué a concluir que ese lugar liminal, sin un espacio definido en el mundo fue una proyección de mi estado de consciencia, creí eso durante mucho tiempo pero no, nunca me convencí del todo, fue algo diferente, algo que no puede ser aprehendido por la razón…- Amón no habiendo concluido lo que decía decidió esperar un momento para reorganizar sus ideas, luego retomó-… cuando te encuentras solo, frente al mar y ves la manera en la que se despliega a tus pies, justo desde la punta de tus dedos hacia el horizonte donde a veces se confunde con el brillo del sol cuando empieza su declive, en ese mismo instante lleno de sueños, vida, naturaleza y esperanza, parece que nada es importante, lo cual es verdad, nada es realmente importante excepto ese breve momento de lucidez perfecta, esa complicidad con el mundo y el tiempo porque ves como el tiempo empieza a diluirse con el agua al igual que tus preocupaciones, tus temores y la incertidumbre; consolidas el dominio frente al mundo porque el mundo en ese momento no es más que una imagen que ocupa el espacio de una lágrima que al igual que todo se une al océano y; después de sentir el frío que deja esa lágrima al recorrer tu piel, sonríes y levantas tus brazos hacia las estrellas y podrías jurar que sonríen contigo, te sientes unido con todo y a la vez con algo más allá, más allá de ese horizonte dorado, más allá del mar y el viento, más allá de lo que has visto, más allá de todo lo comprensible-
Una vez pronunciadas aquellas palabras el mutismo era estridente y Alba había sintetizado cuanto pudo discernir entre las ideas de Amón y las suyas que se contradecían entre sí, en su fuero interno después de debatirse y refutarse edificó una columna sólida que le sirvió de ancla, respiró con fuerza mientras organizaba milimétricamente su respuesta, acaso para que no se cuele una brizna de escepticismo que comprometa el fondo de lo que estaba a punto de expresar.
Alba sostuvo un monólogo que encandiló a Amón pues había atinado a una fibra sensible y quizá la causante del dilema que había orillado a su interlocutor a considerar que preservar el amor dentro de sí le significaba lo mismo que tener su alma podrida: -Es cruel cobrar conciencia de que en nuestro afán por estar buscando algo todo el tiempo sin saber con certeza qué es exactamente lo que se busca terminamos por perdernos a nosotros mismos y lo más siniestro es que siendo conscientes de ello continuamos gastando todo el tiempo que se nos entrega como un «infinito» que es infinito pero sólo en apariencia porque observamos la consecución de los días y nos resulta natural, cotidiano, lo damos por hecho y justo cuando estamos convencidos de su eternidad, de pronto, despertamos y sin ningún tipo de aviso, en seco frenamos ante la realidad, tocamos con las manos cuán líquido es el tiempo y dentro de nosotros aflora un sentimiento nocivo que nos funde a nuestros arrepentimientos; así me sucedió un día cualquiera a principios de abril, ese día corriente sin nada destacable envié una carta cargada de amor que en su última entrada antes de mi firma escribí:
» Y para finalizar con mi intento por exponerte lo que he preservado con esperanza y ternura a lo largo de este largo espacio de tiempo que habita en la distancia que nos separa, quiero decirte que te extraño y no lo digo a la ligera sino que lo hago desde lo más real que poseo, es decir, desde mi efimeridad en el mundo, te extraño ahora y te amo ahora, en este minuto mientras mi corazón se contrae lastimado, te guardo siempre junto a mis buenos deseos, te imagino con incalculable intensidad para coincidir por lo menos en un pensamiento que dure un segundo.
Abrígate que las lluvias de abril pronto empezarán.
Anhelando tenerte conmigo.
Alba, tuya.»
