Vivo para tener sueños, que a veces son promesas y otras, apenas disfraces del miedo.
Vivo para tener pesadillas, que me revelan —con una sinceridad brutal— aquello que la vigilia se empeña en ocultar.

El tiempo no pasa: me atraviesa.
No soy yo quien lo mide, sino él quien me desgasta, como el agua a una piedra que cree ser eterna.

La vida, esa palabra tan vasta, podría no ser más que un hábito: una repetición de días que se fingen distintos, una suma de instantes que, al final, se confunden en un solo recuerdo impreciso.

¿Para qué?
La pregunta es un laberinto sin centro.
Tal vez no haya respuesta, o peor aún: tal vez la respuesta sea que no la necesitamos.

Persistimos. Soñamos. Tememos.
Y en ese ciclo —que algunos llaman destino— imaginamos un sentido, como quien dibuja una puerta en un muro y luego olvida que nunca estuvo allí.

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