Reafirmo lo que dije en un principio, sí, es cruel saber que el tiempo se termina y que su infinitud es una ficción, pero quizá sea más cruel lo que significa en verdad abrazar ese hecho, ya que con vernos enfrentados a nosotros mismos en él, en el presente (que es el único tiempo que realmente existe), nos incomoda. Sabernos fugaces, en consecuencia, nos inquieta ser presentes, ¿Es acaso poco tener la satisfacción de haber vivido algo o meramente la satisfacción de vivir y ya? ¿Por qué empeñarnos es recordar sin parar los tiempos pasados y no dignificar los corrientes?, a mí me llena el corazón el simple hecho de aceptar la impermanencia, el sufrimiento y la alegría, lo que rodea a mi mundo, el océano, como tú lo acabas de decir… dejaste en el mar un pedazo de tu alma que no los has vuelto a encontrar entonces quizá la solución sea saber mirar con más detalle y sentir verdaderamente esa conexión que acabas de compartir, eres capaz de sentir amor y el simple hecho de cuestionarte sobre si aún eres capaz de sentir amor es una prueba de que estás vivo y el alma con el cuerpo a veces actúan como una unidad y si tuvieras el alma podrida estarías muerto, descomponiéndote bajo tierra mientras el mundo sigue su curso como lo hacía antes de que vengas y continuará por siempre hasta que te vayas-
Cuando Alba había terminado parecía exhausta pero satisfecha pero Amón tenía una mirada fría, casi inquisitiva y con un aire de rabia; al notar esto, Alba, volvió a respirar con fuerza y dijo:
-Si por mí dependiera me haría cargo de lo que me aqueja, de lo que me produce desasosiego y lo resarciría, yo también he perdido gente que he amado. ¿Sabías que toda la vida está escrita con el mismo lenguaje genético?, y si todos vivimos en una suerte de holismo existencial, quisiera reorganizar los átomos de ese árbol que tengo frente a mi bar, en la calle secundaria, modificar el orden de su ser y continuar buscando entre todas las posibilidades, codificando cada resultado en una prueba de ensayo-error hasta que la probabilidad por fin empiece a obedecer los designios de mi alma y con ello crear a una persona que me ame y tenerla aquí a mi lado. Y es que mi mente encuentra refugio en la ilusión de resolver el problema insolucionable de su ausencia en mi vida y no hablaré de viajar en el tiempo, si tan sólo fuera tan fácil como trasladar mi propia conciencia a través de mi consciencia hace un momento pasado, un momento sencillo pero pleno en el que esa persona existía, en el que existíamos juntos; volvería hacia aquel momento en un sueño quizá, un deja vu, en un pensamiento breve como una chispa, o en un delirio, en algo, cualquier cosa, no importa la forma, se me sería revelada la incógnita, el método para evitar su ausencia, pero ni yo ni nadie ha podido tal cosa. Lo más duro es aceptar que no interesan realmente las soluciones que le encuentre a esto cuando la llave, la clave, la respuesta es tan sencilla como salir, agarrar el bus, luego caminar cuatro cuadras hacia su casa y tocar el timbre de la puerta pero estoy atrapada aquí en este lugar que apenas (re)conozco, a veces creo sentir que estoy muerta-, dijo ya con lágrimas rebosantes en sus ojos.
Amón tosió y con una voz oscura le preguntó a Alba -¿Y cómo sabes que no has muerto ya?-
-Porque todavía me conmueve la música, porque me encanta el sabor de la tarde, porque miro a las personas que vienen a mi bar y me siento abrigada, en mi propio elemento rodeada de tantos corazones que como el mío laten con fuerza quizá acosados por una mala pasada o quizá sus latidos son dorados porque derivan de un amor gigante, un amor universal ¿Puede existir algo como tal? Elijo creer que sí y que cualquier día me encontrará-, respondió Alba secándose las lágrimas con un pañuelo que Amón le había ofrecido.
Pero algo extraño, nigérrimo, perturbador y opaco se había cundido en el pensamiento de Amón, éste dijo sin atropellarse:
-El amor que siento o sentí por ella es aún un punto que no puede ser señalado en el mapa de los astros que rodean la finitud de la vida humana, de mi propia vida. Es decir, lo que yo entiendo y lo que he creído todo este tiempo obedece a un “orden” cuyas reglas en pugna me desarman, no es razonable, no es lógico… En una palabra, he amado ciegamente, pero ¿Es que hay acaso otra forma de amar? No, porque pese a ser irracional e ilógico, el amor es, a fin de cuentas, algo real y tal vez lo más real de la condición humana o más allá que eso incluso, quizá su esencia y razón de ser no estén hechas para descubrirse sino sólo para experimentarse y con eso es suficiente para un corazón sediento como el mío, el amor permanece subliminalmente encriptado en el tejido de la realidad pero ahí está y se me ocurre que un día nublado o con sol, con frío, lluvia o calor, en esa primera hora de la mañana en la que el amanecer despierta y se expande en el enorme manto azul, mientras los colores que se dibujan por encima de todos nosotros se impregnan con fuerza, entenderemos que, en realidad, son más que colores, son heraldos que buscan anunciarnos que ha nacido, en algún lugar de esta tierra, sí, de esta misma tierra ingrata, la fe de que cada ser vivo contiene su verdad (que realmente es la clave que ha configurado nuestro mundo), y sucederá en uno de esos días a los que tan acostumbrados estamos que hemos perdido toda sensibilidad y que nos parecen de lo más normal, quizá uno de esos días “comunes” con el simple y sencillo gesto de mirar hacia arriba sintamos como, con cada parte de nuestro ser, cuerpo, alma, consciencia y mente, al fin pronunciamos el verdadero nombre del amor, sin lenguaje ni formas, sin condicionamientos ni sesgos, sin nada más que con aquello que todavía no logro (ni lograré nunca) nombrar, pero que sin embargo todo quien me escucha lo sabe-, terminó Amón.
-¿Por qué entonces te consideras portador de un alma podrida?-, preguntó Alba.
Segundos fueron apenas pero acaso hubiesen podido ocupar el espacio de años para ambos, tanto para Alba como para Amón, éste último no pudo dominarse y entonces gritó << ¡Si yo he decidido aceptar que mi alma está podrida es porque me he reconciliado con la idea de que el amor no es posible o si lo es, elijo deliberadamente mantenerme en mi equivocación, no me importa estar presente cuando el verdadero nombre del amor sea pronunciado, me basta con que yo no he podido y la mujer que amé tampoco, yo le arrebaté la posibilidad de que lo haga porque entonces su amor no me hubiese considerado, no me conformo y no me quiero conformar con una promesa que quizá nunca se cumpla!>>, la agitación de Amón asustó a Alba, quien además, de pronto, recordaba que “Alba” no era su verdadero nombre y todo a su alrededor le pareció extraño y sintió escalofríos cuando Amón volvió a hablar.
Amón susurró que le contaría un secreto –te servirá para recordar quién eres–, Alba se estremeció pero escogió escuchar con atención:
-Atrapé un pájaro, entre mis brazos revoloteaba y por momentos me miraba extrañado, caminaba por el dorso de mi mano, y cantaba una fina tonalidad que de ser traducida acaso contendría las instrucciones para volar pues me susurró que las alas son sólo ornamentos para desconcentrar a los humanos que nos complicamos la vida intentando encerrar lo indescifrable en un aparataje de lógica, el pájaro se volvió líquido y fue absorbido por mi piel entonces algo cambió y en el mundo desaparecieron las puertas, recuerdo con exactitud cada detalle nimio de aquel tiempo. Ella descendía con paso seguro por la escalera de cristal, yo la veía desde un rincón oscuro y el aire alrededor tenía una pesadez incomprensible como si fuera un error en la tierra, un espacio en el que el oxígeno disminuía hasta extinguirse; tras una breve pausa se decidió por finalmente pisar el suelo de piedra en aquel tabuco, pero la estructura material de la realidad en ese sitio no era fija, yo recuerdo una habitación estrecha pero para ella esa no fue la misma impresión, incluso dijo que las dimensiones de ese lugar eran enormes y no se explicaba cómo fue que llegó hasta ahí, la luz intermitente y los desniveles nos sumían en una ceguera extraña, acaso todo ocurría en nuestras mentes pues unos días después no pude afirmar con convicción si fue un sueño o si realmente ocurrió, el recuerdo era difuso hasta que un día lluvioso sentado en un banquillo de bronce colocado a propósito debajo de un puente pequeño en el que los ancianos van a esperar la muerte mientras observan como nadan las carpas, yo miraba como el viento movía a una araña amarilla que colgaba de su telaraña como si fuera un péndulo, empezó a lloviznar y una gota se coló por una pequeña grieta, atravesando el delgado hilo de seda que la sostenía hasta que finalmente terminó por ahogar a la araña, me levanté mirando hacia el cielo nublado y advertí que ese cielo que miraba no existía, todo a mi alrededor no era real, no recordaba mi verdadero nombre, aparté la mirada y caminé con prisa pero no tenía un lugar fijo hacia dónde ir, en ese momento como un chispazo descubrí que lo que había vivido antes fue un extravío de la verdadera realidad, esa realidad encriptada a la que muchas personas llaman más allá, comprendí que estaba muerto así que entré a este bar esperando que a tú vinieses a mi encuentro y hacerte saber: Nina, yo te asesiné en esa habitación y es por esa razón que tengo el alma podrida-.
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